Ventana a la Tierra Media – De Enanos, Medianos y Hombres

Eleuterio Fernández Guzmán

 

Cualquiera que haya leído al autor al que dedicamos esta parte del Blog sabe que son muchos seres y que son de muy distinto pelaje los creados por el profesor de Oxford. Y bien sabemos que es elevado el grado de imaginación que le puso J.R.R. Tolkien a la hora de elaborar esta parte de su subcreación.

Ciertamente, no podemos dedicarnos a escribir de cada una de las razas creadas ni de sus lenguas. Seguramente, primero, por desconocimiento grande de las primeras o absoluto de las segundas. Sin embargo, sí podemos, al menos, referirnos, digamos, a lo “básico” de la cosa que tiene que ver con una serie de personajes muy queridos por ser, en mucho, parecidos a nosotros mismos o, al menos, por querer tener sus muchas cualidades y valores.

Con esto queremos decir que Enanos, Medianos y Hombres no son, sólo, una, digamos, escala física (que también) sino la manifestación de una forma de ser, muchas veces, envidiable.

Está claro que aquí no vamos a traer a todos los enanos ni a todos los medianos y, ni siquiera, a una parte pequeña de los hombres que aparecen en las páginas, por ejemplo, de El Hobbit o de El Señor de los Anillos y no digamos ya de El Silmarillion. Baste, por tanto, con poner tres ejemplos que, quizá, muestren al resto como puedan ser o, de hecho sean. Y nos referimos a Gimli, de la raza de los enanos; a Frodo, de la de los medianos y, por fin, a Aragorn, de la raza de los hombres. Y no dirán ustedes que hemos escogido a cualquier representante de cada un de tales razas sino, a lo mejor, a lo más característico de ellas. Y creemos que bien las pueden representar.

Resultado de imagen de Gimli

Sobre el enano Gimli, hijo de Glóin, es bien cierto que, en un principio, nos encontramos con el clásico pensar enano. Y queremos decir que puede parecer rudo y violento y, claro está, no muy amigo de los Elfos. Además, muestra (eso siempre) algo más que interés en luchar (y acabar) contra los orcos. Pero, con el paso del tiempo, no es que el carácter enano venga a menos sino que, en su relación con los primeros vivientes, los elfos, cambia. En primer lugar, por su especial relación con Legolas y, también, por la admiración que muestra por la dama Galadriel de la que pide, como regalo, un mechón de su cabello y no algún tipo de instrumento o arma especial que pudiera salir de las manos de los elfos. Y juntos los podemos ver luchando, mano con mano, contra los discípulos del Enemigo y, es más, apostando quién de los dos acaba con más orcos…

Y sobre la petición de Gimli a Galadriel a la que hemos hecho referencia, sólo nos queda por decir que, muchos siglos antes, la misma fue hecha por Fëanor pero, en aquel caso, la dama Galadriel hizo caso omiso a aquella petición. Y es que, seguramente, las intenciones de Gimli y de Fëanor no eran las mismas y la soberbia del segundo de ellos no pudo hacer frente a la humildad de nuestro enano.

Y así, pues, es Gimli: valiente, entusiasta, arrojado, fiel…

Resultado de imagen de Frodo

Por otra parte, Frodo, aquel mediano que traemos aquí como ejemplo de los de su raza, es probable que, por las especiales circunstancias de su vida, haya quien no crea se pueda poner, digamos, como ejemplo general de los medianos. Sin embargo, a nosotros nos interesa el ejemplo que supone su papel en toda la narración de J.R.R. Tolkien. Y es que no es poco importante, como sabemos.

Frodo, hijo de Drogo Bolsón, es conocido, sobre todo, como “El portador del Anillo” y es que, como bien sabemos, es la función que cumplió hasta que llegó, junto a su inseparable amigo-servidor Sam, al Monte del Destino donde debía lanzar el Anillo Único para que el fuego lo destruyera. No pudo hacerlo pero…

Frodo, a diferencia de Gimli (al principio, como hemos dicho arriba) era amigo de los Elfos y por tal sobrenombre era, también, conocido. A diferencia con la general voluntad de los medianos a Frodo le podía la aventura. Es decir, seguramente por influencia de Bilbo Bolsón, quería salir de La Comarca, recorrer mundo, vivir según qué cosas…

A Frodo se le puede caracterizar por ser un Hobbit decidido. Sí, tímido (a lo mejor como todos los de su raza) pero con la decisión puesta al orden del día porque es él, por ejemplo, quien decide, en la famosa reunión de la que saldría la Compañía del Anillo, llevar el Anillo Único donde tenga que ser llevado.

Algo que caracteriza muy mucho a Frodo es que tiene compasión. Y eso lo muestra muy especialmente en el episodio en el que, realmente, salvó la vida a Gollum cuando podía, muy bien, haberle dado muerte y dejado que Sam lo matara. Y es que motivos no le faltaban para eso. Pero nuestro mediano tuvo misericordia y le perdonó la vida. Y es que, con franqueza decimos, no gustaba mucho de la violencia y eso le llevaba a hacer según qué concesiones a quien, por otra parte, nada bueno quería ni para él ni para Sam con quien, Gollum, se lleva algo más que mal…

Es bien cierto, de todas formas, que no es de extrañar que después de sus aventuras en Mordor no quisiera seguir por aquel camino y ansiase una vida mucho más tranquila. Y es que, al fin y al cabo, era un Hobbit…

Y así, pues, es Frodo: entusiasta, aventurero como Bilbo, arriesgado sin saber, exactamente, a qué se enfrenta…

Resultado de imagen de Aragorn

Y, por último, Aragorn, hombre.

Llamado también Trancos que, como montaraz, representa más que bien lo mejor de la raza de los hombres.

Aragorn, hijo de Arathorn II, considerado como el heredero de Isildur y encargado, muy especialmente, por el autor de El Señor de los Anillos, de restaurar el Reino que tanto tiempo había estado vacante.

No nos extraña para nada que siendo niño fuera conocido como Estel que quier decir “esperanza” porque eso era para los hombres que ansiaban la vuelta del Rey a gobernar con corazón sabio y mano fuerte; tampoco que, Rohan y Gondor, en tiempos de Thengel, a saber, Rey de Rohan y de Ecthelion II, a la sazón Senescal de Gondor, fuera conocido como Thorongil o “Águila de la Estrella”. Y ya, por fin, en cuanto subió al trono del Reino Unificado de Gondor y Arnor, sería llamado Elessar Telcontar.

Pues bien, Estel-Thorongil-Elessar Telcontar eran mismo hombre, aquel Aragorn que se unió a la Compañía del Anillo para cumplir una misión más que arriesgada y que mostró una serie de valores muy a tener en cuenta.

Aragorn, como expresión de una raza que, es cierto, no fue la primera en aparecer en la Tierra Media pero no es la menos importante, muestra hasta qué punto se puede querer cumplir con el deber personal que, incluso después de haber pasado muchos siglos desde que Isildur quitara (de aquella forma traumática) el Anillo Único del dedo de Sauron, sabe llevar a cabo desde el mismo momento (20 años tenía Aragorn) en el que el medio elfo Elrond le reveló que era heredero de Isildur y le entregara los restos de la espada Narsil (con la que su antepasado Isildur cercenó no sólo la mano de Sauron sino muchas malas intenciones del Enemigo) además del Anillo de Barahir.

En realidad, Aragorn mostró su muy elevada valentía a lo largo de todo el tiempo que forma parte de la Compañía del Anillo (y mucho antes también, claro está) porque sabía que era muy importante que el Anillo Único fuese destruido. Y es que un nuevo mundo, una nueva Tierra Media, iba a surgir de todo aquello que apenas había dado comienzo. Y el brazo fuerte de aquel que había luchado en muchas batallas contra los servidores del Enemigo iba a poner todo de su parte en que aquello resultara bien.

Y así es, pues, Aragorn: defensor del bien, fiel a su pasado y entregado a su futuro…

El caso es que casi podemos imaginar a nuestros tres personajes alrededor de un fuego, tras una buena cena, hablando de lo que les toca vivir de inmediato:

-Gimli: Y bien, compañeros ¿y ahora qué?

-Frodo: Amigo Gimli… ahora tendremos que emprender nuestra particular lucha y continuar por nuestro dificultoso camino.

– Aragorn: Sí, buen mediano. Pero eso tendrá que ser mañana, después de haber descansado tras la cena que nos ha preparado nuestro amigo enano.

– Gimli: Buena ha sido, heredero de Isildur, y que lo digas. Bueno, que vuestros estómagos reposen tanto como vuestros ojos o, al revés… vosotros veréis.

Y, seguros, cerraron los ojos no sin decir que nuestro enano aferró bien su hacha y dejó uno abierto… por si los orcos.

Y es que, en realidad, la imaginación echa a volar rauda cuando el maestro-profesor siembra, en nuestros corazones, una realidad que sí, que fue subcreada pero que ha conseguido que cada uno que los personajes que consideramos dignos de ser tenidos en cuenta, sean, ya, parte de nuestra existencia y una, por decirlo así, semblanza de lo que nos gustaría ser.

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