Quién impone la agenda LGBT y con qué objetivos reales no confesados

Religión en libertad

 

Parte 2

Instituciones sociales: los agentes del cambio LGBTQ

Mucho dinero abre las puertas (o paga a abogados que obligan a abrirlas). Durante décadas, los ideólogos del género han colaborado con el dinero y el poder persiguiendo una estrategia marcadamente exitosa cuyo objetivo era la transformación cultural: reclutar a instituciones sociales de
confianza (ejército, escuelas, pequeñas empresas, médicos e iglesias) como agentes del cambio.

Por ejemplo, el ejército americano es, desde siempre y de una manera constante, una de las instituciones sociales en la que más confían los americanos: uno de cada cuatro confía mucho o bastante en el ejército (Gallup 2018). La izquierda se ha gastado millones de dólares defendiendo (e interponiendo demandas judiciales) para que los gays, las lesbianas y las personas transgénero pudieran servir abiertamente en el ejército, aunque esta cuestión afecte sólo a una fracción muy pequeña de personas que se identifican
como LGBTQ.

¿Por qué? No para realizar los sueños de unos pocos. El objetivo es normalizar "las minorías de género y sexuales destacando su integración en el ejército (sin importar cuánto pueda afectar esto a su preparación militar).

También las pequeñas empresas gozan de una gran confianza social: dos de cada tres estadounidenses las apoyan. Pero las pequeñas empresas son vulnerables a las presiones económicas regionales y locales, un hecho que los activistas LGBTQ no pasan por alto, presentando demandas de gran repercusión mediática contra pequeñas empresas: pasteleros, impresores y fotógrafos cristianos, para así
intimidar a todas las pequeñas empresas y conseguir que trabajen para la agenda LGBTQ. (Si no lo hacen, se enfrentan a boicots, multas o juicios que las llevan a la bancarrota).

Jack Phillips, pastelero de Colorado fue perseguido durante seis años por el lobby gay por no querer hacer una tarta de “boda” a una pareja de hombres.

Los activistas del género utilizan la credibilidad de la comunidad de pequeños empresarios a través de un acuerdo entre la Small Business Association y la National LGBT Chamber of Commerce (NGLCC). “La visibilidad es poder”, afirma Justin Nelson, co-fundador de NGLCC.

“Las empresas se dan cuenta de que no pertenecer a la comunidad LGBT puede tener repercusiones”, explica Nelson. “Es un cambio abismal”. El NGLCC ha “certificado” a casi mil empresas como “pequeñas empresas LGBT”, haciendo que estén cualificadas para programas de “diversidad e inclusión” y para recibir asignaciones del estado, que dan preferencia a empresas gestionadas por veteranos, mujeres, minorías y personas LGBT.

Las grandes empresas como Facebook, Google, Amazon, Nike y otras no disfrutan de tanta confianza social, pero tienen un poder inmenso para cambiar la actitud pública a través de la publicidad, la financiación y la presión económica. La publicidad con temas LGBTQ ha aumentado
exponencialmente en los últimos cinco años, sobre todo alrededor del “mes del orgullo” (junio), que es “muy lucrativo desde el punto de vista empresarial”, según los analistas de mercado.

“Solo en 2017, el poder adquisitivo de los consumidores LGBT superó los 917 billones de dólares”, escriben los cofundadores de NGLCC. Esto significa tener un gran peso en la economía, por lo que no sorprende que las empresas financien a los grupos de defensa LGBTQ sobre cuestiones políticas. En una jugada que recordaba la batalla llevada a cabo en Carolina del Norte sobre el uso del baño, gigantes
corporativos como Amazon, Apple, Exxon Mobil y Shell han presionado recientemente a los legisladores de Texas para que voten una propuesta de ley transgénero, la “ley de los cuartos de baño”.

¿Cómo han conseguido los ideólogos del género tener tanta influencia en las corporaciones transnacionales? Por la política del palo y la zanahoria. Hace más de quince años, la Human Rights Campaign Foundation (HRC) creó un “criterio” (el Corporate Equality Index), que evaluaba si empresas
medianas y grandes “discriminaban” basándose en la orientación sexual y la identidad de género. Ahora, HRC publica sus índices de manera anual, hostigando y avergonzando a las empresas que no alcanzan los estándares de "igualdad" marcados por HRC, y premiando en cambio a las compañías que sí lo hacen con puntuaciones perfectas.

En 2018, “609 empresas relevantes -que abarcan todo tipo de industria y que están ubicadas en cualquier punto geográfico- consiguieron la puntuación máxima del 100% y la excelencia como Mejores lugares de trabajo para la igualdad LGBTQ”. (En 2002, en cambio, sólo trece empresas consiguieron la
puntuación del 100%). En conjunto, las empresas que participan en 2018 en las calificaciones de la HRC
representan a más de 5000 de las principales marcas.

Cada pocos años, el "índice de calidad" de HRC se ajusta hacia la izquierda, aumentado la apuesta y las exigencias. Los criterios para 2018 se ampliaron y además de los beneficios que obtienen los empleados, exigen dar forma a decisiones empresariales relacionadas con los contratos, las
donaciones, la publicidad y las relaciones públicas.

Las empresas con las mejores puntuaciones no sólo deben cubrir los beneficios transgénero y proporcionar atención sanitaria “inclusiva” (servicios “necesarios desde un punto de vista médico” para la transición de género, incluida la “reasignación de sexo”), sino que también tienen que demostrar “públicamente su compromiso con la igualdad LGBTQ” y exigir a sus proveedores, contratistas y
vendedores que protejan la orientación sexual y la identidad de género.

Las empresas pierden puntos si tienen “vínculos con organizaciones y actividades anti-LGBTQ”. Desde 2014, HRC ha ejercido presión sobre las empresas para que sus aportaciones caritativas estén destinadas sólo a organizaciones sin ánimo de lucro cuya política interna no discrimine la orientación sexual y la identidad de género (por ahora, las organizaciones religiosas están exentas).

A partir de 2019, las empresas que proporcionen “programas relacionados con la diversidad” para mujeres o minorías, “deberán incluir programas para personas LGBTQ”. El miedo de las empresas a ser tachadas de “intolerantes” es un poderoso aliciente.

Hablando sin rodeos, al configurar las políticas empresariales, los defensores LGBTQ están inclinando el mercado y la cultura para que se alineen con la agenda LGBTQ. (Incluso empresas que no participan en el Corporate Equality Index acaban, con el tiempo, aplicando sus criterios).

HRC también ha creado unos índices similares para presionar a las ciudades (Municipal Equality Index) y las organizaciones de asistencia médica (Healthcare Equality Index) para que integren la ideología de género en el lenguaje, la normativa, las políticas internas y la publicidad. HRC también exige de manera rutinaria informes amicus por parte de las empresas para llevar adelante la agenda LGBTQ en casos como el Masterpiece Cakeshop.

Otras organizaciones que la apoyan a nivel global y coaliciones empresariales internacionales y regionales presionan a las empresas transnacionales y a los comercios locales para que adopten el “caso empresarial” de la inclusión LGBTQ y adopten la agenda del género.

 

Homosexualizar las escuelas, adoctrinar a los niños

Sin embargo, la estrategia más potente para llevar a cabo el cambio social es utilizar la educación. El género ha entrado con cuidado de puntillas en los colegios públicos, disfrazado de inclusividad y de iniciativas amables contra el acoso escolar (como el programa Welcoming Schools de HRC). La
máscara ha caído rápidamente. Los programas inmediatamente han atacado al lenguaje y al pensamiento “hetero-normativo” y “cis-normativo”, con la excusa de que todos los estudiantes (incluidos los niños de edad preescolar) necesitan expresar su “auténtico” genero.

Los distritos escolares han adoptado las políticas “anti-discriminatorias”de la identidad de género y la orientación sexual -a menudo prescindiendo de las protestas de los padres-, debido a las amenazas de demandas judiciales, normativas locales o estatales, o tácticas de presión por parte de los activistas. En consecuencia, la agenda de género afecta a todos los niños, no sólo a los niños confundidos. Una
escuela acogedora, inclusiva y segura exige que todos sean “aliados” LGBTQ y que se obligue a todos los niños a aprender a la fuerza una falsa antropología y unas ideas desestabilizadores sobre la identidad.

Los ideólogos del género forman a todo el personal escolar – desde los conductores de autobuses hasta los directores- en la terminología de género, las transiciones y el lenguaje y las prácticas inclusivas de género (eliminando palabras como “niños” y “niñas”). Peor aún: los activistas justifican que se oculte todo esto a los padres, mientras los colegios impulsan la “exploración de género” y la afirmación de género, alegando que los niños no están seguros en casa cuando los padres (sobre todo los que son religiosos) se oponen a la identidad LGBTQ emergente de los hijos.

La formación en las aulas incluye las “definiciones” de género y, cada vez más, la historia LGBTQ. La cultura escolar transmite que no se puede cuestionar la aceptación de la ideología de género: los colegios están inundados de arcoíris, celebraciones del orgullo gay, espacios seguros, club de estudiantes homosexuales-heterosexuales, pronombres inventados y libros con historias inclusivas transgénero como The Princess Boy o I am Jazz.

La educación sexual es “inclusiva LGBTQ” (porque cualquier niño puede ser trans o gay), por lo que todos los niños aprenden qué es el sexo anal, las “mujeres” con penes y la “gente” embarazada. Las escuelas públicas permiten que los estudiantes transgénero utilicen los baños, las taquillas y las habitaciones del sexo opuesto.

Permiten también que compitan en equipos deportivos del sexo opuesto. (Chicos que se identifican como niñas transgénero han ganado varios campeonatos de los institutos estatales en 2017 y 2018 participando como chicas.) Aunque casi la mitad de los profesores estaban en desacuerdo con la
política de los baños transgénero, pocos se expresaron abiertamente.

Una caricatura de David John Eden sobre “la cruzada gay”, cuya táctica 10 sería: “¡Apodérate de los niños! Infiltra los medios y la educación. Cambia los planes de estudios, los libros escolares, el arte y el entretenimiento, incluso los baños, para celebra la atracción por el mismo sexo y la preferencia de género como igual a las virtudes familiares tradicionales y a la identidad sexual.

¿Por qué las escuelas capitulan ante la ideología de género? Es un cálculo político. Tienen pocas posibilidades. Legisladores sumisos apruebas leyes para calmar a los acosadores LGBTQ; abogados activistas amenazan con demandas judiciales costosas; sindicatos izquierdistas de profesores y asociaciones de profesionales de la educación ejercen grandes presiones, y los grupos defensores hacen
campañas constantes, sobre todo cuando hay que ganar dinero.

Los ideólogos del género se alimentan cochinamente del comedero público y engordan cada vez más al conseguir contratos para formar en la diversidad y la inclusión, con asesorías curriculares y servicios profesionales. (¿Cuándo se tardará en tener un terapeuta experto en género en cada escuela como parte del personal escolar?)

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