Mons. Melina: aplicar un “cambio de paradigma” a Humanae Vitae distorsionaría su significado

La enseñanza contenida en Humanae Vitae pertenece a la ley moral natural y, en consecuencia, es “una verdad definitiva que la Iglesia no puede cambiar”, ha dicho el antiguo presidente del Instituto Teológico Juan Pablo II para el Matrimonio y la Familia.

En sus comentarios al Register del 2 de julio para conmemorar el 50 aniversario de la decisiva encíclica del Beato Pablo VI, Mons. Livio Melina explica la verdadera naturaleza del documento que, sobre todo, enseñó a los matrimonios a ser generosos en su apertura a la vida y que reafirmó la prohibición, por parte de la Iglesia, de la anticoncepción intencionada.

Mons. Melina enfatiza que cualquier “desarrollo” de la encíclica sólo puede realizarse en “coherencia vital con la Tradición, sin añadidos espurios”, y que los presuntos “cambios de paradigmas”, aunque declaran no cambiar la doctrina, “en realidad distorsionan su significado, ya que transforman en bueno lo que previamente era malo, y en malo lo que previamente era bueno”.

Además, el profesor italiano, que enseña teología moral fundamental en el Instituto Juan Pablo II, dice que es “verdaderamente mezquino y lamentable” sugerir que el Beato Pablo VI era una persona tímida que, “por miedo”, apoyó a los miembros “tradicionalistas” de la Curia, y que su sentimiento, en realidad, habría sido apoyar a quienes defendían suavizar la enseñanza de la Iglesia en relación a la anticoncepción, un desacuerdo que le causó mucha amargura.

Los comentarios de Mons. Melina llegan en un momento en que varios indicios sugieren que se está ejerciendo presión para suavizar la enseñanza de la encíclica en lo que atañe a la anticoncepción, en coincidencia con su 50 aniversario.

Mons. Melina, ¿cuál es el corazón de Humanae Vitae? ¿Es una orientación ideal dejada a la interpretación de la conciencia de cada persona, como algunos afirman, o es una norma moral vinculante?

El núcleo básico de la encíclica Humanae Vitae lo encontramos en los párrafos 12 y 14 de la misma. El párrafo n. 12 expresa en términos positivos el principio de “la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador, una doctrina – afirma – muchas veces expuesta por el Magisterio”.

Además, está expresada en términos negativos como norma consecuente en el párrafo n. 14: “Queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación”

El acto de la anticoncepción es, de hecho, definido como “intrínsecamente desordenado” y “es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda”.

Estas declaraciones no pueden ser interpretadas como meras directrices ideales válidas para el conjunto de la vida conyugal, porque la enseñanza de Humanae Vitae hace referencia explícita a cada acto conyugal individual. En estos dos puntos, la encíclica claramente responde a la pregunta debatida y rechaza la tesis (del “informe mayoritario” de la comisión que asesoró a Pablo VI) que, en nombre del llamado “principio de totalidad”, pide que se aplique no a actos individuales, sino a la vida matrimonial en conjunto.

¿Es una enseñanza doctrinal o únicamente disciplinaria y pastoral?

En el n. 4 de la encíclica del Beato Pablo VI se afirma que esta respuesta está basada en la “doctrina moral del matrimonio”, fundada “sobre la ley natural, iluminada y enriquecida por la Revelación divina”, de la que el magisterio de la Iglesia no es autor, sino “custodio y auténtico intérprete”. Es, por tanto, un pronunciamiento doctrinal, basado en la ley natural, pero que se beneficia también de la luz de la Revelación, dada de una manera auténtica.

Las verdades de la fe y la enseñanza moral no pueden separarse. Desde el Concilio de Trento y, después, en el Vaticano I y en el Vaticano II, la fórmula “in fide et moribus” [de fe y moral] indica el objeto de la auténtica enseñanza magisterial, dada con la asistencia del Espíritu Santo, que puede ser objeto de una enseñanza definitiva.

¿Es infalible la Iglesia o está abierta a ser cuestionada? ¿Es reformable?

No se debe confundir un acto solemne del Magisterio con la infalibilidad. El teólogo Ferdinando Lambruschini, cuando presentó la encíclica Humanae Vitae a la prensa, mientras negaba que era un acto solemne con el rasgo de la infalibilidad, la describió como un “pronunciamiento auténtico” de la “doctrina católica”, con el requisito de “sin posibilidad de ser reformada”, lo que implicaba una “aprobación leal y plena tanto interna como externa”.

Debemos también resaltar que una doctrina puede ser infalible incluso si no ha sido enseñada por un acto solemne del Magisterio que define una fórmula. De hecho, el cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dijo: “Según la definición del Vaticano I y la enseñanza del Vaticano II en Lumen Gentium 25, el Magisterio del Papa goza del carisma de infalibilidad cuando proclama por medio de un acto definitivo una doctrina que concierne a la fe y la moral.

Todo el cuerpo episcopal se beneficia también de la misma infalibilidad puesto que cuando preserva el vínculo de comunión en sí mismo y con el Sucesor de Pedro, enseña que una sentencia es definitiva. Esto significa que el Magisterio puede enseñar una doctrina relacionada con la fe y la moral como definitiva, ya sea por medio de un acto definitivo (juicio solemne) o por medio de un acto que no tiene la forma de definición” (Introducción a la Carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis, 28 de octubre de 1995).

La enseñanza de Humanae Vitae fue impartida por Pablo VI, Juan Pablo II y los Papas siguientes, remitiendo el juicio constante de los obispos católicos sobre este punto a la ley moral natural y, por lo tanto, a una verdad definitiva que la Iglesia no puede cambiar.

La doctrina de Humanae Vitae fue posteriormente aceptada, y lo ha sido durante 50 años, por el magisterio ordinario de los obispos dispersados por todo el mundo (un signo de este consenso es el Sínodo sobre la Familia de 1980, y los de 2014 y 2015).

Es por lo tanto necesario concluir que esta enseñanza es definitiva, lo que justifica las claras palabras de Juan Pablo II: “Lo que la Iglesia enseña sobre la anticoncepción no es una cuestión sobre la que los teólogos puedan discutir libremente. Enseñar lo opuesto equivale a inducir a error la conciencia de los esposos” (Discurso, 5 de junio de 1987). Estas palabras siguen siendo válidas  hoy: quienes cuestionan el valor irreformable de la doctrina de Humanae Vitae “inducen a error la conciencia moral de los esposos”.

La doctrina de Humanae Vitae, ¿puede evolucionar?

Puede haber un desarrollo de la doctrina siempre que esto no signifique una negación o contradicción con el Magisterio enseñado previamente: eodem sensu, eademque substantia (con el mismo significado y el mismo propósito) (Vaticano I). La coherencia vital con la Tradición, sin añadidos espurios y sin pérdida de los elementos esenciales, es la condición para un desarrollo orgánico, tal como nos enseñó el Beato John Henry Newman.

De lo contrario, caemos en el modernismo, cuyo fin es transformar la doctrina desde dentro, adaptando sus fórmulas a la conciencia y a la experiencia religiosa de los tiempos. Fue Pablo VI quien, el 19 de enero de 1972, en una audiencia denunció la supervivencia del modernismo que, “utilizando otros nombres, sigue presente”, porque es la expresión de una serie de errores que pueden “arruinar totalmente nuestra concepción de la vida y de la historia”.

Son “cambios de paradigma” que, si bien declaran que no cambian la doctrina, en realidad distorsionan su significado,  ya que transforman en bueno lo que previamente era malo, y en malo lo que previamente era bueno. El único espacio posible para desarrollar la doctrina es una profundización antropológica y teológica, tal como sucedió con la “teología del cuerpo” de san Juan Pablo II.

El límite propuesto por las normas morales negativas, concerniente a las acciones intrínsecamente malas, representa un punto para asegurar que el desarrollo de la doctrina no equivalga a su perversión. “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”, dice el Señor.

¿Cuál es la relación entre norma y conciencia? ¿En qué sentido hay una primacía de la conciencia?

El punto decisivo en el debate actual atañe a la relación entre la norma, enseñada por Humanae Vitae, y la conciencia, a la que gustaría atribuírsele la primacía.

Debemos recordar que el Papa Francisco, en Amoris Laetitia, si bien espera que la conciencia de las personas sea mejor incorporada en la praxis de la Iglesia, reafirma que primero es necesario “alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor” (n. 303).

Ciertamente, es el juicio de la conciencia el que determina el valor concreto de una acción, pero la conciencia moral debe ser formada en su dependencia de la verdad sobre el bien y el mal.

Aquí el punto decisivo es el magisterio de san Juan Pablo II en la encíclica Veritatis Splendor, que no podemos olvidar o dejar de lado. Excluye la concepción autónoma o creativa de la conciencia, que no es la fuente para decidir qué está bien y qué está mal, ya que “en ella está grabado profundamente un principio de obediencia a la norma objetiva” (n. 60), la expresión de la verdad sobre el bien y no un decreto arbitrario y mudable de una autoridad humana.

Por esto, “las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección” (n. 81).

En cuanto a la discusión durante el periodo del Sínodo para la Familia, ¿qué ventajas tuvo en relación a Humanae Vitae?

Si consideramos el desarrollo del debate sinodal, debemos observar que la interpretación ambigua del papel de la conciencia en la aplicación de la norma HV 14, incluida en el Instrumentum laboris (137) preparado para la Asamblea Sinodal de 2015, no sólo fue objeto de una gran protesta (un llamamiento de más de 200 teólogos expertos en moral), sino que fue, efectivamente, dejada de lado por los padres sinodales en el documento final y esto indica, más allá de la manipulación llevada a cabo por los medios de comunicación, cuál era su pensamiento real.

Hay quienes afirman que el verdadero sentimiento de Pablo VI era más permisivo de lo que afirma la encíclica Humanae Vitae y la posterior interpretación de la Iglesia.

Pablo VI no era una veleta. El periodista de la BBC que anunció la publicación de la encíclica el 25 de julio de 1968, confesó que admiraba al Papa, precisamente por su valor en ir contracorriente, ante la enorme presión de los medios de comunicación y no sólo por eso.

Por eso es verdaderamente mezquino y lamentable intentar hacer pasar al Beato Pablo VI como una persona tímida que, por miedo, habría cedido en la cuestión decisiva en Humanae Vitae a la presión de los tradicionalistas presentes en la curia, mientras que sus sentimientos eran -supuestamente- distintos.

Lo hacen con la absurda pretensión de acreditarse, hoy, como los verdaderos intérpretes de su sentimiento más profundo, mientras que en los días del debate, cuando el Papa fue implacablemente contestado, se alinearon con la disidencia pública que tanta amargura le causó.

¿Cómo juzga usted las interpretaciones flexibles que socavan el valor normativo de la encíclica del Beato Pablo VI?

Es igual de instrumental que la interpretación “espiritualista” de una encíclica, que lo único que hace es ilustrar un ideal y unos principios pero sin llegar a ninguna conclusión normativa y práctica (“el problema de Humanae Vitae —se dice— no puede reducirse a: ¡píldora Sí, píldora No!”), que se confiaría a la primacía de la conciencia subjetiva.

En realidad, Humanae Vitae es lo opuesto a este gnosticismo espiritualista o a este “docetismo moral” (R. Brown): es una encíclica que habla de la carne y de su concreción en la intimidad conyugal, porque sabe bien que es aquí donde se decide la verdad del amor, la autenticidad de la relación y, al final, también el bien común de la sociedad.

 

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