Serie tradición y conservadurismo – Holocausto: olvido y perdón

 Nos hacemos conservadores a medida que envejecemos, eso es cierto. Pero no nos volvemos conservadores porque hayamos descubierto tantas cosas nuevas que  eran espurias. Nos volvemos conservadores porque hemos descubierto tantas cosas viejas que eran genuinas.

G.K. Chesterton

Hay un dicho que muchas veces se aplica a otros muchos casos: “excusatio non petita, accusatio manifesta” que quiere decir, aunque sea algo más que conocido, que cuando alguien antes que nada presenta una excusa, sin habérsela pedido (como para cubrirse las espaldas, podríamos decir) es que se está acusando de algo. Y, verdaderamente, casi es una fórmula mágica porque funciona todas las veces.

Bueno, con esto queremos decir que nos excusamos de no ser expertos en este tema para acusarnos, en el mismo momento, de ignorancia, digamos, concreta y bien determinada.

Entonces, ¿nos metemos en este berenjenal sin razón alguna? Cualquiera puede decir que es mejor dejar esto a quien tenga un conocimiento elevado de la cosa. Y, sobre eso, no nos cabe duda alguna que sería lo mejor y, así, lo podríamos dejar en manos de quien, en este caso, lo haría, a tal respecto y a otros muchos respectos, mucho mejor que nosotros.

Sin embargo, hay algo que no se nos puede arrebatar: escribir sobre el Holocausto desde el punto de vista, simplemente, humano y, por decirlo así, lo que nos parece el mismo. Y decimos, desde ya, que lo que nosotros podamos decir tiene el mismo valor que lo que pueda decir quien no esté especializado en los datos, referencias y realidades.

Vayamos, por tanto, con nuestra aportación.

El ser humano, así dicho, en general, tiene cierta tendencia al pecado. Es decir, en vista que nacemos con el que lo es original, nos resulta, demasiadas veces, difícil desembarazarnos de ese “sambenito” que, en realidad, no es algo que se nos atribuya sin razón sino con toda la razón que pueda haber en el mundo. A nosotros, por lo general, nos gusta caer en el misterium iniquitatis que, sí, será misterioso pero es tan real como la vida misma, como nuestras vidas mismas.

Esto lo decimos para ir sentando premisas: primera: caemos en el pecado.

Podemos decir también que ser obcecados es una forma de ser que tampoco abunda poco sino, al contrario, algo más que abunda en el mundo. Y cuando, además, tenemos el poder suficiente como para hacer llevar nuestra obcecación a niveles impensables para alguien “de a pie” entonces sí, entonces podemos llegar a mostrar nuestro corazón con todas sus rudezas y malas artes.

Ya tenemos una segunda premisa: la obcecación y el poder se pueden dar la mano.

Hay quienes, además de tener tendencia a actuar pecaminosamente (matar a alguien no es, por ejemplo, algo que pueda ver bien Dios quien crea al ser humano a su imagen y semejanza y por eso es uno de los 10 Mandamientos que el “El que es” entregó a Moisés) y ser obcecados tienen alguna serie de temas algo así como enquistados en su corazón y no se los quitan de ahí ni por esas….

Tenemos, por tanto, una tercera premisa: enquistación de odios particulares en el corazón.

 

 

Podemos ir viendo cómo se va formulando una forma de ser que incluye todo lo malo y peligroso que pueda haber en un ser humano: alguien que tiene un odio muy particular y no hay forma de que se lo quite de encima, alguien que es obcecado en tal odio y, en fin, alguien que con poder puede ejercerlo de forma, no precisamente santa sino, al contrario, contraria a toda Voluntad de Dios y, en fin, haciendo de su capa (que cubre las maldades) un sayo para vestir una forma de actuar y de ser.

Algo así debió confluir en un individuo de cuyo nombre ni queremos acordarnos ni nos da la santa gana acordarnos pero a quien, todo aquel que esto lea y según es el tema que aquí tratamos, no hará falta describir ni con nombre ni con apellidos. Sí, nos referimos a ése, el innombrable, pues su nombre, por las aberraciones que sembró en el mundo debería ser borrado para siempre, siempre, siempre (como dice Santa Teresa de Jesús del Cielo que dura eso…, pero al revés, para que se nos entienda) de la historia de la humanidad y no para que se olvide sino para que acabe dando asco pronunciarlo.

Esto lo decimos, así, para introducir este tema, el del Holocausto. Pero, al fin, al mismo hemos llegado.

Como podemos ver, este artículo tiene un título bien escueto: ni contiene cifras ni nada por el estilo sino, simplemente dos palabras, “olvido, perdón” después del tema, digamos, general, unidas por la conjunción copulativa, seguramente, más clásica de las que en su grupo hay, la “y” griega.

Todo esto tiene que ver con la esencia de esto que estamos diciendo y, a lo mejor, con el pensamiento que muchas personas pueden, o puedan, tener de este tema.

Por olvido no queremos decir, ni mucho menos, que lo que pasó durante la Segunda Guerra Mundial y afectó, en especial, a miembros del pueblo judío (es cierto que también pasó con otras personas que no pertenecían a tal pueblo pero aquí ya sabemos a qué nos referimos…) deba ser olvidado, algo así, como si hubiera sido algo tan terrible que lo mejor sería hacer como si no hubiera pasado.

Nosotros sostenemos, a tal respecto, que eso no debería pasar ni puede pasar. Y es que es tan aberrante que alguien pudiera sentirse con el poder suficiente y, además, fuera capaz de sostener, con ideas alocadas, que se podía acabar con un pueblo entero por el mero hecho de aplicar su pagana voluntad, decimos, es tan aberrante que dejar escondida esa actitud y la realidad que fue detrás de la misma, en fin, como que no es de recibo ni nunca debería serlo.

En general, nosotros sostenemos (como principio) que un ser humano no puede acabar con la vida de otro a no ser que se trate de una situación límite en lo que se dice “legítima defensa” pues, en tales circunstancias nadie puede esperar que, pudiendo defenderse, alguien se deje matar así, como si nada. Sin embargo, lo que se llevó a cabo (y cifras hay más que suficientes y pruebas las que se quiera hay) de forma premeditada y bien (entiéndase el “bien”) elaborada sólo puede ser atribuido a una mente enferma de odio que, además, no tiene explicación alguna aunque, seguramente, quien eso ideó tenía, para sí, explicaciones más que suficientes pues ya sabemos que, en eso, en buscar excusas a lo que hacemos (aunque se trate de esto) somos más que imaginativos los seres humanos.

El Holocausto fue, primero, para la Humanidad (así dicho, con mayúscula y como concepto, pero real) una vergüenza y algo incomprensible: lo primero porque hay que tener bien poca para defender un actuar así; lo segundo porque no es fácil comprender (no lo es por mucho que se trate de hacerlo) que alguien actúe contra todo un pueblo de una forma tan negra y más que negra.

El Holocausto supone, por otra parte, que el ser humano puede llegar a ser más que un bárbaro sediento de sangre porque sus bajos instintos, conducidos por ideas políticas desnortadas y abusivas en sí mismas, le pueden llevar a creerse con un derecho, el de quitar la vida ajena, que sólo puede tener, en todo caso, Aquel que la ha creado y que no es, precisamente, ningún ser humano sino el mismo Dios Todopoderoso, Adonai, Dios de los Ejércitos. Sí, Quien, cuando creó a Adán y Eva dijo (como recoge la Sagrada Escritura) que estaba “muy bien” lo que había creado. Y es que, claro, lo había hecho a su imagen y semejanza y eso, se mire como se mire, sólo puede estar bien y mucho más que bien.

Sabemos, decimos sabemos, que el Holocausto supone una desaforada manifestación de locura bien pensada pues no vayamos ahora a decir que el innombrable estaba loco, no. Sería un descerebrado, eso sin duda por lo que hizo, pero de loco no tenía nada de nada porque todo lo elaboró, planificó y aplicó con un detalle muy alejado de lo que una persona demente puede llegar a elaborar, planificar y aplicar. De loco nada, de descerebrado… todo.

Pues bien, queremos decir que aquí, en esto, los corazones de todos aquellos (en particular y, como pueblo, el judío, en general) deberían estar abiertos al perdón. Y sí, ya sabemos que esto puede ser, y es, algo que se ha de conseguir al tener el corazón de carne y no de piedra y no podemos dejar de reconocer que es posible que muchos corazones se hayan endurecido entonces y desde entonces.

El perdón es un instrumento que libera, primero, a quien lo da porque muestra y demuestra que está a la altura de las circunstancias y hace lo que Dios quiere que haga. Si su Hijo perdonó a los que no sabían lo que hacían… ¿No deberíamos hacer nosotros otro tanto?

Es seguro que esto ni es fácil ahora ni lo fue cuando estaba pasando, entonces, en medio de aquellos horribles y terribles campos de concentración o diversos lugares donde el Mal se había hecho dueño de cuerpos y mentes. Ni es fácil ni podemos esperar que lo sea pero, al menos, desearíamos, con todo nuestro corazón, que quien haya sufrido (en lo particular) el daño irreversible (a lo mejor) de familiares o de amigos o, incluso, aún esté en el mundo de los vivos, fuera capaz (aún forzando a su voluntad) de perdonar a los matarifes que poco tuvieron en cuenta la santidad que adorna a la vida humana por haber sido creada por Dios. Y Dios, que seguro los escucha en lo secreto, lo tendrá muy en cuenta.

Eso es, al menos, lo que nosotros querríamos, dolidos, como estamos, por un Holocausto como el que padeció el pueblo judío y al que pedimos, por Dios, que tenga, a ser posible, un corazón tierno, algo así,

 

“Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas”.

(Ezequiel 36, 26-27)

 

Amén.

 

 

NOTA: con este artículo se termina de publicar el contenido del libro “Sobre tradición y conservadurismo” que, esperamos, haya servido para clarificar la situación en la que nos encontramos cada uno de nosotros.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

   

Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

 

Panecillo de hoy:

 

Sólo lo bien hecho ha valido y vale la pena.

 

Para leer Fe y Obras.

 

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna. 

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