¿Por qué acudimos a la intersección de María? Parte I

María avanzó en la peregrinación de la fe. Ella fue peregrina, caminante en la vida, con lo que eso conlleva: contingencia, vaivenes, fatigas, miedo, sorpresas, interrogantes, oscuridad, sombras, confusión, perplejidad, etc. De hecho Ella se preguntaba: cómo se enteró Herodes del nacimiento de mi hijo? por qué lo intenta aniquilar? hasta cuándo tendremos que estar en Egipto? (hasta que se te diga otra cosa); este niño perdido en el Templo, lo encontraremos alguna vez? Y este desastre del Calvario? horror de horrores, qué significa esto Dios mío, no veo nada, no comprendo nada… Dónde está Dios?

¿Qué hará la Madre ante este Silencio de Dios? Espantarse, desesperarse. No. Los evangelios nos presentan a María, meditando las palabras en su corazón; y buscando el rostro de Dios entre silencios, penumbras y oscuridades. Ahora bien, el que busca camina y la Madre fue caminante porque buscaba. Y buscaba porque no sabía todo. Si la Madre hubiera estado en conocimiento de todo en cuanto nosotros sabemos, no habría necesitado buscar, pero buscaba porque no se le dieron hechas las cosas. Ella misma tenía que guardar cuidadosamente los acontecimientos y las palabras y luego tenía que meditarlas diligentemente en su corazón, ponderándolas, dándole vueltas en su mente. María hizo el camino de la vida como nosotros, buscando los designios de Dios entre confusas contrariedades de la vida o en medio de la contingencia propia y absoluta de la vida. Nada de eso le fue omitido por el hecho de ser la Madre de Jesús. También debía interpretar su vida y realidad a la luz de la fe en Dios y a Dios desde su propia realidad.

No se trata de que la Madre recibiera desde pequeña una revelación infusa que le hiciera saber todo lo que nosotros sabemos sobre la historia de la salvación ni sobre la trascendencia del hijo que llevaba en su vientre. No estaba alejada de nuestra pobre condición humana, en la cual, andamos regateando y regateando un sentido para nuestra vida; y no sabemos qué buscamos, no sabemos dónde buscarlo, no encontramos lo que buscamos, pero seguimos buscando. A María se la ha revestido con mitología, como si fuera una semidiosa, y con ello nos hemos alejado de su experiencia de Dios y de fe, de la cual, hemos de aprender muchísimo.

María fue una mujer humilde, de un pueblo subdesarrollado, esposa de un obrero y madre de un obrero. Mujer que para comer un pedazo de pan necesitaba batir una piedra contra la otra para moler el trigo, luego caminar con un cántaro sobre su cabeza hasta el pozo de Nazaret y traer el agua para amasar la harina, subir a los montes y cortar y acarrear sobre sus hombros la leña, cuidar unos cabritos, dar de comer a las gallinas…así era la vida de la Madre. No era una princesa de manos delicadas y finas; no va por ahí la grandeza de la Madre. Nunca fue soberana, sino que fue servidora de Dios y de sus hermanos; nunca fue una semidiosa; fue una mujer de fe y una pobre de Dios (anawin, en hebreo= el remanente, los que se quedan realmente necesitando a Dios y confiando en sus promesas). Nunca la Madre fue una meta deslumbrante, sino un camino silencioso que va conduciendo a las personas hacia el espíritu de las bienaventuranzas. Nunca ha sido la todopoderosa, sino intercesora humilde y moderada como la vemos en las bodas de Caná. Cuando presentaron a Jesús en el templo, Simeón dice a los asistentes ahí que puede morir en paz, que en sus brazos tiene al bebé que dará sentido al mundo y que por él habrá muerte y vida, destrucción y restauración…y luego le dice a María que una espada atravesará su alma. Y ella dice el Evangelio que quedó admirada. Es decir, sorprendida ante algo desconocido, admirada ante algo que ignoraba; ello está indicando que algo importante no sabía de aquel hijo de sus entrañas, que un misterio profundo había en ese bebé que no podía sopesar en ese momento. En consecuencia, Ella no sabía toda esta teología o mariología que sabemos hoy. Es importante siempre entender y comprender los textos en su contexto y de algunas manera trasladarnos a esa época para situarnos y ver un poco la realidad como la veían por entonces.

Cuando Jesús era un niño de 12 años y se les perdió, el Evangelio dice que María no entendió nada. Estaba desesperada buscándolo. Es cosa de ponerse en el lugar de ella; a veces nuestro hijo o hija pequeña se pierde en el supermercado y nos entra el desespero y un frío interior y buscamos, buscamos con temor. La espada de la incertidumbre se le clava en su alma; la incertidumbre siempre es una tortura. Imaginemos el dolor de las madres cuyos hijos están desaparecidos, pasan años y buscan, los buscan, los esperan. Jesús no estaba en la caravana y toman otra para devolverse a Jerusalén angustiados, buscándolo durante tres días. Pongámonos en su lugar: creen que Ella se alimentó convenientemente en esos días y descansó bien en las noches? Creen que desapareció de su alma esa espada de la incertidumbre? Ahí estaba ella perdida entre las caravanas que entran y salen del templo, viendo las más que podía y mirando por ahí y por aquí, recorriendo todos los rincones, todos los atrios de ese gigantesco templo, preguntando a los sacerdotes del templo, y nada. Después se lanza a las calles, incluso fuera de las murallas de Jerusalén y nada. Recorre nuevamente los rincones innumerables veces…y nada. Con ese grado de angustia, apenas podía dormir. Y Dios? Como de costumbre en silencio. Y la Madre como de costumbre abandonada, como peregrina dolorosa que busca y no encuentra. Parecía que nadie los cuidara, que no hay una mano providente y rectora que haga que no nos sucedan estas cosas. Es la Noche oscura de la Fe, en nuestra vida ocurre igual… todo va bien y de repente todo se derrumba en nuestra vida y viene una avalancha de desprestigio, problemas, pérdidas de seres amados, contingencias y vaivenes negativos diversos. Quién se libra en la vida de estos angustiosos momentos? Ni el Dios encarnado ni María su Madre.

Finalmente encuentran al niño y lo primero que ella dice parece ser un reproche totalmente comprensible, un desahogo emocional. Y la respuesta del adolescente Jesús fue extraña, misteriosa y distante, como si dijera yo no tengo nada que ver con ustedes porque estoy atendiendo asuntos de mi Padre… por qué se alteran, ahora el Padre es mi madre también. El evangelio dice que María no entendió la actitud de su hijo. Otra prueba entonces que la Madre no entendía todo lo que era el hijo de sus entrañas como ahora lo sabemos nosotros. He aquí la grandeza de María, ella se retira humildemente y llena de paz comienza a meditar en su corazón, a dar vueltas en su mente estas palabras, cómo habrá que interpretar todo esto; dónde está la voluntad de Dios; qué pasa aquí. Si el evangelio no lo dijera uno no podría creer que esta mujer en estas circunstancias carcomida por la incertidumbre, corporalmente agotada, alimentándose y descansando apenas, habiendo recibido aquella respuesta que la dejó desconcertada… en medio de todo eso!! retirarse, llena de serenidad, silencio, humildad y dignidad !! El corazón de esta mujer estaba muerto al amor propio. Un ejemplo para esta sociedad occidental nuestra, que busca imperiosamente la felicidad a partir de la autorrealización, la independencia, la indolencia y vivir sólo el presente. En ella no, era como dar un terrible hachazo al tronco y el tronco no responde, está muerto. Así era el corazón de la Madre: con un dominio propio, generado por su humildad y dejar actuar la Gratuidad de Dios en ella.

La Madre no tenía “yo” o esa imagen aureolada y artificial, sino que es una mujer desapropiada, que se puede olvidar de sí, vaciarse, y ser pobre y humilde, para acudir a Aquel que es Rico y Fuerte. María es una pobre de Dios, que

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