Reinstitución de las diaconisas

En los primeros siglos de la Iglesia había diaconisas. San Pablo menciona a una: “Les recomiendo a nuestra hermana Febe, diaconisa de la Iglesia de Cencreas. Recíbanla bien, como debe hacerse entre cristianos y santos hermanos, y ayúdenla en todo lo que necesite, pues muchos están en deuda con ella, y yo también”(Rom 16,1-2).

¿Qué hacían? Como se acostumbraba el bautismo de personas adultas por inmersión y bajaban al agua sin ropa, para después revestirse con una túnica blanca, no era decente que esta celebración la hicieran el obispo, los presbíteros o los diáconos; por ello, se establecieron mujeres diaconisas que bautizaran a las mujeres. Además, cuando había quejas de esposas porque sus maridos las habían golpeado, las diaconisas debían revisar el cuerpo de la mujer, para comprobar las heridas o los hematomas; no era prudente que fueran varones quienes hicieran tal revisión. Por otra parte, se acostumbraba hacer las unciones de los enfermos en las partes del cuerpo que les dolían; lo conveniente era que tal servicio lo dieran las mujeres. Con el tiempo, estas costumbres cambiaron y desaparecieron las diaconisas. No hay constancia de que hayan recibido la ordenación sacramental, sino que era un servicio que daban en la comunidad.

PENSAR
¿Conviene que hoy se instituyan de nuevo? Antes del Concilio Vaticano II (1962-65), el diaconado era sólo para varones célibes que se preparaban al sacerdocio. El Concilio restableció el diaconado permanente “no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio” (LG 29), para dar algunos servicios como administrar el bautismo, asistir al matrimonio, proclamar el Evangelio y predicar en la Misa, dar la bendición con el Santísimo, celebrar las exequias de los difuntos, hacer diversas bendiciones. Este diaconado se confiere a varones casados, y actualmente hay miles en toda la Iglesia. No celebran Misa, ni confiesan, ni ungen sacramentalmente a los enfermos. Se estudia si también se puede conferir el diaconado.

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