Leído para Ud.: nueva edición de “Su Majestad Dulcinea” del P. Leonardo Castellani

Javier Olivera Ravasi

 

“Dulcinea Argentina, nuestra Reina. Ella representa a la Reina del cielo a quien acabáis de invocar, representa a la Patria, representa a la Iglesia, y representa la Hermosura, que es uno de los nombres de Dios, por el cual nos batimos. Es una realidad, es una mujer real, que aunque intangible a todos, es de todos nosotros. Ella corre peligros mayores que los nuestros, ha hecho hazañas mayores que cualquiera, y sufre en su corazón la desolación y la ruina de este país en el cual nació como nosotros, peor que todos nosotros juntos. ¡Doblad todos la rodilla izquierda, no delante de una pobre mortal, sino delante de lo que ella divinamente representa!”.

Una nueva “patriada”, como decimos en mi país. Se trata de una nueva edición de la señera y profética novela del gran Padre Leonardo Castellani, “Su majestad Dulcinea”. Aquellos que conocen su trama y singular clarividencia sabrán recomendarla

Sus editores se han impuesto transmitir con esta publicación, en sencillo homenaje a la grandeza de su autor y en renovado voto de fidelidad a la Santa Madre Iglesia, el pensamiento del Cura Loco en estos tiempos tenebrosos.

El relato fantástico, y sin embargo (verosímil en sus días) y dolorosamente real en los nuestros, nos ofrece la figura de una Iglesia cuyo rostro se desfigura frente a la traición de sus jerarcas; una Patria cuya naturaleza se diluye en el mundialismo triunfante; familias fieles, diseminadas a lo largo del territorio, que sin embargo deben batirse contra un Estado asfixiante y una Iglesia difícilmente reconocible, sujeta a los poderes de este mundo, a quienes rinde pleitesía a costa de la Fe cuyo depósito le ha sido dado custodiar fielmente.

Es en ese contexto, en ese cuadro lacerante para los últimos testigos del drama personal de la santificación hasta el martirio, y del drama universal a través de la renovación de la Pasión de Cristo reflejada ahora en las persecuciones y dolores de su Cuerpo Místico; es allí, en ese marco trágico pero esperanzador a su vez, que destaca la figura del “Cura Loco”, como signo de contradicción para el mundo y luz de los últimos reductos de devoción y custodia, relegados a las proverbiales catacumbas, que se vuelven un hecho real y cotidiano: ya no una memoria heroica del cristianismo primitivo, sino una lección del pasado que se renueva en la propia carne, en la propia fama, en la propia existencia de todos aquellos que, trenzados a la tradición católica, se ven forzados a perderlo todo por salvar lo más preciado: la propia alma.

“El que ha de venir vendrá y no tardará. Estamos defendiendo millares de hogares como el que fue nuestro. Estamos defendiendo las ruinas y la posibilidad de una gran nación; y eso es defender nuestra fe y nuestra salvación. Defendemos a Dios”.

“Nosotros somos los sustentadores de su ausencia, los testigos de los últimos días, los responsables de su existencia hasta que venga”.

“Sin esperanzas materiales casi, confiando más en las fuerzas del corazón y el espíritu, es decir, en la Providencia, es decir, en el martirio, en definitiva, ese es un gran pueblo”.

“El crimen más grande que se ha perpetrado en el mundo, fue perpetrado por una nación sojuzgada, Israel, bajo un gobernante títere, Herodes, por una nación extranjera, Pilatos. En un estado de cosas semejante, toda monstruosidad es posible como estamos viendo aquí todos los días; y contra ese estado de cosas luchamos ahora los argentinos. Esa es la razón Religiosa de nuestro «nacionalismo»”.

“Nosotros no hemos defendido en el fondo una cosa puramente temporal, sino una causa eterna, no desencarnada sino encarnada en un cuerpo carnal y en una patria terrenal. Por eso decimos que Dulcinea es símbolo de la patria y de la hermosura; y la hermosura es figura de Dios”.

Extractos, apenas, de la singularísima novela que nos convoca, y que da a todos muestra de su increíble actualidad.

Quedan todos invitados a su lectura y difusión.

 

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