Los laicos solían ayudar a elegir a los obispos. ¿Es una tradición que vale la pena recuperar?

Infovaticana / Alan Fimister / Catholic Herald

 

 

“La Iglesia no es una democracia”, nos suelen decir. Es una especie de verdad, pero tampoco está destinada a ser una extensa burocracia centralizada. Antes, la Iglesia tenía una característica democrática más fuerte; y debido a los fracasos de gobierno puestos de manifiesto por la crisis de los abusos, tal vez este elemento tenga que ser recuperado.

 

Si tuviéramos que participar en una ordenación en el rito bizantino, nos sorprenderíamos por un momento en la liturgia en la que la gente es llamada a expresar su opinión sobre el futuro pastor. Las personas gritan: “¡Axios!” (Digno) o “¡Anaxios!” (Indigno). Este procedimiento es un atisbo y un recuerdo del antiguo sistema de nombramiento de la Iglesia.

 

La elección episcopal en la Iglesia primitiva era llevada a cabo, normalmente, por un “colegio” formado por el arzobispo y/o los obispos sufragáneos, los párrocos y los diáconos. Una vez que ya se había elegido el candidato, se necesitaba a los laicos para aprobarlo. A veces funcionaba a la inversa: san Ambrosio se convirtió en obispo de Milán a petición de los laicos. Como admite el historiador anti-clerical Gibbon: “Los súbditos de Roma disfrutaban en la Iglesia del privilegio que habían perdido en la República, a saber: elegir a los magistrados a los que estaban obligados a obedecer”.

 

Todavía en 1054, el cardenal Humberto de Silva Candida, defensor implacable de la autoridad papal, expresaba el derecho de los laicos de esta manera: “Según los decretos de los Santos Padres, cualquiera que sea consagrado obispo tiene que ser, primero, elegido por el clero, después pedido por la gente y, por último, consagrado por los obispos de la provincia con la aprobación del metropolitano… Cualquiera que haya sido consagrado en disconformidad con estas tres reglas no debe ser considerado un verdadero obispo, indiscutible y consolidado, y no debe ser incluido entre los obispos canónicamente creados y designados”.

 

Los laicos perdieron su poder en dos fases. Primero, los papas empezaron a nombrar a los obispos directamente para, así, evitar que los gobernantes laicos se arrogaran la elección de los mismos. Después, a partir de finales del siglo XIII, los reyes se aprovecharon de la debilidad del papado para nombrar a todos los obispos de sus reinos, con la aprobación formal del papa. Hoy, tras la secularización de los Estados europeos, los gobernantes laicos ya no reclaman estos poderes, por lo que casi todos los obispos son nombrados directamente por el papa.

 

En un sentido, esto es totalmente legítimo. La Santa Sede siempre ha mantenido lo que ahora se conoce como su “jurisdicción ordinaria universal”: el derecho a intervenir, según desee, en cualquier iglesia como si el papa fuera el obispo del lugar en cuestión. Pero en el primer milenio el papa ejercía su jurisdicción como si fuera extraordinaria. En el segundo milenio, sin embargo, y sobre todo a partir de finales del siglo XIX, los papas empezaron a nombrar, cada vez en mayor medida, a todos los obispos del mundo, un fenómeno desconocido hasta la fecha.

 

En los últimos 150 años, los documentos de la Iglesia han apuntado hacia un modelo menos centralizado. El Concilio Vaticano I afirmó: “Este poder del Supremo Pontífice de ninguna manera resta valor al poder ordinario e inmediato de la jurisdicción episcopal, por el cual los obispos, que han heredado el lugar de los apóstoles por medio del Espíritu Santo, cuidan y gobiernan la grey que se les ha asignado.

 

Por el contrario, su poder es afirmado, apoyado y defendido por el Pastor Supremo y Universal, porque como dijo san Gregorio Magno: ‘Mi honor es el honor de toda la Iglesia. Mi honor es la fuerza inquebrantable de mis hermanos. Yo recibo el verdadero honor cuando este no les es negado a ninguno de aquellos a los que el honor es debido’”.

 

En la encíclica Ut Unum Sint, san Juan Pablo II sugiere que el futuro de la Iglesia tal vez esté en un retorno a la estructura del gobierno eclesiástico del primer milenio. Una de las diferencias principales entre el primer y el segundo milenio es la eliminación, durante el segundo, de los laicos en la elección de los obispos.

 

Sin embargo, si se sugiere a católicos laicos que pueden ayudar a elegir a su obispo, a veces se sienten consternados ante la idea. ¿Por qué? Porque no se fían de los otros laicos; saben que muchos católicos que van a misa no creen en la fe católica, ni la observan. Pero este es sólo la mitad del problema.

 

En realidad, hay una especie de pacto faustiano entre el clero y los laicos: “Vosotros no controláis nuestra fe y moral, y nosotros no controlaremos la vuestra”. Los obispos ya no excomulgan a conocidos pecadores y herejes. Los laicos cierran los ojos ante la irresponsabilidad del clero. De este modo se evitan los conflictos pero, mientras tanto, el problema se agudiza. La Iglesia no puede seguir soportando mucho más este tipo de cosas; pero la Iglesia nunca perecerá, por lo que, o el final de este pacto está cerca, o lo está el final de todas las cosas.

 

Por consiguiente, necesitamos que tanto los laicos como el clero lleven a cabo sus obligaciones. La función del obispo es enseñar, santificar y gobernar. Un obispo santo debe predicar el Evangelio sin miedo o concesiones; tiene que erradicar el error y la conformidad al mundo de los sacerdotes y el pueblo de su diócesis; debe proclamar a quienes están fuera y dentro de su grey la salvación inmerecida que Nuestro Señor ganó para nosotros en la cruz; y debe exigir una fe ortodoxa y el verdadero arrepentimiento de los pecados.

 

Tiene que ofrecer el sacrificio de la misa por los vivos y por los muertos con temor y temblor, manso y obediente a las leyes y las tradiciones de la Iglesia. Y debe controlar que su clero haga lo mismo. Debe asegurarse que todos se confiesen y comulguen con frecuencia, y que lo hacen dignamente.

 

Tiene que guiar a su grey en la ley vivificante del Evangelio; tiene que ayudar, en el cuerpo y en el alma, a los débiles y a los que sufren; tiene que demostrar con su ejemplo que la santidad heroica es posible para cada cristiano; y tiene que fortalecer a los fieles laicos en su lucha por adaptar las realidades temporales a las exigencias del reino de Cristo.

 

Algunos tal vez piensen que una mayor implicación de los laicos debilitaría el papado, pero no es así. Paradójicamente, la monarquía absoluta es una forma débil de gobierno. En una estructura más democrática o, más bien, en una “monarquía combinada”, los argumentos políticos tienen que ser expresados claramente y cualquiera que sea el poder que el gobernante tenga, debe ejercerlo de manera firme y fundada.

 

Tiene que afirmar sus creencias y lealtades abiertamente y los que están en desacuerdo tienen, a su vez, que exponer sus argumentos. En una monarquía absoluta, el gobernante tiene tanto poder como la fiabilidad que tenga su último círculo de consejeros. Una estructura así ayuda al encubrimiento, la adulación, la duplicidad y la traición.

 

Hace mucho tiempo, el Papa León I el Magno (440-461) predijo las terribles consecuencias de abolir las elecciones episcopales tradicionales. San León dijo que privar a los fieles de su derecho a aprobar o rechazar un candidato al episcopado les llevaría a despreciar a su pastor y a perder la fe: “Que nadie sea ordenado contra los expresos deseos de la gente del lugar, para que ni desprecien ni odien a un obispo que no han elegido, lo que les llevaría, lamentablemente, a alejarse de la religión porque no se les ha dado a quien ellos querían”. Siempre ignoramos a los Padres en nuestro perjuicio.

 

Es una propuesta drástica, pero la crisis actual aboga por ella. Como un joven y temerario Joseph Ratzinger bien predijo en 1969:

 

“De la crisis de hoy surgirá la Iglesia de mañana. Una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios que fueron construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos y, con ellos, muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, en comparación con los tiempos anteriores, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión.

 

Como pequeña comunidad, exigirá mucho más a la iniciativa de cada uno de sus miembros… Sin embargo, en todos estos cambios que se pueden suponer, la Iglesia encontrará de nuevo, y con total convicción, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, en presencia del Espíritu, hasta el final de los tiempos. (Fe y futuro, ed. Desclee de Brouwer, 2007).

 

Publicado por Alan Fimister en Catholic Herald. Traducido por Elena Faccia para InfoVaticana.

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