Pobres y ricos, la visión del Papa en comparación con los datos reales

Settimo Cielo / Sandro Magister

 

 

Cuando el Papa Francisco ha salido hacia Panamá, para la Jornada Mundial de la Juventud, el Gotha de las finanzas mundiales estaba reunido en Suiza, en Davos, la “Montaña encantada” de la novela de Thomas Mann, retrato de la burguesía de principios del siglo XX.

 

Un contraste llamativo. Porque el Papa Francisco es, por antonomasia, el Papa de los pobres, de la rebelión de los excluidos contra los poderosos.

 

Es verdad, y lo prueban los hechos, que los hombres más ricos del planeta y los poderosos de las finanzas se agolpan para que el Papa les reciba en el Vaticano y ofrecer su óbolo. Y Francisco les acoge con los brazos abiertos y los colma de elogios: desde los magnates de Google o Apple a la presidenta del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde “una mujer inteligente que opina que el dinero debe estar al servicio de la humanidad”.

 

Pero eso no ofusca el discurso dominante, que ve a este Papa siempre y sólo de la parte de los pobres y de los excluidos. Con una predilección especial por los que él llama los “movimientos populares”, anticapitalistas y no global, especialmente sudamericanos, a los que ha convocado y encontrado varias veces y a los que les gusta dirigir discursos interminables, de unas treinta páginas cada uno, verdadero manifiesto político de su pontificado.

 

Desde hace algún tiempo, más que a los “movimientos populares”, Francisco se dirige a los jóvenes, a los que incluso ha dedicado un sínodo el pasado mes de octubre. Pero el mensaje es siempre el mismo. Los jóvenes son los “deshechos de la sociedad”, las víctimas de un empobrecimiento progresivo del mundo, en el que “los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”, en un crescendo de concentración de la riqueza en manos de poquísimos y de una deliberada extensión de la pobreza a capas cada vez mayores de la población.

 

Naturalmente, los medios de comunicación vaticanos hacen de megáfono a este relato, de manera especial ahora que también “L’Osservatore Romano” ha sido llamado al orden, es decir, a “hacer equipo” en todo y por todo con el Papa.

 

El nuevo director del periódico de la Santa Sede, Andrea Monda, ha dado inmediata prueba de su alineación con la visión económico-política de Francisco con una entrevista a un famoso teólogo protestante americano, Harvey Cox, en plena sintonía con tal visión, puntualmente titulada a toda página: “La religión popular, única esperanza contra el dominio del dios Mercado”.

 

La entrevista, publicada la víspera del viaje de Francisco a Panamá, es interesante por las respuestas, pero más aún por las preguntas, todas dirigidas a sostener –entre relámpagos apocalípticos de “Guerras estelares”– la tesis de que “el Mercado [siempre en mayúscula– ndr] es un verdadero y propio imperio contra el que los hombres, más bien los pueblos, deben rebelarse y resistir”.

 

Pero, ¿de verdad es así? ¿Cómo están las cosas a la fría luz de los números, de esos números que no aparecen nunca en los discursos del Papa y de sus responsables de comunicación?

 

Porque, en realidad, no resulta que se haya dado nunca, en la historia de la humanidad, un descenso de la pobreza tan extraordinario como el de las últimas décadas.

 

Fijando en 1,90 dólares al día el umbral de la pobreza extrema, el Banco Mundial ha calculado que el número de los que se encuentran bajo este umbral ha descendido de 1.895 millones de 1990 a 736 millones en 2015, a pesar de que en ese tiempo la población mundial ha aumentado de 5.300 millones a 7.300 millones. Es decir, en porcentaje, los pobres extremos que en 1990 eran el 36 por ciento de la población mundial, veinticinco años después han bajado al 10 por ciento.

 

No sólo. Incluso aumentando el umbral de la pobreza a 5,50 dólares al día, el descenso es extraordinario. De manera especial en Asia, donde los que se encontraban bajo este umbral era el 95,2 por ciento en 1990, mientras que en 2015 han descendido al 35 por ciento.

 

Inútil decir que “el dios Mercado” tan estigmatizado por “L’Osservatore Romano” ha tenido una parte muy notable en la reducción de la pobreza.

 

Quedan las desigualdades, especialmente entre ese uno por ciento “cada vez más rico” y el restante 99 por ciento de la población.

 

Pero incluso aquí las cosas no están como se dice, por lo menos en los Estados Unidos, considerado uno de los países occidentales donde mayor es la desigualdad.

 

El Congressional Budget Office americano ha verificado que, si se quitan del cálculo los impuestos y los subsidios públicos, incluso la quinta parte más pobre, es decir, ese 20 por ciento de la población que está en el nivel más bajo de la escala social, ha visto mejorar en un 79 por ciento su renta entre 1979 y 2015. Exactamente igual que la quinta parte más rica, si no se cuenta ese uno por ciento de súper ricos que, efectivamente, ha visto aumentar su renta en un 242 por ciento.

 

Si después se examinan los años más cercanos a nosotros, entre 2000 y 2015, las cifras desmienten todavía más la retórica corriente. Siempre en los Estados Unidos, la renta de la quinta parte más pobre ha crecido, en estos quince años, en un 32 por ciento, mientras que la quinta parte más rica, incluyendo el uno por ciento de los súper ricos, ha aumentado en un 15 por ciento, más o menos como también los otros tres quintos de la población intermedia.

 

Sólo que una cosa son los datos reales, y otra las sensaciones percibidas.

 

El centro de investigación Ipsos Mori ha realizado una encuesta en 28 países en los que resulta que la opinión difundida es más pesimista de lo que dicen las cifras reales.

 

Efectivamente, apenas uno de cada cinco de los entrevistados está convencido de que la pobreza haya disminuido.

 

Esto en media. Pero en Italia sólo el 9 por ciento piensa que los pobres estén disminuyendo, exactamente como en Argentina. Donde, al contrario, como en Italia, hasta un 64 por ciento está convencido de que estén aumentando.

 

En los países emergentes las sensaciones percibidas se acercan más a los datos reales. Por ejemplo, en China, el 49 por ciento está convencido de que la pobreza disminuye, y sólo un 21 por ciento piensa que crece.

 

Por consiguiente, también las expectativas sobre las futuras condiciones de vida globales son mejores en los países emergentes respecto a los países occidentales, más ricos.

 

En Kenia los optimistas son el 68 por ciento, en Nigeria el 67, en India el 65, en Senegal el 64, en China el 58.

 

Mientras que, al contrario, en Italia los optimistas son el 18 por ciento, en Bélgica el 14, en Francia el 13, en Japón el 10.

 

Observa Danilo Taino, Statistics Editor del “Corriere della Sera”, a propósito de este “estrabismo pesimista sobre el pasado y sobre el futuro”: “Nos encontramos ante un problema cultural serio. Para Occidente y los países de antigua riqueza”.

 

¿También para el Vaticano?

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