Mártires, lapsi y traditores

En realidad, esto no es nuevo. Ya en los primeros siglos de la Iglesia, cuando arreciaban las persecuciones, muchos cristianos apostataban de la fe para evitar el martirio. Fueron llamados “lapsi” y sobre su integración posterior a la Iglesia, una vez pasada la persecución, se produjeron no pocos debates. También entre el clero abundaron los apóstatas, una parte del cual fue catalogada como “traditores”, pues entregaban a las autoridades romanas los libros sagrados -hoy diríamos que renunciaban a presentar íntegro el mensaje moral del cristianismo- y quizá incluso las especies eucarísticas. Lapsis y traditores fueron dejados en paz por los perseguidores e incluso cubiertos de honores y recompensas. Los otros, los que eran echados a los leones, pasaban por intransigentes que no sabían vivir en paz con los demás porque insistían en algo tan provocador y ofensivo como la pretensión de que Cristo era el único Salvador del mundo y de que en Él estaba contenida la verdad plena. Si morían era por culpa suya y bien merecido se lo tenían. Total, ¿qué importancia tenía echar un poco de incienso en el altar de un dios en el que nadie creía, o tirar al estercolero un poco de pan consagrado en el que ya los que lo arrojaban habían dejado de creer?

Esas épocas pasadas -alguna, como la de Bonhoeffer, no tan antigua- está ya a las puertas. De nuevo vuelven los tiranos a obligarnos a adorar a los ídolos, aunque ahora esa tiranía se presente con otros rostros y los falsos dioses no tengan ni siquiera la belleza estética de las esculturas griegas y romanas. Esta semana, en Bélgica, un tribunal ha condenado a una residencia de ancianos cristiana a pagar una multa de 6.000 euros (se dice explícitamente que la cantidad es testimonial, es decir es un mero aviso a navegantes) porque se negó a aplicar la eutanasia a una señora que residía allí. Aunque la anciana fue objeto de revisión por un médico de la residencia, que certificó que no se cumplían las condiciones legales para la eutanasia, sus familiares se la llevaron del centro y consiguieron finalmente que ella muriera, después de lo cual demandaron a la residencia.

No es el único caso. En Colombia se ha retirado a las instituciones sanitarias la posibilidad de acogerse a la objeción de conciencia ante el aborto, reservando ese derecho sólo a las personas. Es decir, que un hospital católico tendrá obligatoriamente que hacer abortos, aunque su personal contratado no quiera hacerlos; no se sabe si deberá contratar un personal adicto a ese crimen o si tendrá que permitir que las mujeres que lo deseen usen las instalaciones contratando a sus propios médicos.

Algo parecido está ya pasando en la educación. Son ya varios los países donde se obliga a los colegios a enseñar a masturbarse a niños de ocho años, y donde la ideología de género se impone como un dogma indiscutible.

Los dictadores han vuelto. Nos obligan a elegir entre la espada de incumplir las leyes civiles y la pared de traicionar a Jesucristo y su mensaje. No faltan ni los lapsi ni, por desgracia, los traditores.

Dios quiera que tampoco falten los mártires. Los colaboracionistas ya están echando incienso en el altar de los dioses y renunciando a presentar íntegro el mensaje cristiano. Lo hacen en nombre de nobles causas y de elevadísimas y divinas virtudes. Pero son sólo eso, colaboracionistas, lapsis y traditores, y así pasarán a la historia.

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