La Sagrada Familia es nuestra familia

“Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. [ ] El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados con él” Romanos 8, 14 ss

A muchos de ustedes podría haberles sucedido igual que a mí; quiero decir que, probablemente, de jóvenes fueron pecadores empedernidos pero, poco a poco, Dios Padre se fue encargando de hacerse entender para que, desde lejos, comprendieras que lo conveniente era regresar a casa.

Sin embargo, una vez allí y a pesar de haber sido magníficamente recibido, obedecer al Padre no resultó ser –precisamente- el Paraíso; sin embargo, aprendiste a hacerlo tan a gusto que cualquier incomodidad fue poco comparado con saber que, no importa qué, el Padre asegura tu vida porque tienes un lugar como miembro de su familia.

Nada ni nadie podrá separarte de su amor.

De una experiencia semejante es que surgieron grandes santos tal como Ignacio, Tomás, Francisco y Bernardo quien, para mostrar el alcance de la experiencia dijo alguna vez:

“El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma…”

De ahí es que descubres que perdonas por perdonar, eres bondadoso por el gusto de serlo, justo por la misma razón y así con todo lo bueno para lo que la gracia te capacita por tan solo haber recurrido al principio y origen del amor.

Siendo el Padre la fuente, su continua emanación la constituye el Hijo a quien, muy probablemente te condujo María a la que, el mismo Espíritu te llevó para que, por su medio, Jesús dejara de ser un extraño y más bien lo reconocieras como “Aquél tú mismo” al que fuiste llamado a ser desde tu  concepción.

Siendo que por María llegas a Jesús, llegas también a san José por lo que, sin apenas notarlo, te conduces como un miembro más de la Sagrada Familia de la que recibes amparo, alegría, consuelo, paz y de la que aprendes a cumplir con tus deberes, a rezar el rosario a diario, realizar actos de misericordia y piedad, a orar, ayunar y hacer penitencia, realizar grandes o pequeños sacrificios y, muy importante, la tarea de interceder por los pecadores con tu dolor y sufrimiento.

Con lo anterior quiero decir, si es que no lo habías notado que, Jesús, María y José, en el trato diario te enseñan a conocer y amar la voluntad del Padre para que, junto al Fiat de la Madre, de José y del mismo Redentor, el tuyo llegue a ser perfecto para mayor gloria de Dios.

-“Bien, pero, ¿a qué viene todo esto?”, se preguntarán; pues, viene de que, como todo parece ir de mal en peor, para muchos -tal como para mi- podría ser oportuno recordar que la Sagrada Familia es nuestra familia.

“Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales,  ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios [ ]” Romanos 8, 31 ss

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