Quién impone la agenda LGBT y con qué objetivos reales no confesados

Religión en libertad

 

¿Cuáles son los objetivos de la agenda LGBT y de qué poderes disponen para imponerla? Mary Hasson, madre de siete hijos abogada y directora del Foro de Mujeres Católicas responde a ambas cuestiones en un artículo publicado en Humanum del que tomamos lo que sigue.

 

Parte 3

La medicina cede ante el lobby del género

 

Las asociaciones médicas y de asesoramiento dominantes, al haber sufrido el peso de la presión ideológica interna y externa, están todas a favor de la ideología de género. La Organización Mundial de la Salud ha revisado, en 2018, su clasificación de enfermedades en relación a las cuestiones de la identidad transgénero y de género; pero no lo ha hecho debido a nuevos avances médicos, sino porque fue presionada para que redujera el estigma. Así, ahora las cuestiones transgénero están incluidas en incongruencia de género, categorizadas bajo el título “condiciones relacionadas con la salud sexual” en lugar de estar incluidas entre los trastornos mentales y de comportamiento.

Los activistas transgénero ejercen presiones para que el modelo de consentimiento informado de los pacientes obligue a los médicos a aprobar (y a las compañías de seguros a cubrir) una amplia variedad de procedimientos de “afirmación del género”. El World Professional Associations for Transgender Health (WPATH – Asociaciones profesionales del mundo para la salud transgénero) ha colaborado recientemente con Starbucks para crear un modelo de Transgender medical benefits (Beneficios médicos transgénero; no hay duración máxima) que incluye lifting de ojos, implantes de nalgas, terapias de feminización de la voz, mastectomías y cirugía genital.

Los médicos sufren cada vez mayor presión para que acaten la agenda de género: grupos de profesionales redactan nuevos estándares de atención, las normativas anti-discriminatorias institucionales requieren formación, las escuelas de medicina añaden cursos de especialización en temática LGBTQ y las compañías de seguros aceptan los procedimientos transgénero como “necesarios”.

Además, la alta demanda incentiva a los médicos a entrar en la lucrativa práctica de la “atención de género”, sobre todo para sobre todo para niños. En diez años, el número de centros médicos que tratan a niños con confusión de género se ha multiplicado de unos pocos a más de 40. El centro más grande, situado en la Universidad de California, San Francisco, trata a más de 900 niños e insta a los padres a “afirmar” el género deseado por su hijo a través de la transición social, los bloqueadores de la pubertad, la terapia hormonal de sustitución y la cirugía genital (a partir de los 16 años).

La Dra. Johanna Olson-Kennedy, líder en la cuestión del género y “casada” con un “hombre” transgénero (mujer), admite que los bloqueadores de la pubertad tienen serias consecuencias; sin embargo, empuja a los niños hacia la transición. A pesar de una casi inexistente investigación y de que estos tratamientos experimentales alteran la vida, el número de niños y adolescentes que son enviados a someterse a tratamientos de afirmación de género se ha disparado.

 

La carta de la “fe”

La estrategia final de la revolución del género es jugar la carta de la fe, neutralizando al mayor oponente a dicha revolución: la religión. Durante una década, los activistas del género han buscado utilizar la compasión religiosa y trabajar desde dentro para confundir y convertir a los creyentes (sobre todo a los adolescentes).

La serie Coming Home de la Campaña de Derechos Humanos tiene como objetivo convencer a los mormones, los musulmanes, los católicos, los judíos y los evangélicos para que crean que la compasión y los principios de su fe apoyan la “inclusión total” y la agenda LGTBQ. Lo están consiguiendo. Las creencias han cambiado a gran velocidad entre los creyentes, y tienden a apoyar la causa LGBTQ. Y muchos más estadounidenses que nunca se identifican personalmente como LGBTQ: 4,5% de todos los americanos y 8,2% de los millenials.

Por lo tanto, ¿dónde nos deja todo esto? Las afirmaciones ideológicas -que realmente son ficción- sobre la persona humana, la sexualidad y la familia están socavando nuestro tejido social y nuestras instituciones culturales. Un número cada vez mayor de jóvenes miran, sin ver, sus cuerpos, incapaces de reconocer las verdades más elementales de quiénes son. Y los líderes religiosos parecen haberse quedado mudos, silenciados por el miedo a ser tachados de “calumniadores”, o se han unido al coro popular que canta los elogios de la “diversidad” de sexo y género.

¿Y qué puede cambiar esta desordenada trayectoria? Primero, la verdad. La propia naturaleza. La verdad tiene un modo de atraer nuestra atención, forzándonos a enfrentarnos a las desastrosas consecuencias de aceptar la mentira: niños confundidos convertidos en personas estériles debido a cócteles hormonales; jóvenes adultos con cuerpos mutilados; ciudadanos que ya no son libres de expresar su fe religiosa o de decir lo que piensan.

Segundo, un despertar religioso y moral. Como observó en 2012 el Papa Benedicto, “allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser”. (Discurso a la curia romana con motivo de las felicitaciones de Navidad, 21 de diciembre de 2012). La agenda transgénero es, en última instancia, un rechazo de Dios y, por ello, debe ser combatida espiritualmente. Una responsabilidad que pertenece a cada creyente.

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