“La verdadera devoción a María es ahora nuestro único recurso”

En su obra “La restauración de la cultura cristiana”, John Senior señala que “el auténtico humanismo cristiano, o más propiamente cultura cristiana, ha sido ni más ni menos que el culto a la Santísima Virgen”

“Yo creo, y éste es el tema y la tesis de este libro, que la verdadera devoción a María es ahora nuestro único recurso.” Esta es la afirmación con la que John Senior inicia La restauración de la cultura cristiana, una obra que profundiza en los principios que forjaron nuestra civilización y plantea un programa para su recuperación.

En este libro, Senior subraya la importancia de la devoción a la Santísima Virgen y destaca su papel fundamental en la restauración de la cultura cristiana: “Yo creo que la teología y la piedad popular se ponen de acuerdo para afirmar que la restauración de la cristiandad está ligada al número de corazones que están consagrados al Inmaculado Corazón de María.”

Senior señala que, aunque sea un escándalo para los historiadores seculares e incluso una sorpresa para los católicos, “el auténtico humanismo cristiano, o más propiamente cultura cristiana, ha sido ni más ni menos que el culto a la Santísima Virgen”:

“Es la totalidad de la gran cultura que floreció en los mil años en los que Europa estuvo profundamente penetrada de Cristo –el famoso aforismo de Belloc es real: “La fe es Europa, Europa es la fe”– y que se sucedió desde el siglo V hasta el siglo XV, cuando el Renacimiento arrancó al hombre de su humus y de su florecimiento entre las estrellas. Durante mil años existió algo llamado Cristiandad y su cultura fue el culto a María, fundado en el humus de su humildad elevada al cielo, desde donde nos atrae.”

En este sentido, Senior recuerda las afirmaciones del historiador Henry Adams, que utilizaba el contraste entre la Virgen y la dínamo para explicar las diferencias entre la cultura cristiana y el humanismo secular:

“Cuando Henry Adams, uno de los mejores historiadores americanos (ciertamente el más reflexivo y filosófico), que no era católico sino un pesimista secular que se había percatado de las vanas promesas del humanismo, quería resumir las diferencias entre la cultura cristiana y el humanismo secular, recurría al famoso contraste entre la Virgen y la dínamo.

La totalidad de la cultura cristiana, decía, floreció en la Edad Media, cuando el espíritu de Cristo informaba todos los aspectos de la vida, hasta los detalles más ínfimos, desde las canciones de barraca más rudas o las baladas de pastores más populares, hasta las modulaciones más finamente ornamentadas del canto gregoriano; desde las rústicas cruces de los caminos hasta los cruceros de las grandes catedrales como Chartres; desde las alborotadas peleas de estudiantes en las tabernas del Barrio Latino de París hasta la brillante constelación de la Summa Theologica.

Lo mismo entre santos y pecadores, en la arquitectura, en la guerra –que era conocida como caballería–, en la política, la economía, la música, la poesía, en los campesinos y en los cultores del amor cortés, en los modales groseros o delicados de las cabañas o de las cortes: toda la cultura era simplemente el culto de María, y todo era para ella.

En nuestro tiempo, con el reinado de la ciencia y la tecnología, Adams dice que la cultura no es otra cosa que el culto de la dínamo, símbolo de una fuerza sin inteligencia o amor. El humanismo secular, a pesar de su nombre, no es el culto del hombre sino de las producciones humanas.

Toda la teoría de la historia de Karl Marx nació de la idea de que estamos determinados por nuestra tecnología, a la que él llama medios de producción. Mientras que el humanismo cristiano, más precisamente la cultura cristiana, es el uso de los instrumentos al servicio de la Virgen María.”

Tras señalar que la auténtica cultura cristiana se desarrolla en torno al culto a María, Senior nos invita a preguntarnos si nuestras iglesias y nuestras liturgias, nuestras ciudades, escuelas y hogares, “agradan a la Bienaventurada Reina de los Cielos y de la Tierra, que es tan sensible a la luz y al color, a las negligencias, a las impresiones desagradables y a la falta de inteligencia de su entorno”. Y, por encima de todo, “qué tipo de habitación le hemos preparado en nuestros corazones, donde ella pueda descender y visitarnos con su Hijo”.

Nuestro primer deber de católicos, insiste el autor de La restauración de la cultura cristiana, es consagrar a María nuestros hogares, nuestras escuelas, nuestras parroquias y nuestros corazones. “Seguramente –afirma Senior- hay alguien leyendo estas palabras ahora mismo que, como santa Margarita María y santa Catalina Labouré, serán el alma de una renovación histórica aunque no lo sepan. En este mismo momento, en el mundo entero, María y sus ángeles circulan entre los hombres. Si le consagramos nuestro corazón, estaremos entre aquellos que harán la diferencia.”

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