P. Masiá: Váyase a…

Jorge González Guadalix

Mucho me temo que me caigan una bronca o varias, comenzando por el P. Iraburu y acabando por cualquier otro lugar en aras de una mal llamada prudencia.

 

El P. Masiá, de la Compañía de Jesús, nos ha vuelto hoy a sacudir una patada en zona sensible con sus gilipulluás (Tip y Coll dijeron) que, lejos de ser memeces sin mayor trascendencia, afectan a algo tan intocable como el derecho a la vida del no nacido, y que hemos conocido gracias a que Religión Digital, página mimada, subvencionada, protegida y besada por obispos, cardenales e instituciones religiosas, le ha regalado su portada para que no hubiera dudas.

 

El titular no admite duda, porque trae el texto incluso entrecomillado: “No toda interrupción voluntaria de la gestación constituye un aborto”. 

 

Lean el artículo si tienen estómago. Simplemente me limito a copiar frases, que seguro que me van a decir que sacadas de contexto. Por ejemplo que “la violación y el conflicto de deberes de protección de dos vidas pueden exigir una interrupción responsable del embarazo en casos semejantes”.

 

Oigan, que abortar no es que no tenga importancia, sino que en algunos casos, según el P. Masiá, puede ser hasta obligatorio y un acto de caridad cristiana. 

 

Sigue el P. Masiá: “Puede haber ocasiones en las que sea irresponsable no interrumpir una gestación antes de que sea demasiado tarde para hacerlo”. Lo interesante son los ejemplos que ofrece y en los según él el aborto no solo no debería evitarse, sino que sería de moralmente de obligada ejecución:

 

Caso uno: “Por ejemplo, la presión psicológica ejercida contra una mujer que encuentra difícil rechazar la demanda de una relación sexual por parte de una amistad cercana o pariente”.

 

Caso dos: “Otro ejemplo sería el caso de una mujer que no ha podido evitar una relación sexual extramarital, pero que no está en situación de responsabilizarse de un embarazo. Se plantea en estos casos la pregunta sobre si es lícito impedir que el proceso de concebir y gestar se consume. Hay casos en que interrumpir ese proceso no es solamente lícito, sino hasta obligatorio”.

 

San Juan Pablo II tenía otra opinión: “Hablo del respeto absoluto a la vida humana, que ninguna persona o institución, privada o pública, puede ignorar. Por ello, quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad. Qué sentido tendría hablar de la dignidad del hombre, de sus derechos fundamentales, si no se protege a un inocente, o se llega incluso a facilitar los medios o servicios, privados o públicos, para destruir vidas humanas indefensas?”

 

Pero claro, Juan Pablo II era un conservador que seguro bebía en Santo Tomás. No vamos a comparar con el P. Masiá que cita, como complementario a sus reflexiones, un libro en el que comparte autoría con gente tan seria, sesuda y ortodoxa como Forcano o Mayor Zaragoza.

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