Las obligaciones del votante católico según el cardenal Burke

Julio Llorente / Infovaticana

 

 

Los católicos contemporáneos tendemos a pensar que, ante la hedionda putrefacción del mundo, nuestra única opción es replegarnos en el ámbito familiar para, así, preservar nuestra pureza espiritual. El gran problema, sin embargo, es que semejante repliegue puede llevar a los católicos a incumplir sus obligaciones para con el resto de la sociedad, con el bien común.

 

Precisamente a esto se refirió en 2004 el arzobispo de San Luis, Raymond Leo Burke. En una carta pastoral en la que comenzaba mencionando un fugaz paso por Alemania. El prelado enfatizaba la obligación de los católicos de servir al prójimo y de desvelarse por el bien común. ‘Como ciudadanos del Cielo y de la Tierra, estamos obligados por la ley moral a actuar respetando los derechos de los demás y promoviendo el bien común’. Hay que trascender, en fin, el ámbito del ‘yo’; salir de uno mismo y servir a los demás.

 

Para difundir este mensaje este mensaje tan necesario, Mons. Burke se apoya en el propio Concilio Vaticano II: ‘El Concilio exhorta a los cristianos, como ciudadanos de las dos ciudades, a cumplir fervorosamente con sus obligaciones en el espíritu del Evangelio. Es un error pensar que, por el hecho de no tener aquí una ciudad perdurable, podemos eludir nuestras responsabilidades terrenales’.

 

Fruto de esta responsabilidad, no es indiferente que el católico vote a este o aquel líder político; debe apoyar al que más haga por el bien común. ¿Y qué quiere decir eso? Mons. Burke, en su carta pastoral, enumera una serie de principios para mostrárlo: salvaguardar el derecho a la vida y la santidad del matrimonio y la familia; proteger la paz doméstica e internacional; promover la enseñanza y la seguridad pública; asistir a aquéllos que sufren la pobreza; promover la justicia en el lugar de trabajo…

 

El principio de mal menor

 

Evidentemente, señala el prelado, no todos los principios citados son igualmente importantes. Un católico podrá votar a un partido que propugne políticas inmorales – siempre que no haya opción mejor –, pero no podrá apoyar a aquél que comprometa la dignidad humana, el derecho a la vida desde la concepción hasta la extinción natural o la santidad de la familia.

 

Dicho en otras palabras, el católico no debe secundar a políticos que aspiren a un reconocimiento legal del aborto o de la eutanasia, salvo que la situación sea tan sumamente grave que sus propuestas, aun abortistas o eutanásicas, impliquen una mejora del statu quo: ‘Un católico puede votar a un candidato que, al tiempo que apoya una acción inmoral, aboga por una limitación de ese mal; siempre que no exista una alternativa mejor’.

 

Así, nos enseña el Mons. Burke, los católicos podrán votar a un candidato que, sin oponerse plenamente al aborto y abogar por su prohibición, prometa constreñir las circunstancias en que éste pueda perpetrarse. ‘No se trata de una cuestión de elegir el mal menor, sino de reducir el alcance del mal’.

 

Las advertencias pastorales del purpurado se fundan, en realidad, en las enseñanzas de san Juan Pablo II en su encíclica Evangelium vitae: ‘Cuando no es posible anular o abolir una ley abortista, un líder elegido, cuya oposición personal absoluta al aborto era bien conocida, puede apoyar lícitamente propuestas encaminadas a limitar el daño infligido por tal ley y a reducir sus consecuencias negativas.

 

Los consejos pastorales del hoy cardenal Burke nos recuerdan aquellos principios innegociables de Benedicto XVI: la sacralidad e inviolabilidad de la persona, la familia como realidad emanada del compromiso conyugal, el derecho y deber de los padres a educar a sus hijos y la preservación del bien común.

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