Ventana a la Tierra Media – “La caída de Gondolin”: un comentario

Eleuterio Fernández Guzmán

Nota previa: como es bien conocido por muchos, las personas que se adhieren, de forma especial, a la obra de J.R.R. Tolkien suelen adoptar un pseudónimo que los identifica. Y el que esto escribe, una vez meditada la cosa (pues no es tan fácil como pudiera pensarse) ha escogido el de Erkenbrand de Edhellond. Ha escogido el primero de ellos por ser de la raza de los hombres que se enfrentó a Saruman (el Mal mismo corrompido por el Mal) en la Batalla de los Vados del Isen. A eso se ha añadido “de Edhellond” por haber estado ya escogido el nombre de Erkenbrand y pertenecer, el que esto escribe, al Smial de Edhlellond (a la sazón, Valencia, España). Es, digamos, una forma de diferenciar pseudónimos que permite hacer uso vario de los nombres que se quieran escoger.

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Y, sin nada más que decir (que no es poco) ahí va el artículo de hoy referido a una narración muy antigua de J.R.R. Tolkien (seguramente, la más antigua de todas y la que dio origen al El Silmarillion) y a una ciudad que fue, antes de su destrucción, algo más que maravillosa: Gondolin.

Recientemente, la editorial Minotauro ha publicado la traducción de la obra preparada por el hijo de J.R.R. Tolkien, Christopher, de título “La caída de Gondolin”. Y nosotros, a modo de comentario, ofrecemos lo que sigue. Esto, sin embargo, no es una recensión (aún no hemos leído el libro como es fácil suponer) sino, más bien, expresión de gozo particular pero, seguramente, universal.

No podemos negar que este libro requiere el conocimiento de algo más que el simple texto. Es decir, que es recomendable tener ciertas lecturas propias, por ejemplo, del Silmarillion, pero no podemos dejar de reconocer que también se puede leer este nuevo libro del profesor de Oxford, al menos, para conocer lo que paso en aquella maravillosa ciudad.

En primer lugar, Turgon, el Rey de Gondolin (digamos, escondido) quiere mantener un estado de gozo en la vida que se puede ver interrumpido. Ya le avisa Tuor, otro personaje a tener muy en cuenta en aquellas circunstancias, en el momento oportuno. Pero no lo acaba de aceptar hasta que le llegan noticias de que sí, de que el Oscuro, el Enemigo, se acerca. Pero entonces la suerte ya estaba echada sobre Gondolin. Y es que la traición anidaba en su propio seno a manos de un envidioso (de poder y por amor a Idril, hija del Rey) llamado Meglin (de cuyos orígenes no vamos a hablar aquí ahora y porque no queremos dar, siquiera, noticia grande de tan miserable y traidor ser), a la sazón príncipe de Gondobar por gozar de la confianza del Rey al ser sobrino suyo.

Gondolin iba a caer. Era, por decirlo así, como algo que estaba ya establecido en la historia que se había empezado a construir cuando Ilúvatar creó a los Elfos como los Primeros Nacidos. Todo, pues, se iba desarrollando y debido al mal que anidaba en el corazón de Melkor (el odio que le tenía, muy especialmente, a los Elfos que le hace crear a los Orcos a partir, no por casualidad, de unos elfos capturados) cuando llegara el momento oportuno, que llegó, el daño que se iba a inferir iba a ser tan terrible que nada quedaría de aquella ciudad otrora dichosa y ejemplo de cómo se puede vivir si se sabe vivir según la mentalidad elfa.

La misma batalla es, verdaderamente, prodigiosa porque nos muestra hasta qué punto la estrategia de los bandos se pone en evidencia y, aunque el final es el que es, no podemos negar por eso que mucho de lo que allí pasa tiene tal relevancia para la historia de las batallas que se reflejan en la obra de Tolkien que muy bien la podemos tomar como modelo de qué hacer y de qué no hacer… A lo mejor aquí no ha habido lágrimas innumerables como en otra batalla más que afamada y famosa pero no podemos negar que muchas las hubo y, al volverlo a leer, las hay…

Hasta aquí, digamos, lo que podría ser un resumen rápido de la cosa pero vamos a tratar de justificar que tanto gocemos, aunque esto parezca bárbaro e impresentable, con esta caída en desgracia de Gondolin (en una ocasión, sobre esto, diría Gandalf que no iba a decir que no lloraran los que se despedían porque no todas las lágrimas eran amargas, aunque estás puedan serlo).

En realidad, a lo largo de la narración hay, digamos, un in crescendo que maravilla a quien lo lee. Es decir, poco a poco va procurándonos el autor un estado de ánimo tan acelerado que casi quisiéramos estar allí formando parte del bando adecuado (no es el de los Orcos y sus aliados y secuaces, precisamente) y dar mandobles a diestro y a siniestro. Además, cuando nos damos cuenta de cómo se está poniendo la cosa no podemos, ¡qué menos!, que maldecir (a lo mejor por lo bajo pero sólo a lo mejor) a Meglin y a todo aquel (monstruo, animal o cosa) que se alió con el Señor Oscuro para causar un daño tan grande a Gondolin.

Por cierto, a lo largo de la obra de Tolkien, aquí también, claro está, podemos percibir algo que es síntoma del Mal propiamente dicho: es perseverante y no se cansa nunca ni de crear maldad ni de aplicarla en cuanto puede. Y es que se nos dice en el relato que Melkor tardó años (¡años!) en conseguir su objetivo pero que no dejó de pensar en que debía hacer (también le tenía mucho odio a Turgon porque, en realidad, era un pobre Valar el desafinador musical del principio…) todo lo posible para destruir la ciudad de la que, en principio, no había tenido noticias de su existencia y que, en cuanto las tuvo, tanto tiempo tardó en descubrir dónde estaba y que lo haría por efecto de una traición y no por la aplicación de su propia técnica maléfica y maligna.

El Mal. Sí, el Mal aquí se manifiesta en todo su poder y en toda su falta de templanza, en la máxima expresión de odio inabarcable porque no se puede abarcar. En resumen: lo odia todo lo que tiene relación con Turgon, con Gondolin, con los elfos y, en fin, con todo lo que se opone a su insano poder.

Hay algo, sin embargo, más que terrible en todo esto. Y nos referimos a que el ataque de Melkor no se hace, digamos, en un momento cualquiera sino cuando más daño se puede causar en/y a su enemigo. Y decimos esto porque empieza el mismo cuando en Gondolin se va a celebrar la llegada del verano y, al alba (como se había hecho durante muchos y más años) se entonaban antiguos cantos para dar la bienvenida a tan buena estación porque desde la medianoche de aquel (llamado Tarnin Austa) día no se escuchaba nada y luego, se prorrumpía en los mismos por tradición antigua. Pero, en aquella ocasión, cuando el sol se oculta, y todos esperan el silencio que augura la fiesta, una luz nueva sale al encuentro de la vida de aquellos dichosos seres: el fuego del Mal se abre camino y da comienzo la desgracia y la muerte empieza a teñir de sangre aquella tierra escondida.

¡Que podemos decir de la descripción que se hace las huestes de Gondolin! Cada una de ellas, las tropas del Rey, las de Meglin, las del linaje de la Golondrina y del Arco Celestial, las del Pilar y de la Torre de Nieve, las de la casa del Árbol, las de la Flor Dorada (cuyo jefe era, nada más y nada menos, que Glorfindel), las de la casa de la Fuente (cuyo señor era, nada más y nada menos, que Ecthelion), las del Arpa (cuyo jefe, por cierto, Salgant, era adulador de Meglin…) y, ya, por fin, las de la casa del Martillo Iracundo (formada por herreros y artesanos y, por tanto, adoradores, sobre todo, de Aulë el Herrero); cada una de ellas, decimos, descrita con tal lujo de detalles y tan maravillosamente descritas que aún se acaba temiendo más el final que van a tener las mismas a manos de la sangre y del odio.

Y, en medio de ellos, por así decirlo, Eärendel (que ya podríamos llamarlo medio elfo) que, luego, con el tiempo, se haría al mar con el Vingilot… hijo de Tuor y de Idril… y que muestra, poco después de todo aquello, su valentía con ser de tan tierna edad.

Bien podemos decir, ya por terminar, que Gondolin, tan sabia y pacientemente construida sobre Amon Gwareth, tuvo un final glorioso y que en los jardines que la adornaban y en las calles que la conformaban se dio un tributo de lucha como difícilmente se puede dar y donde tanto tuvieron que ver el honor, la dignidad y la fidelidad, unos valores más que apreciados por Tolkien. Y su nombre ha perdurado, desde entonces, en la memoria de toda buena criatura y ser libre creados por Ilúvatar o por quien Eru permitiera su creación.

Y, para más abundancia, recomendamos la lectura de este libro. Y es que la mejor forma de darse cuenta de que incluso lo mejor puede venirse abajo y que nunca debemos estar totalmente seguros de que bien que atesora nuestro corazón está a salvo del Mal, del Enemigo.

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