Un pontificado fallido

InfoVaticana

 

Recogemos aquí – traducido – el extenso artículo de R.R. Reno sobre el pontificado de Francisco:

El pontificado actual causará daño a la Iglesia Católica. El Papa Francisco combina laxitud y dureza. Su estilo es informal y accesible; su manejo eclesial frío y astuto. Existen una serie de temas principales en este pontificado: misericordia, acompañamiento, periferias, etc., pero no un marco teológico. Estamos ante una especie de arma verbal semiautomática, que dispara sin cesar comentarios punzantes, aperturas espirituales y apostillas terrenales (¡coprofagia!). Todo esto ha creado una atmósfera confusa, incluso disfuncional, que se volverá intolerable, si es que aún no lo es.

Cada papa establece un tono particular, su propia línea. Benedicto no ocultó su deseo de que la Iglesia recuperase la dignidad y la orientación trascendente de las antiguas formas de adoración. Pero fue comedido y nunca denunció ni insultó a los que prefieren las guitarras y las liturgias informales. El gran proyecto intelectual de San Juan Pablo II fue redimir la promesa del giro del catolicismo de mediados de siglo hacia la cooperación con el humanismo secular. Intentó fusionar aquel giro moderno hacia el sujeto y la libertad con una amplia afirmación de la tradición doctrinal. Uno puede juzgar su proyecto como un éxito o un fracaso, pero está fuera de toda duda que su intención era cubrir la brecha entre el actual ethos orientado al individuo y el teocentrismo del catolicismo.

El papa Francisco, por el contrario, se apresura a denunciar, ampliando las brechas en lugar de cerrarlas. La mayoría de las veces se dirige a los fieles católicos más comprometidos. Ataca con regularidad a los cristianos “momificados” y a los “contadores de rosarios”. En muchas ocasiones, Francisco ha elegido a sacerdotes doctrinalmente ortodoxos como blanco de sus burlas. Lo mismo se aplica a los partidarios de la misa latina, a quienes se mofa tratándolos de afectados por una “rigidez” nacida de la “inseguridad”. Al inicio de su pontificado, su sermón de Navidad a la curia consistió en recitar una letanía de condenas.

Francisco expresa poca simpatía o apoyo hacia los asistentes con regularidad a misa o quienes trabajan en el ministerio parroquial. “¡Id a las periferias!” Ésa es una de sus típicas exhortaciones. En la práctica, esto ha significado descuidar (si no atacar) a obispos, sacerdotes y laicos que realizan el trabajo ordinario de sostener las instituciones y tradiciones de la Iglesia.

El pasado noviembre Francisco intervino para evitar que los obispos en los Estados Unidos tomasen medidas para abordar su incapacidad para responsabilizarse de la crisis de abusos. Mientras tanto, parece que el Vaticano ha llegado a un acuerdo con el gobierno chino para regularizar la iglesia clandestina en ese país. El acuerdo parece permitir a los burócratas comunistas desempeñar un papel fundamental en la selección de obispos.

El contraste es chocante. Por un lado, el Papa abofetea a quienes han dedicado sus vidas a la Iglesia y han demostrado su lealtad durante décadas de entrega. Por otra parte, se muestra solícito con los intereses de los comisarios y los acomoda, hasta el punto de suspender uno de los principios canónicos más importantes del catolicismo moderno, diseñado para proteger a la Iglesia contra el control secular.

Cualquier decisión particular de Francisco y su equipo puede ser defendible. Algunos se han dedicado a reunir argumentos de un tipo u otro para mostrar que cada movimiento tiene fundamento y es ejemplar. Pero Francisco parece no estar interesado en desarrollar una justificación teológica coherente de sus acciones. Gobierna con gestos, consignas y sentimientos.

El Papa Francisco también ha revisado el Catecismo de una manera que sugiere un cambio fundamental en la enseñanza de la Iglesia. Esto se hizo de manera perentoria, sin discusión ni explicaciones. Es como si Francisco hubiera meditado en los Ejercicios espirituales de San Ignacio, que nos mueven a buscar discernimientos que se nos presentan con una dominante inmediatez, en lugar de consultar a teólogos morales. De este modo se crea la impresión de que todo puede cambiar ¿Quién sabe qué será lo siguiente?

“El tiempo es más grande que el espacio”. El Papa Francisco ha hecho de este uno de sus principios rectores. Significa que los movimientos del espíritu son más importantes que las liturgias oficiales, las doctrinas autorizadas y las estructuras establecidas. Este principio es anti-institucional. Es una opinión típica de jesuitas formados por los Ejercicios Espirituales lo suficientemente viejos para dar por seguras las instituciones de la Iglesia.

Di clases durante varios años en una universidad jesuita. Estoy familiarizado con un enfoque pastoral que trata la disrupción y el quebrantamiento de las reglas como un tonificante espiritual. Muchos jesuitas que conocí eran “liberales” en su estilo y retórica. Pero llegué a entender que no siempre lo eran por convicción. Era una táctica, una postura destinada a mejorar su efectividad evangélica. Pensaban que romper reglas y adoptar puntos de vista heterodoxos tranquiliza a la gente. Abre un espacio para el Espíritu Santo, llevando a las personas a una “escalera del amor” que los lleva a la Iglesia.

No es éste un enfoque disparatado. En algunas circunstancias funciona. Como dijo San Pablo: “Me he convertido en todo para todos”, sugiriendo una estrategia móvil para el anuncio de Cristo crucificado. Esta adopción por parte de los jesuitas de máscaras eclesiales múltiples, incluso contradictorias, nos ayuda a comprender por qué el Papa Francisco puede pasar tan rápidamente de posiciones “liberales” a “conservadoras”, sugiriendo una relajación de los juicios de la Iglesia sobre la moralidad sexual (“¿Quién soy yo para juzgar?”), mientras que al mismo tiempo hace llamativas declaraciones sobre la no idoneidad de los homosexuales para el sacerdocio. Este enfoque es coherente, además, con la tradición peronista que busca trascender la ideología al servicio de las personas. Un verdadero peronista es de izquierdas, excepto cuando es de derechas.

Este enfoque no funciona bien cuando se pretende hacer de él una estrategia general para la Iglesia. El estilo a base de improvisaciones de Francisco depende para ser efectivo de la estabilidad subyacente de la tradición. Si la Iglesia se convierte en el agente de su propia disrupción y el quebrantamiento de la regla se convierte en la regla, entonces las tácticas autónomas de los jesuitas pierden su eficacia espiritual. Se convierten, por el contrario, en gestos inútiles en una atmósfera de desorden y confusión. Esto, me temo, es el efecto del pontificado de Francisco. Es como el “baby boomer” que no puede entender por qué los jóvenes no encuentran genial su inconformismo convencional y lleno de clichés. “Si hubieras estado en Woodstock…”.

Los obispos, quienes dirigen órdenes religiosas y los funcionarios de la Curia tienen responsabilidades institucionales. No estoy al tanto de sus conversaciones privadas. Pero el desorden y el sesgo anti-institucional del pontificado de Francisco tienen que resultar inquietantes. La tendencia de este Papa es socavar a los servidores más leales de la Iglesia. Esto es seguramente irritante. Su falta de interés sobre la teología, y en general sobre las ideas, reduce su pontificado al ejercicio bruto del poder eclesiástico. Esto crea una atmósfera dictatorial desagradable para quienes dirigen las instituciones de la Iglesia.

Como todos los cristianos, los católicos creen en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre. También creemos en la Madre Iglesia. Esto no reemplaza la fe en Cristo. Significa que confiamos en que, en líneas generales, la Iglesia no solo es un testigo de Cristo en quien podemos confiar, sino también su presencia real, el Cuerpo místico de Cristo. Es por esto que los católicos a menudo usan la palabra “Iglesia” como sinónimo de la gracia de Dios en Cristo.

Un católico es fiel a la Iglesia, a sus enseñanzas, tradiciones y liturgia, sin duda, pero también a sus instituciones, incluso a las piedras de sus edificios. (En Roma, los adoquines son conocidos como sampietrini, “pequeños San Pedros”). Esta fidelidad se puede exagerar. Las regalías de los caballeros de Malta no son imprescindibles. Pero en general, el espíritu de devoción a las antiguas tradiciones y formas externas de la Iglesia es evangélico. Es una forma encarnada de fe en Cristo. Aferrarse tenazmente al “espacio” es un primer fruto del señorío de Jesús sobre todas las cosas.

El Papa Francisco parece considerar la incertidumbre y la inestabilidad como algo deseable. Su anti-institucionalismo tiende a desencarnar la fe católica. Una Iglesia “hospital de campaña” puede ser lugar de paso. La Iglesia de ladrillo y piedra reivindica la permanencia. Compite con la Ciudad del Hombre por el territorio. Da testimonio de la certeza y la estabilidad de la alianza de Dios cumplida en Cristo.

Mirando hacia atrás, podemos ver que Jorge Bergoglio destrozó algunas de las instituciones de las que estuvo a cargo antes de sentarse en el trono de Pedro. Sembró la división en el seminario jesuita durante su mandato como rector. Cuando se retiró como provincial de los jesuitas en Argentina reinaban allí el conflicto y los recelos.

Está claro que algunas cosas necesitan ser rotas. He escrito sobre la cultura eclesiástica esclerótica en los Estados Unidos. Hace mucho tiempo Joseph Ratzinger advirtió que la Iglesia en Occidente debe descartar irreales ilusiones, legado de su papel en la Cristiandad, a fin de recuperar la sal en su testimonio. Según ciertas informaciones, Bergoglio acabó con algunas de las conexiones corruptas entre la Iglesia y los intereses de la élite en Argentina. Todos tenemos en la cabeza algunas reformas muy necesarias.

Pero aquellos que ocupan los cargos de gobierno en la Iglesia también deben construir, unificar y alentar a las tropas. Y esto es lo que Francisco parece poco dispuesto a hacer. Es como un comandante supremo que estima mucho a sus audaces comandos mientras que se mofa de los soldados de a pie comunes. Esto lleva al desastre, ya que los soldados de a pie, los “machacas”, son los que toman y mantienen el territorio.

El Hijo de Dios vino para conquistar territorio. El afán de conquista se puede encontrar en el testimonio de los mártires, en la santidad de los santos y en las valientes palabras de los profetas. Pero los “contadores de rosarios”, los asistentes regulares a misa, los sacerdotes que se preocupan por las normas canónicas, los obispos que supervisan sus diócesis, todos ellos ocupan y aseguran el territorio.

Tengo la impresión de que la mayoría de los cardenales y otros eclesiásticos en puestos de responsabilidad son cada vez más conscientes de que el pontificado de Francisco es un fracaso. Este juicio no indica necesariamente desacuerdo teológico. De hecho, parte de esta preocupación nace de la creciente comprensión de que Francisco no tiene teología. (“La realidad es superior a la idea”, como él lo expresa). La autoridad sin principios y el gobierno sin normas se basan en la intuición y el discernimiento, lo que significa tiranía (la autoridad de las intuiciones de un hombre) o anarquía (la autoridad de los discernimientos de todos y cada uno). En cualquier caso, la Iglesia pierde su seriedad específica, y el mundo y sus principios invaden y avanzan conquistando territorio.

Un papa sagaz trataría de atenuar el tumulto en la Iglesia estadounidense nombrando a un hombre de reputación impecable para la sede de Washington, vacante desde la marcha del desacreditado cardenal Wuerl. Se espera que Francisco haga lo contrario. Y sus defensores denunciarán cualquier crítica a su elección como el resultado de una camarilla de conservadores ricos que quieren secuestrar a la Iglesia con fines políticos.

Mientras tanto, a pesar de todo lo que se habla de los pobres, este pontificado cultiva una relación estrecha e íntima con la élite de Davos sin precedentes. Una vez más, no estoy al tanto de lo que piensan los cardenales y los prefectos del Vaticano, pero puedo imaginar que una eminencia eclesiástica que mire a largo plazo sospechará, y con razón, que este pontificado trata de acomodarse al Occidente secular de modo no muy diferente al acuerdo de poder compartido que ha cerrado con el gobierno comunista en China. En lugar de ganar territorio, el pontificado de Francisco está convirtiendo el catolicismo en una capellanía de los intereses de la élite del emergente orden mundial global. Aquellos que conocen a los jesuitas reconocerán en esto su patrón histórico, que aún sigue siendo la norma en medio de tanta cháchara sobre justicia social.

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