Quién impone la agenda LGBT y con qué objetivos reales no confesados

Religión en libertad

 

Parte 1

 

¿Cuáles son los objetivos de la agenda LGBT y de qué poderes disponen para imponerla? Mary Hasson, madre de siete hijos abogada y directora del Foro de Mujeres Católicas responde a ambas cuestiones en un artículo publicado en Humanum del que tomamos lo que sigue.

Los ideólogos de género utilizan el lenguaje de los derechos civiles para sugerir que la lucha por la “plena inclusión” de “las minorías sexuales y de género” refleja el levantamiento desde las bases de una comunidad oprimida, un movimiento espontáneo hacia el “lado correcto de la historia”.

No es verdad. La cada vez mayor aceptación cultural de la diversidad sexual y de género no es ni natural ni inevitable. Es más bien el resultado de un “movimiento ideológico cuyo objetivo es desmantelar la familia natural, marginando o amordazando las creencias religiosas, sobre todo el cristianismo, y exaltando el ‘deseo’ y la autonomía personal sobre todas las cosas (excepto sobre el estado, obviamente)”.

La actuación en solitario de los ideólogos no tiene capacidad para incorporar sus creencias a la cultura. Pero cuando unen sus fuerzas a las de los agentes del poder cultural y económico (filántropos, corporaciones transnacionales, gobiernos, organizaciones internacionales, líderes intelectuales y grupos de apoyo, todos unidos por una confluencia de intereses), los resultados son transformadores. Y desastrosos.

El daño se extiende, más allá de las personas confundidas que sufren enredadas en “la red del género”, hasta las instituciones culturales y sociales que se desintegran en medio del engaño antropológico y el caos moral.

La penetración de la ideología de género en la cultura es la culminación de estrategias que se han venido desarrollando desde hace décadas. Estrategias que han llevado a la revolución del género al borde de una victoria terrible.

 

Lo “trans” no es el objetivo

Como dice Stephen Covey, es fundamental empezar teniendo en mente la finalidad. La ideología de género surgió del feminismo radical, la “liberación gay”, la revolución sexual y la teoría queer, aunque sus raíces filosóficas se hunden, más profundamente, en el ateísmo, el marxismo y el nihilismo. Antitética al cristianismo, la ideología de género repudia a la persona como una unidad de cuerpo y alma, creada hombre o mujer y hecha para estar en relación.

Rechaza el significado de la sexualidad, el matrimonio y la familia natural y se rebela contra la “normatividad de género y sexual”. Teóricos como Judith Butler afirman que las diferencias sexuales y de género son construcciones sociales; al “hacer” y “deshacer” su género, la persona crea y recrea su identidad, escogiendo entre un espectro de identidades.

La ideología de género, como si de un martillo se tratara, destruye a la persona, la naturaleza humana, la familia y la religión.

En su último libro, Martin Duberman, historiador y activista radical de la “liberación gay” desde los años 70, clama contra las tácticas de “asimilación” LGBTQ y las “deplorables exenciones para la conciencia religiosa”. Recuerda a la “izquierda heterosexual” y a la “izquierda gay” los objetivos originales del movimiento: destruir el núcleo familiar, eliminar la moralidad (ya esté basada en la religión o en la ley natural) y crear una “nueva utopía en el ámbito de la transformación psicosexual… una revolución de género en la que ‘hombre’ y ‘mujer’ se conviertan en diferenciaciones obsoletas…”.

Las feministas radicales tenían unos objetivos similares. En 1970, la feminista marxista Shulamith Firestone escribió que “el objetivo final de la revolución feminista debe ser… no sólo la eliminación del privilegio del hombre, sino de la propia distinción sexual”. Entonces, “la tiranía de la familia biológica se romperá”, y la “pansexualidad sin trabas” reemplazará a la heterosexualidad y “se permitirán y satisfarán todas las formas de sexualidad”. Firestone afirmó que “a no ser que la revolución elimine la organización social básica, es decir, la familia biológica,… la “serpiente” de la explotación nunca será aniquilada”.

El objetivo final de la ideología de género, entonces, no es integrar a las personas y relaciones que se identifican como LGBTQ en la sociedad actual, como reflejo de la norma social de los hombres y mujeres heterosexuales que se casan y tienen hijos, sino subvertir y destruir esa sociedad. En la utopía resultante, cada individuo (a partir de la infancia) será libre de auto identificarse más allá del binario hombre-mujer, libre para realizar actividades sexuales consentidas que no estén restringidas por el sexo, el género, el número de personas, el estado conyugal o incluso la edad (pospubertad).

Los avances tecnológicos (desde la anticoncepción al vientre de alquiler y las técnicas de “confirmación de género”), combinados con el trastorno social, han convertido estas elucubraciones ideológicas en algo terriblemente real. Pero los ideólogos no han terminado. El deseo de normalizar las identidades transgénero y no binarias es sólo la última frontera de la ideología de género, no su destino final. La utopía de Firestone (pansexualidad, identidad sexual fluida, tolerancia sexual sin restricciones y el final de los vínculos biológicos y de parentesco) se vislumbra en el horizonte.

 

Corromper el lenguaje, ensombrecer la verdad

George Orwell escribió: “Si el pensamiento corrompe el lenguaje, también el lenguaje puede corromper el pensamiento” y “si tú controlas el lenguaje, controlas la discusión”. Los ideólogos del género han corrompido el lenguaje y controlado la discusión. No se necesitan sesiones de adoctrinamiento de masa al estilo bolchevique para cambiar las creencias culturales sobre la persona, la sexualidad y la familia. Basta con que los ideólogos redefinan las palabras (o inventen nuevas), hablen el nuevo lenguaje e insistan en que los demás hagan lo mismo (razón por la que los ideólogos quieren reprimir a los que disienten).

Las palabras dan forma a nuestras suposiciones y a nuestro pensamiento. Para “que tenga sentido la sopa de letras” LGBTQ+, observa un activista, y para ser “lo más respetuoso y exacto posible”, todos deben aprender las nuevas “definiciones del vocabulario”. Referirse a otra persona con el género equivocado o equivocarse de pronombre viola su “necesidad fundamental… de sentirse seguro y de existir en los espacios públicos”. (Equivocarse en un pronombre aparentemente puede hacer que la existencia de una persona desaparezca).

Por ello, los activistas LGBTQ producen glosarios, listas de definiciones y guías para los medios de comunicación (definiendo las palabras y los parámetros de la historia para los periodistas). Las organizaciones profesionales de médicos y psicólogos y las leyes estatales y locales formalizan las nuevas definiciones de género; y los tribunales las legitiman declarando que “los chicos transgénero” (chicas) son chicos.

Las políticas institucionales de las universidades, escuelas públicas, empresas, grupos de protección de la salud, gobiernos, medios de comunicación, iglesias y otras organizaciones difunden el nuevo vocabulario y dan forma al pensamiento de los electores.

 

Dinero del color del arcoiris

Un cambio cultural masivo necesita una gran cantidad de dinero. La revolución del género no nace de las bases: solo un escaso 3% de personas LGBTQ contribuyen con $35 o más para apoyar las causas LGBTQ. El autobús ideológico lo conduce un pequeño grupo de individuos sumamente ricos que invierten personalmente en la agenda LGBTQ, y que no sólo movilizan su dinero y sus contactos para crear fundaciones privadas centradas en la ideología LGBTQ, sino que además hostigan a las empresas estadounidenses para que se sometan a su ideología.

Según los informes anuales sobre cuestiones LGBTQ emitidos por Funders en 2016, “las fundaciones y corporaciones con base en los Estados Unidos concedieron 202,3 millones de dólares para apoyar a organizaciones y programas relacionados con temas lésbicos, gays, bisexuales, transgénero y queer”; 3 de cada 4 dólares se dedicaron a la defensa LGBTQ: demandas judiciales, grupos de presión y otros.

Las campañas para detener las exenciones religiosas cosecharon 2,8 millones de dólares, mientras que las iniciativas para conseguir el apoyo religioso a la agenda LGBTQ superaron los tres millones de dólares. La financiación de cuestiones transgénero aumentó un 22% en 2016, alcanzando los 16.8 millones de dólares. (Patrocinadores “anónimos” donaron 17 millones de dólares que se añadieron a los 202 millones procedentes de fundaciones y corporaciones). Estas cifras representan donaciones para sólo un año.

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