¿Por qué acudimos a la intersección de María? Parte II

Qué veía María en ese instante? A los enemigos de su Hijo felicitándose, a los discípulos de Jesús huyendo, a las mujeres llorando inconsolablemente, y una sensación de tragedia, náusea, horror por todas partes. No era para nada circunstancias para soñar en grandezas. Fue precisamente en este momento el acto de fe más grande que ha tenido un ser humano para con Dios, más alto que incluso el de Abraham con su hijo Isaac. Un día Dios le dijo a María que su Hijo sería grande y ahí estaba muriendo como si fuese un criminal, un día le dijo que su Reino no tendría fin y ante ella ahora estaba siendo aniquilado, un día le dijo Dios que sería llamado Hijo del Altísimo y ahí estaba siendo comparado con meros revolucionarios y lo prefirieron a él para crucificarlo que a Barrabás. Todas las palabras que Dios le dijo un día ahí estaban siendo desmentidas una por una al pie de la Cruz donde estaba clavado su BebéDios, NiñoDios y DiosHombre. La Madre tiene en ese momento todos los motivos para pensar que ella fue una víctima de sus propias alucinaciones. Pero como Mujer de Fe, sabe que Dios pudo haber evitado todo eso y si no lo ha hecho, es porque hay una gran razón, es porque lo ha permitido. En ese momento y ante ese horror que la tocaba directamente, Ella con su Fe gratuita de anawin, sabe que en los pliegues de esa barbarie se despliega la Voluntad de Dios que está permitiendo todo eso; que todo estará bien y que se haga su Voluntad.

La Madre cerró los ojos ante aquellas evidencias, pero no como negación del duelo o como evasión psicológica de lo que ya era inevitable e irreversible, sino como una entrega gratuita de fe al Dios Gratuito que sabe lo que está haciendo. Ella clavó sus ojos en Él cuando estaba junto a su Hijo clavado en la Cruz. Trascendió todo en Aquel que está detrás de los acontecimientos y en cuyas manos están los hilos de la Historia. Depositó en esas manos un cheque en blanco y reclinó también su cabeza. Al estar de pie junto a la Cruz como dice el evangelio de Juan, estaba ahí repitiendo en su interior una y otra vez su Hágase. Esa fue su espiritualidad sólida y su realidad interior. Estaba de pie junto a la Cruz de su hijo, sin desmayos ni histerias ni contorsiones ni nada. Estaba ahí como Madre Dolorosa pero no como madre lacrimosa o llorona y patética. Nadie la iguala en esa Fe. Nunca tan grande porque nunca tan pobre. Por eso Ella puede ahora presentarse ante nosotros y en muchos momentos de la historia humana para decirnos vengan detrás de mí, pues, yo recorrí esos caminos de noches oscuras sin estrellas, hagan también lo que yo hice; abandónense en silencio en la manos Todocariñosas, Todogratuitas del Padre que cuida y ama con la ternura de una mamá. Y aunque todos y todo nos digan que no, sigamos desde lo interior manteniendo nuestra respuesta de entrega gratuita a la Gratuidad misma, a través de un Hágase. Se trata de entregarse en silencio al Silencio de Dios, para dejarlo ser Gratuidad o Gracia en nuestras desgracias.

La mediación en el Magisterio de la Iglesia:

La doctrina de la mediación de María, se desarrolla en la encíclica Redemptoris Mater del Papa San Juan Pablo II. La mediación de María se funda sobre la participación en la función mediadora de Cristo; comparada con ésta, es un servicio en subordinación (n°. 38). Estos conceptos están tomados del Concilio, lo mismo que la siguiente frase: esta tarea fluye «de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende completamente de ella y de ella toma toda su eficacia» (n° 22; LG 60). La mediación de María se realiza, por consiguiente, en forma de intercesión (n° 21).

Todo lo dicho hasta aquí vale para María lo mismo que para toda colaboración humana en la mediación de Cristo. En todo ello, por tanto, la mediación de María no se diferencia de la de otros seres humanos. Pero el Papa no se queda allí. Aun cuando la mediación de María está en la línea de la colaboración creatural con la obra del redentor, es portadora, no obstante, del carácter de lo «extraordinario»; llega de manera singular más allá de la forma de mediación fundamentalmente posible para todo ser humano en la comunión de los santos.

El Papa pone de manifiesto una primera noción de la especial forma de mediación de María en una detenida meditación del milagro de Caná, en el que la intervención de María hace que Cristo anticipe ya entonces en el signo su hora futura ‑como sucede continuamente en los signos de la Iglesia, en sus sacramentos.

La tesis fundamental del Papa dice así: el carácter único de la mediación de María estriba en que es una mediación materna, ordenada al nacimiento continuo de Cristo en el mundo. Esa mediación mantiene presente en el acontecer salvífico la dimensión femenina, que tiene en ella su centro permanente. Desde luego, no queda espacio alguno para eso allí donde la Iglesia sólo se entiende institucionalmente, en forma de actividades y decisiones mayoritarias. Ante esta ostensible sociologización del concepto de Iglesia, San Juan Pablo II recuerda unas palabras de Pablo demasiado poco meditadas: «por (vosotros) sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Ga 4,19). La vida surge, no por el hacer, sino dando a luz, y exige, por tanto, dolores de parto. La «conciencia materna de la Iglesia primitiva», a la que el Papa hace referencia aquí, nos interesa precisamente hoy.

Ahora bien, desde luego se puede preguntar: ¿cómo es que debemos ver esta dimensión femenina y materna de la Iglesia concretada para siempre en María? La encíclica desarrolla su respuesta con un pasaje de la Escritura que a primera vista parece decididamente contrario a toda veneración de María. A la mujer desconocida que, entusiasmada por la predicación de Jesús, había prorrumpido en una alabanza del cuerpo del que había nacido aquel hombre, el Señor le opone estas palabras: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28). Con ellas conecta el Santo Padre una palabra del Señor que va en la misma dirección: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,20s.).

Sólo en apariencia nos encontramos aquí ante una declaración anti-mariana. En realidad, estos textos declaran dos nociones muy importantes. La primera es que, además del nacimiento físico único de Cristo, hay otra dimensión de la maternidad que puede y debe continuar. La segunda noción es que esta maternidad, que permite nacer continuamente a Cristo, se basa en la escucha, guarda y cumplimiento de la palabra de Jesús.

En Pentecostés, en el momento en que la Iglesia nace del Espíritu Santo, esto se hace concreto: María está en medio de la comunidad orante que, mediante la venida del Espíritu, se convierte en Iglesia. La correspondencia entre la encarnación de Jesús en Nazaret por la fuerza del Espíritu y el nacimiento de la Iglesia en Pentecostés no se puede pasar por alto. «La persona que une ambos momentos es María» (n° 24). «La maternidad de María, que se convierte en la herencia del hombre, es un regalo que Cristo hace personalmente a cada ser humano» (n°. 45).

La cooperación entre Jesús y María podría llamarse “corredención”, dado que el término en sí mismo significa cooperación en la redención, sin más especificaciones. Pero el Concilio Vaticano II, habría estado en posibilidades de utilizarlo sin hacer mención de que alguna teología en particular lo había aprobado, como lo hizo con el título de “mediadora”, pero prefirió introducir además, de mediadora, otras designaciones, como la de abogada, auxiliadora y benefactora, con objeto de no darle significados técnicos precisos (LG. n.62), finalmente como una actitud compensatoria se abstuvo de mencionar el concepto de Corredención en referencia a María.

La corredención asume una forma única en María, en virtud de su oficio de Madre. Sin embargo, debemos hablar de la corredención en un contexto mucho más amplio, con el objeto de incluir a todos los que están llamados a unirse en la obra de la redención. En este sentido, todos están destinados a vivir como “corredentores,” y la Iglesia misma es Corredentora. A este respecto, no nos podemos olvidar de lo que afirma Pablo en cuanto a que somos partícipes de la senda redentora de Cristo: en el bautismo somos “sepultados con Cristo” (Rm. 6:4); en fe estamos ya “resucitados con” Él (Col. 2:13; 3:1); “Dios…nos vivificó juntamente con Cristo…y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef. 2:5-6). Esta participación es el resultado de la acción soberana del Padre, pero implica igualmente que nos involucremos personalmente. Siendo partícipes de esta nueva vida de Cristo, somos capaces de cooperar en la obra de salvación. San Pablo tenía una clara conciencia de su misión cuando dijo: “Somos colaboradores de Dios” (I Cor. 3:9).

María cooperó de manera personal para que la gracia se incrementara en su vida. Asimismo, participó en el desarrollo de la comunidad primitiva; con su oración, su testimonio y acción, sostuvo la fortaleza de los primeros discípulos en su unión con Cristo y en su misión evangelizadora. Desde este punto de vista, ella ha sido Corredentora en el campo de la redención subjetiva y su corredención ha tomado la forma más pura y perfecta. No obstante, su corredención se ejercita sobre todo en la obra de la redención objetiva. Con su cooperación maternal en el nacimiento del Salvador, María ha contribuido de una manera totalmente singular al don de la salvación para toda la humanidad. Ella es la única creatura que recibió el privilegio de cooperar en la ejecución de la redención objetiva: su consentimiento al plan divino era decisivo en el momento de la anunciación.

Pero no hay que perder de vista que “…hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos” (1Tm 2,5-6).

Ante esto ell Vaticano II, afirma que “la mediación única del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación, participada de la única fuente” (LG. n. 62). En su misión de cooperación, María de ninguna manera entra en competencia con Cristo y tampoco se convierte en otra fuente de gracia junto a Él. María fue redimida para poder ser corredentora. María tenía que ser rescatada para poder colaborar activamente en la obra de salvación. Debemos también añadir que esta condición de ser rescatada contribuye a darle un sentido a su cooperación: María se distingue de Cristo por su contribución en la obra, no sólo porque es simplemente una criatura y porque es mujer, sino también porque ha sido rescatada. Su ejemplo nos ayuda a entender de mejor manera, que incluso aquellos que necesitan ser redimidos, están llamados a colaborar en la obra de la redención.

La espada que está destinada a perforar su alma: el gesto del ofrecimiento de su Hijo está orientado hacia un drama misterioso, al punto que aquí podemos ver delineado el primer ofrecimiento del sacrificio redentor, un ofrecimiento más específicamente materno. La presencia de María en el calvario, al lado de Cristo crucificado, manifiesta la voluntad de la Madre de unirse con la intención del Hijo, y de compartir su sufrimiento para el cumplimiento de su obra. Tal actitud de María coincide con lo que Dios Es: Gratuidad, y quizá sea posible que la soberanía de Dios Gratuidad permita su colaboración en virtud de nuestro rescate a cambio de nada.

Conclusión:

Finalmente, pienso que en el caso que María quizá no sea mediadora de gracias o corredentora, será por siempre la más sublime Inspiradora para que amemos gratuitamente; para ejercer nuestra fe no por amor a Dios, sino con el amor de Dios, con el de su Hijo: con amor gratuito. María siempre será nuestra Madre- Virgen-Inmaculada-Liberadora y Protectora, para que no perdamos el blanco, la dirección, el sentido, esto es, para que no absoluticemos lo relativo (incluyéndola a Ella) y no relativicemos al Absoluto, al Eterno, al Único Dios TriUnidad que tiene Sentido en Sí Mismo, porque es capaz de darse gratuitamente a Sí Mismo en cuanto Dios.

No podemos retardar más la salvación a los que sufren, y hemos de proclamar lo que la llena de gracia proclamó con su vida: que Dios se da a Sí Mismo y que hay esperanza. Y que Ella lo experimentó en sí misma en sus nueve meses de esperar al Señor; al dar a luz al que se Da a Sí Mismo en cuanto Dios; siendo leal hasta el final y hasta las últimas consecuencias de la gratuidad de su Hijo, dando su vida por todos; experimentando luego, su resurrección porque la gratuidad no puede ser vencida con la muerte. Ella finalmente se deja llevar y asumir por Aquel al cual gratuitamente se donó y la hizo un don para todos nosotros. Por ello, no debemos darle culto solamente en nuestros templos o capillas, sino allí donde Ella está, al lado de su Hijo: en los más pobres y abandonados de este mundo._

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