Un sacerdote explica la causa de los abusos desde la formación en el seminario

El Padre Declan Huerta, sacerdote muy conocido en Twitter, ha explicado su opinión de cómo la falta de sinceridad en la dirección espiritual lleva a situaciones en las que la vida se desdobla.

Insisto que es personal, basado en varias facetas de mi trabajo como sacerdote: dirección espiritual, docencia en el Seminario, experiencia previa en la vida religiosa e instructor ocasional de causas de secularización de sacerdotes, así como la labor de confesionario.

Creo que la raíz es lejana, y aparentemente inocua. Como dato previo, ayer me decían dos psicólogas que los actos de pederastia no requieren necesariamente de una inclinación pedófila. Y creo que ese dato va a reforzar mi punto de vista.

Creo que la raíz está en la soberbia desde una etapa temprana en la vida cristiana, y sobre todo en la formación en el seminario, y me explico: el no aceptar que otros conozcan tus carencias. Y no sólo en el orden afectivo/sexual.

Para entender esto, hay que conocer el sistema formativo en un seminario, que no es más que el reflejo de lo que debe ser parte de una sana vida espiritual dentro de la Iglesia: un sistema de doble fuero, interno y externo.

El fuero interno es lo que afecta a la conciencia y la intimidad de las personas, para entendernos. Y el fuero externo afectaría a la disciplina dentro de una comunidad, la obediencia a una jerarquía en un proceso de formación.

Dentro de un seminario hay responsables de ese proceso de formación en el fuero interno, y responsables de formación en el fuero externo, que nunca deben coincidir en la misma persona.

El responsable de la formación en el fuero interno es el director espiritual, que en principio es el que nombra el obispo para el seminario, a no ser que se cuente con permiso para dirigirse espiritualmente con alguien fuera del Seminario. No es confesor por norma general.

El responsable de formación en el fuero externo es el rector del seminario, y los sacerdotes que le ayudan en esa labor que reciben el nombre genérico de formadores. Conviven estrechamente con los seminaristas, y les van preparando para su ministerio en el día de mañana.

La soberbia de no reconocer las carencias y debilidades puede llevar a no vivir el proceso formativo con lo que se conoce en la literatura espiritual clásica como “llaneza de conciencia”.

En el fuero interno, la llaneza de conciencia es hablar con el director espiritual de los obstáculos interiores que uno va experimentando: la lucha contra el pecado, las malas tendencias, la doma del carácter, la formación de un espíritu recio. Llegar a ser “amigo fuerte de Dios”

La responsabilidad del obispo en esta etapa es que el sacerdote que sea director espiritual sirva para ello, y no sea un “perro mudo”. El director debe estimular la confianza del dirigido, y debe trabajar con él su disponibilidad a la conversión permanente.

Y el dirigido debe ser franco. Debe evitar la tentación de querer dar buena impresión, de reservarse las cosas, de no contar deslices ocasionales por el qué dirán. La llaneza de conciencia es ser capaz de mostrarse como uno es.

Me atrevo a decir que si se falla en este cometido, el joven sacerdote estará solo para afrontar sus problemas. Su soberbia le hará presentar una fachada de que todo va bien, mientras por dentro se irá corrompiendo en un doblez de vida.

El director espiritual, por la naturaleza de su trabajo, no puede revelar nada de lo que se habla en dirección espiritual, ni siquiera al rector o al obispo. Por eso es muy importante la labor en el fuero externo que hacen el rector y los formadores.

El rector tiene mucho peso en la decisión de si un seminarista es un candidato adecuado para el sacerdocio. Debe conocerle. Debe recibir de él un feedback de la formación recibida. Debe interesarse porque haga actos de virtud concretos, y que esos actos devengan en hábitos.

Si el rector y los formadores se dedican solo al compadreo, se dejan llevar por respetos humanos, o simplemente quieren caer bien y no complicarse la vida exigiendo rectitud en los seminaristas, fallan estrepitosamente en su misión.

Y por desgracia puede venir por aquí un coladero. Gente que no está preparada, que ha desperdiciado el tiempo del Seminario, que accede a las órdenes. Gente sin virtud recia, sin disciplina, sin amor por las almas que se ordenan. Gente que, incluso con buenos deseos, no es apta

Y todo esto suponiendo una buena formación académica. Si encima la formación es mediocre, o incluso con veleidades semi heréticas, entonces tenemos al enemigo en casa.

Podemos encontrarnos con un hombre que asume unos compromisos, entre ellos el celibato, y que se ha acostumbrado al ocultamiento de sus problemas, a vivir de la apariencia, y flácido y autocomplaciente en todo lo que pueda significar trabajar por la virtud.

Sumemos diez años de fracasos en las primeras tareas apostólicas, de frustración porque no era lo que pensaba. De mediocridad e incapacidad de mantener un esfuerzo sostenido por cambiar algo. Entonces viene la pendiente resbaladiza.

Adicciones, ya sea alcohol, pornografía, juego, comida, como refugios, primero ocasionales, luego habituales. Mecanismos de doble vida que van aflorando.

Ensoñaciones, fantasías, relaciones ambiguas con gente cercana. Miedo a la soledad. Abandonó de la oración. Celibato como carga, no como motor apostólico. Quejas, amargura. Quejas cada vez más continuas.

Si hay alguna debilidad en el carácter, estas afloran cada vez más. El celibato es duro, no hay compensaciones. No encaja ya con la rutina o el desencanto. Frustración, ira, falta de empatía cada vez más creciente. E incapaz de abrirte con llaneza a otro, de pedir ayuda.

Entonces, en algunos casos, esa pendiente resbaladiza entra en un cieno espantoso de justificaciones, auto compadecerse, auto justificación. Y barra libre a la maldad, ya sin caretas. Y ahí, a mi juicio, esa pendiente resbaladiza llega a los mayores errores y los peores horrores.

Si el Evangelio es verdadero, si Cristo nos une a su lucha contra el pecado y la muerte, no se me ocurre un peor instrumento en manos de los enemigos del alma que un ministro caído. Que un sacerdote revolcado en su cieno. Si yo fuera el enemigo, no pararía hasta hacerlo mi pelele

Y ahí están, como diría san Ignacio, “todos los vicios y pecados”. Y entre ellos el abusar sórdidamente de los más inocentes, de los más débiles. Ahí, entre todos ellos, están también los pederastas.

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