Serie tradición y conservadurismo – Lo bueno y lo malo. Así de sencillo.

 Nos hacemos conservadores a medida que envejecemos, eso es cierto. Pero no nos volvemos conservadores porque hayamos descubierto tantas cosas nuevas que  eran espurias. Nos volvemos conservadores porque hemos descubierto tantas cosas viejas que eran genuinas.

G.K. Chesterton

Digamos, para empezar, que cuando Dios llevó a cabo la Creación, todo lo que hizo era bueno. Y así se dice en la Sagrada Escritura: “Y vio Dios que estaba bien” es la expresión que se utiliza en el Génesis para dar a entender que a medida que iba creando, lo que venía a ser no era una cosa hecha, así, al tun-tun, sino que tenía todo el sentido que Dios Todopoderoso pone a lo que hace.

Decimos, además, que cuando creó al hombre y, luego, a la mujer, dijo algo más: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra”.

Nosotros estamos seguros (fe obliga) que Dios no podía crear al ser humano a su imagen y semejanza y querer que la tal creación tuviera alguna tara o defecto. Por eso creemos que creó al varón y a la hembra buenos, en sí mismos buenos y que vivir en el Paraíso era el destino que tenía establecido para ellos y que la muerte no sería como ahora la conocemos sino que sería un mero dormir para despertar en la vida eterna.

Eso era así hasta que las criaturas hechas como mejor supo hacer Dios (de forma perfecta) cometieron el error de querer ser como su Creador. Entonces entró la muerte en el mundo y todo el bien que se había establecido en la existencia del ser humano trocó de tal forma que, con aquella, entró el Mal en la existencia del hombre.

Después, sabemos lo que fue sucediendo con la historia del ser humano: Noé, Abraham, Moisés… En fin, Dios intervino lo justo y necesario como para que no se fuera todo al traste.

Luego, por fin y al final de los tiempos, Dios envío a su Hijo, en el mundo Jesucristo, para que el mundo se salvase y lo hiciese a partir de su sangre y con la entrega de su vida, así, por el bien de todos aquellos que confiesen que es el Mesías, el Enviado de Dios, el Cristo.

Desde que el cristianismo surge como modo de vida y como religión (o, quizá, al revés) han pasado muchos siglos en los que, con los errores propios del ser humano, podemos decir que, con los valores propios de nuestra religión (más los que podamos tener de la hermana mayor, la judía) no devino una sociedad en la que primara el Mal sobre el Bien sino que se procuró que el segundo, con los principios propios del cristianismo se impusiera al primero por ser, éste, hijo directo de Satanás y de sus ángeles caídos, demonios o como quiera llamárseles, todos testigos del daño que han procurado a la humanidad desde que el primero de ellos hiciera caer en la trampa del egoísmo a nuestros Primeros Padres.

Y sí. Sabemos que esta parte del artículo pueda, a lo mejor, no entenderse pero dado que aquí se trata de hablar de lo bueno y de lo malo, hemos creído importante dejar claro cómo ha sido la cosa desde que Dios estimó oportuno crearlo todo pues, desde aquel entonces, nosotros estamos aquí, eso sí, después de que muchos acontecimientos demostraran a nuestro Padre del Cielo que estamos, los humanos, más necesitados de su intervención de lo que muchas veces hemos creído necesario.

 

 

Pues bien, llegados hasta aquí, el Mal ha ido rizando el rizo desde que la Revolución Francesa intentó disgregarlo todo y, en mucho, lo ha conseguido. Y es que lo último (o, mejor, lo penúltimo, pues nunca sabemos por dónde puede salir lo nigérrimo que forma la oscuridad) que ha ideado es la globalización pero, claro, como es propio de sus actuaciones, ha procurado que la misma deshaga más que haga y lesione más que arregle. ¡Ah!, y todo ello con la visión claramente expresada en su ser y actos, de actuar expresamente contra el cristianismo. Y aquí, precisamente aquí, no sirven ni valen las denominaciones que hay del mismo pues se ataca, digamos, a la premisa mayor: el cristianismo, así, en general, primero, por ignorancia de la cosa y, luego, por mucha y más que mucha mala fe.

En primer lugar, como decimos, el globalismo propio del Nuevo Orden Mundial (NOM, desde ahora) pretende terminar (veamos, así, la denominada Nueva Era) con una civilización, la cristiana, que, lógicamente, se ha asentado sobre valores propios de nuestra religión.

Así, por ejemplo,

La dignidad de la persona,

La defensa de la vida desde su concepción hasta la finalización de esta en su orden natural,

La defensa de la familia,

La defensa del matrimonio entre un hombre y una mujer,

La austeridad,

El sacrificio,

La generosidad,

La atención al prójimo necesitado,

etc.

Como vemos, lo que se pretende atacar, y se viene atacando desde hace demasiados años, no es poca cosa sino que arraiga en la propia naturaleza del ser humano hasta su vida y existencia en la sociedad en la que vive y de la que forma parte sin poder dejar de lado la religión que dice tener en su corazón. Además, sin romper la unidad de vida pues no se pueden sostener determinados principios en el ámbito privado (digamos, que para sí) y, luego, hacer otra cosa cuando sale al mundo y vive entre otros seres humanos, a lo mejor (casi seguro) no cristianos o abiertamente contrarios a lo que supone ser discípulo de Cristo.

¿Qué opone, a eso, la globalización del NOM?

En realidad, la oposición ideológica y política que presenta, en cuanto a contrario al respecto del cristianismo dista mucho de ser, digamos, contundente porque una de las características de la globalización es, precisamente, el relativismo y, entonces, cualquier cosa vale hoy, digamos, como principio y puede no llegar a valer mañana o pasado ni como principio ni como nada de nada. Y es que muy bien se le podía aplicar a tal forma de proceder aquella escena de los Hermanos Marx en la que Groucho dice eso de (fuera él o no fuera él el primero en decir eso, a la historia ha pasado como dicho por él) “Aquí tengo mis principios. Si no le gustan, tengo otros” que muestra más que bien la forma de proceder y que, como es claro, nada tiene que ver con los principios y valores que el cristianismo tiene como verdaderos y no cambiables.

Además, no podemos dejar de hacer ver que un valor superior de la globalización y del NOM es la “comodidad”. Y, bueno, francamente a eso cualquiera podría decir que a quién no le agrada la comodidad, que no parece algo tan mal o mal defendido.

Sin embargo, no se trata de eso sino de lo que supone la misma. Y es que como expresión de realidad, la misma tiene todo que ver, precisamente y no por casualidad, con la conveniencia que, como es fácil deducir de su propio ser, tiene relación directa con el relativismo. Y, además, la comodidad se opone claramente a principios arriba apuntados y que son fundamento del cristianismo, a saber, la austeridad, el sacrificio y la generosidad que están muy alejados de aquella pues,

¿quién va a ser austero pudiendo no serlo por mor de la comodidad?,

¿quién va a sacrificarse en lo que sea pudiendo pasear por el amplio mundo de la comodidad?, o, por fin,

¿quién va a ser generoso si eso va contra su comodidad?

En realidad, es bien cierto que la vida que se quiere tener que sea más fácil, más cómoda, no es que en sí mismo esté mal pensado. Sin embargo, cuando se hace de la comodidad un motivo de existencia por encima de determinados valores se termina por caer, según se ha llegado a opinar, por un plano inclinado que lleva a la nada que es, además, algo que sostiene la globalización despersonalizada en la que estamos inmersos, cayendo,

En realidad, no es que sostengamos que crearlos, así dicho, sea mal en sí mismo. Sin embargo, cuando lo que se hace es hacer lo propio en contraposición a los existentes, en realidad no se están creando nuevos derechos sino que se está tergiversando la realidad para simular que se tiene derecho a crear derechos como, por ejemplo, el aborto, el matrimonio igualitario, la eutanasia o, en fin, las leyes LGTBI, tan políticamente correctas ellas. Y eso, se diga lo que se quiera decir y se sostenga lo que se quiera sostener, no tiene nada que ver con el orden social que se requiere para que una sociedad no se diluya sino, justamente, lo contrario.

 

 

Eleuterio Fernández Guzmán

   

Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

 

Panecillo de hoy:

 

Sólo lo bien hecho ha valido y vale la pena.

 

Para leer Fe y Obras.

 

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna. 

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