Una mezcla apropiada de indignación y confianza

Infovaticana

 

Cuanto más estrechamente se identifica la Iglesia con alguna cultura, más penetran los problemas de esta en su labor.

Sobre la raíz del problema: la revolución sexual de la década de 1960 reorientó nuestra cultura y afectó a todo el mundo, incluido el clero. Es lógico que las personas exijan unas normas de comportamiento más elevadas por parte de los obispos y sacerdotes. La Iglesia, especialmente sus líderes y ministros, deben vivir siendo testigos santos para ser creíbles. Pero es un error pensar que la Iglesia es de alguna manera inmune a las disfunciones de la sociedad en la que lleva adelante su misión.

Cuanto más estrechamente se identifica la Iglesia con cualquier cultura, más penetran los problemas de esta en su labor. No es una excusa para ningún delito anterior, ni hace que unos antecedentes tóxicos sean menos malos, ni disminuye nuestra seria obligación de ayudar a las víctimas de abusos del clero a que lo superen, por mucho tiempo que esto nos lleve.

Sin embargo, los hechos son hechos, y si realmente queremos resolver el problema de los abusos, debemos tener claro que el abuso sexual de menores está mucho más extendido, incluso en las instituciones públicas, y que no es simplemente un problema del “clero católico”.

Dentro de la propia Iglesia he encontrado a muy pocos padres que piensan que el problema del abuso está principalmente en el clero o en el abuso de poder. Estos pueden ser unos factores, pero la homosexualidad depredadora ha jugado un papel principal en la mayoría de los casos de abusos que conocemos y los laicos son muy conscientes de ello.

Ignorar o minimizar esta realidad solo socava los esfuerzos de la Iglesia por purificar su labor. También me preocupa que Roma tienda a ver la crisis de los abusos como un problema “estadounidense”, cuando los casos en Latinoamérica, Europa y otros lugares demuestran que el abuso sexual de menores es claramente una crisis mundial de la Iglesia.

Finalmente, nosotros, los obispos, debemos ser responsables de nuestras acciones en el tema de los abusos, y los fieles laicos deben tener un papel más importante para garantizarlo.

Según mi experiencia, la mayoría de los obispos estadounidenses son realmente buenos hombres que se han comprometido a proteger a su gente y a purificar sus propios corazones de cualquier tolerancia o complacencia en la crisis de los abusos.

Espero que los laicos puedan combinar apropiadamente su indignación con la confianza en que sus obispos están escuchándolos y están sinceramente decididos a hacer las cosas correctamente.

Publicado por Mons. Charles Chaput, arzobispo de Filadelfia, en The Register; traducido por Pablo Rostán para InfoVaticana.

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