¿Por qué acudimos a la intersección de María? Parte III

Evocando a F. Nietzsche y a V. Frankl, podemos observar que el ser humano es aquel que puede decidir su por qué vivir, para saber cómo vivir, en medio de esta vida nuestra, que fluye en una cotidiana contingencia. Ante el riesgo uno debe decidirse y poner en ejercicio su libertad y responsabilidad. Una “ética contingente” implicaría la toma de consciencia de que yo mismo coopero a la contingencia de los otros, y por tanto, soy responsable ante ellos y la naturaleza, en virtud de mi libertad.

Nuestra realidad es siempre una realidad abierta, un ojal abierto que anhela el botón. Somos en la medida que nos elegimos ser. Dios nos puso en una realidad contingente para descubrir nuestra radical libertad y capacidad de decidir elegirlo o no hacerlo. Jesucristo, el Dios encarnado, se propone en medio de la contingencia que se impone, como Camino y Sentido a nuestra libertad. Nuestro problema es nuestro miedo a la libertad: el miedo a elegirme ser. Nos elegimos ser creyentes. Quizá sea la forma que Dios tiene para romper tanta representación que se le ha hecho en las religiones y en las iglesias, para respetar nuestra libertad de elegirnos ser su elegido o su hijo, porque Él también se arriesga a creer en nuestra libertad.

Cada día corremos el riesgo de equivocarnos y disfrazar con la voluntad de Dios nuestras conveniencias, pero a pesar de ello, misteriosamente experimentamos en varios momentos que hay una voz de Dios, una guía incomprensible en el fluir de nuestra propia vida. Un signo de autenticidad es mantenerse en el asombro por esa incomprensible guía, sin convertirla en propiedad nuestra, en tradición o en una iglesia más. “La voz de Dios se torna perceptible en la libertad de la convicción por sí misma, sin que tenga otro órgano para comunicarse al hombre. Cuando el hombre está decidido desde lo hondo, cree obedecer a Dios, sin saber con garantía objetiva qué quiere Dios”[1].

La Voluntad de Dios es que nos elijamos ser su hijo siendo libres para hermanarnos con la creación. No se trata de relativizar la fe ni a Dios, sino de abandonar toda idolatría y representaciones de Dios, para así emprender el camino y aventurar los pasos hacia un lugar desconocido, es decir, hacia la libertad por la que uno se hace agente de la propia historia, con el riesgo de andar solo y de no saber a dónde se podrá llegar, en el vaivén donde las cosas puede que sucedan o no sucedan y en donde la naturaleza puede truncar o bendecir mis proyectos.

Dios no nos salva de la contingencia, sino en la contingencia de la vida. El Dios cristiano no es un Dios que se impone, sino que se expone. Jesús de Nazaret no nos muestra a un Dios que se impone como sentido arbitrario anulando nuestra libertad y nuestras búsquedas de sentido o a un Dios sádico que se desentiende totalmente de nuestro existir contingente, y que nos espera fuera de todo esto con un gran banquete en una ciudad de oro, sino que nos muestra a un Dios que se expone al vaivén continuo de la contingencia de la vida.

La contingencia actual en la Tierra es notable en cuanto al crecimiento expotencial. Hay una antigua leyenda persa sobre un cortesano que ofrendó a su rey un bello tablero de ajedrez y le pidió que le diera a cambio un grano de arroz por el primer cuadro, el doble (2) por el segundo, el doble (4) por el tercero, y así sucesivamente. Sin más, el rey ordenó que le trajeran el arroz inmediatamente. El 4º cuadro suponía 8 granos, el décimo 512, el 15º 16.384, y el 21º representaba más de un millón de granos. Al llegar al 40º se trataba de un billón… No pudieron pagarle: no había suficiente arroz en el país. Así es el crecimiento exponencial: duplicación, nueva duplicación, y otra reduplicación… hasta que ya no cabe otra duplicación. Después de millones de años de homínidos sobre la tierra, la población humana del mundo alcanzó los 200 millones en tiempo del imperio romano. No se consiguió una duplicación hasta el siglo XII, luego otra en el XIX, y la siguiente al comenzar el siglo XX, siglo en el que la población mundial se ha multiplicado por cuatro. Se requieren terrenos para re-cultivar extinguiendo parte de la biodiversidad; crece la escasez del agua; el consumo de energía, es mayor en usos residenciales que industriales; y la emisión de CO2 a la atmósfera aumenta. Según previsiones de la ONU: a mediados de siglo, la exigencia humana sobre la naturaleza será dos veces superior a la capacidad de producción de la biosfera. El crecimiento tiene un tope cuantitativo. El desarrollo es ilimitado. Nuestro planeta, lleva 4.500 años desarrollándose, sin crecer. Urge adaptarnos a nuestro nicho biológico planetario. Sólo un “cambio de conciencia” hacia un ecosistema de fe o espiritual puede enfrentar tal contingencia para poner la mentalidad de Desarrollo por sobre la de crecimiento. Desarrollo significa despliegue interior de nuevas dimensiones, potencialidades, calidades de vida y también de un desarrollo de lo más genuino y positivo de nuestra fe cristiana occidental en Dios Creador, que debe resistirse a ser ideologizada política, religiosa o eclesialmente.

[1] Karl Jaspers, “La fe filosófica”, (Conferencias pronunciadas en la Universidad de Basilea, Suiza, en 1947), Ed. Losada, Buenos Aires, 1953, pág.72

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