Volver a los fracasados ochenta

Jorge González Guadalix

No aprendemos. Ni queremos aprender. Lo del cura marchoso con guitarra y la hermana airosa con bongos tuvo su punto de novedosa emoción en los años setenta y hasta los ochenta del pasado siglo. Los que de niños todavía cantamos aquello de “Como el ciervo que a las fuentes”, o “Vamos niños al sagrario”, sufrimos un auténtico shock el primer día que nos topamos con aquel famoso “Saber que vendrás” que aún hoy de sigue escuchando.

 

Conmoción celebrar la santa misa -eucaristía decíamos, mejor- con guitarra eléctrica, batería y teclado acompañando el canto de la asamblea. Novedosa novedad descubrir a los sacerdotes con barbas, guitarras, camisa de cuadros y marcha peculiar. Novedad novedosa ver a sor María de la Purificación -Puri para los amigos- pasar del armónium al xilófono, el triángulo y hasta el tambor y la pandereta. Años setenta y ochenta. Hoy encontrarse algo así es como para empaquetarlo y buscar un buen anticuario que pueda estar interesado.

 

Fue incluso el momento en el que religiosas y sacerdotes se adentraron en el mundo de la música con pretendidas ínfulas de una mayor y mejor evangelización y que, en realidad, lo único que consiguieron fue quemar a los pioneros. Quizá alguno aún recuerde a aquella famosa “sor sonrisas” y su Dominique, nique, nique, por poner un ejemplo.

 

Aún de cuando en cuando aparecen un par de curas rockeros o tres monjas melómanas que acaban de descubrir una inútil pólvora en forma de una supuesta nueva evangelización a base de guitarra eléctrica y gospel rock. Con su pan se lo coman.

 

Queda simpática la cosa en los medios de comunicación, que están dispuestos a todo con tal de no hablar de Dios o mejor, hablar de una Iglesia sin Dios. Para los medios, hoy, y antes lo mismo, se trata de presentar una Iglesia lo menos Iglesia posible. Una cosa simpática y actual (¿actual lo de la monja cantante?), novedosa (aún me acuerdo aquel cura tratando de evangelizar en mono patín), solidaria, que eso vende, pero de poco rezar, poca doctrina y nula conversión.

 

Pues estas cosas, más pasadas de moda que la faltriquera, los chistes de Morán y los pantalones campana, y de frutos más bien escasos -estoy generoso- vuelven hoy a la santa madre Iglesia como si fueran el no va más de la novedad y la imaginación y la piedra filosofal de la nueva evangelización.

 

Me produce ternura el conocer la presencia en la JMJ de Panamá de “Siervas”, el grupo de monjas rockeras que hará bailar a miles de peregrinos durante la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), que se celebra estos días. Las religiosas, que se definen como “monjas del siglo XXI”, defienden el poder evangelizador de la música y confían en recuperar a los jóvenes que están abandonando la fe católica con ritmos “modernos” y una presencia muy activa en las redes sociales. “Como dice el papa Francisco, queremos llegar a todas las periferias, es decir, aquellos lugares alejados de Dios, a los que a veces no se puede llegar solo con la palabra”.

 

Pues nada, que vuelven los ochenta. Hay otras realidades eclesiales que, curiosamente para este tipo de Iglesia, han retrocedido. Parroquias, comunidades religiosas, grupos que ponen su raíz en la oración, la contemplación, la adoración eucarística, la formación. Habrá que estar atentos a los frutos de los “modernos” y los “antiguos”.

 

Monjas del siglo XXI. Otras, menos modernas, “no son de este mundo”, parece ser. Es que, a lo mejor,  no tienen que ser de este mundo. Vamos, digo yo.

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