Uno de los obispos chinos invitados al Sínodo de la Juventud sigue siendo diputado

Carlos Esteban / Infovaticana

 

José Guo Jincai, obispo de Chengde, uno de los dos ‘nuevos’ prelados que participaron en el pasado Sínodo de la Juventud, sigue siendo diputado en el parlamento chino, pese a la prohibición que impide a los clérigos a ocupar cargos públicos.

Al Papa Francisco se le quebró la voz de la emoción cuando, en la reunión inaugural del pasado Sínodo de los Jóvenes, presentó a dos obispos chinos, que habían podido acudir gracias a las negociaciones mantenidas por el Vaticano con el gobierno comunista de la República Popular.

De hecho, ambos obispos habían sido elegidos por el Partido Comunista China y, hasta los acuerdos con Roma, formaban parte de la Iglesia Patriótica China, condenada como cismática por el Vaticano hasta fecha reciente.

Era, pues, un motivo de alegría y triunfo mostrar al mundo esa prueba de que los acuerdos, universalmente criticados -muy especialmente, por el cardenal chino Joseph Zen, arzobispo emérito de Hong Kong- como una traición a la Iglesia clandestina que se había mantenido fiel y era perseguida, daban por fin sus frutos.

Ante las críticas e incluso las pruebas de que las autoridades chinas, lejos de mitigar la persecución a los católicos del país, la ha recrudecido, el Vaticano pide “un acto de fe”. Literalmente. Debemos creer, contra toda evidencia, que el pacto ‘provisional’ alcanzado con las autoridades comunistas, si bien parece dejar a los fieles chinos en peor situación, es una bendición a largo plazo.

Sí, es cierto que no solo obliga a admitir la validez de la ordenación episcopal de cismáticos seleccionados por un gobierno oficialmente ateo, e incluso forzar a la renuncia a obispos fieles que han sufrido persecución para dejar paso a los nuevos, sino que desde ahora será esas mismas autoridades las que propondrán a los sucesivos titulares de las diócesis, como si Diocleciano hubiera elegido a los obispos de su tiempo.

Pero, insisten en la Curia y el propio Papa Francisco, la última palabra en la consagración del elegido corresponde al Sumo Pontífice, que puede negarse a refrendar al candidato presentado. La pregunta que muchos se plantean es: ¿cuántas veces podrá rechazar a un candidato propuesto por Pekín? Y, ¿se atreverá a enfrentarse a los jerarcas chinos en caso de disputa, poniendo en peligro todo el acuerdo; estará Roma dispuesta a aplicar la disciplina canónica sobre el nuevo clero chino?

Hay razones para dudar, al menos viendo que uno de esos dos obispos invitados al sínodo y presentados como un trofeo, José Guo Jincai, obispo de Chengde, sigue siendo diputado del parlamento chino, algo expresamente prohibido por el derecho canónico y doblemente escandaloso cuando se trata de la legislatura de un Estado que persigue ferozmente la fe.

Guo lleva ya tres mandatos ocupando un escaño en el Congreso Nacional del Pueblo. Ordenado obispo en 2010 sin aprobación de Roma, permanecía bajo pena de excomunión automática hasta su revocación por Francisco en septiembre. Y, quizá por las prisas en la operación, Roma todavía no le ha comunicado su deber canónico de renunciar a su escaño. Desde luego, el Vaticano no ha dado prueba alguno de que esta incompatibilidad quite el sueño a los miembros de la Curia romana.

No se actuó así con el Cardenal británico Cormac Murphy-O’Connor. Cuando el cardenal se retiró de su ministerio público, la Cámara de los Lores británica le ofreció, como gesto de cortesía y buena voluntad hacia los católicos ingleses, un escaño. Pero ni el hecho de estar jubilado le ofreció una excusa, porque Benedicto XVI vetó la medida alegando la disposición canónica citada.

Ha habido más casos, bastantes más, y en todos ellos Roma se ha mostrado implacable. Pero en el caso de Guo, obispo en ejercicio, no es tanto que el prelado chino se rebele como que Roma parece ignorar por completo la norma en cuestión. Si esto es o no un precedente de lo que nos cabe esperar del acuerdo con Pekín es algo que solo el tiempo lo dirá. Pero los indicios no son por el momento muy prometedores.

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