La Palabra del domingo – 3 de febrero de 2019

Eleuterio Fernández Guzmán

Lc 4, 21-30

 

“21Comenzó, pues, a decirles: ‘Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.’ 22 Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: ‘¿No es éste el hijo de José?’ 23 El les dijo: ‘Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria.’24 Y añadió: ‘En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.’ 25 ‘Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; 26 y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a = una mujer viuda de Sarepta de Sidón. = 27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.’ 28            Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; 29 y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. 30 Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.”

                                             

COMENTARIO

 

Quien acepta la verdad

 

Cuando Jesús lee el texto que se le entrega muchos de los que le escuchan gozan al ver a uno de los suyos (estaba donde había vivido muchos años) es un gran Maestro y están más que contentos con eso.

 

Pero el Mal siempre está al acecho y no puede faltar quien dude acerca de que su vecino, a quien conocían perfectamente, pudiera ser el Mesías.

 

El caso es que, a lo mejor, esperaban que el Enviado de Dios llegase al mundo, a vista de todos, en un carro de fuego y de oro para creer que, de verdad, había sido enviado por el Todopoderoso. Y es que no entendían las cosas como, en realidad, eran. Aquellos, además, que eso pensaban, tenían de lo espiritual una visión en exceso mundana y todo lo pasaban por el filtro del siglo.

 

De aquí que se pregunten si aquel que había leído aquello y que se atribuía la bondad de las palabras del profeta (“se ha cumplido hoy” les había dicho) no era, acaso, un hijo de un vecino suyo de nombre José y conocido como el carpintero de Nazaret.

 

Eso era cierto. Es decir, como sabemos, la paternidad de José sobre Jesús era no de sangre sino de adopción pero, a los ojos de todos, Jesús era, en efecto, el hijo de José y de María.

 

Al parecer, ser tal hijo quería decir que no era posible que fuera el Mesías esperado. Y es que ellos ignoraban, a lo mejor, que al haber nacido en Belén se cumplía lo escrito en los textos sagrados acerca de dónde debía nacer el Mesías. Y también, al parecer, ignoraban que José era de la familia de David de quien, por cierto, debía nacer el Mesías…

 

Era, todo aquello, manifestación excesiva de ignorancia acerca de la voluntad de Dios. Y Jesús no iba a quedar callado.

 

Sabe, el Hijo del Creador, que muchos no creer que un su vecino pueda ser una persona tan poderosa como para ser el Mesías. Y es que tienen establecidos unos esquemas espirituales que no quieren romper de ninguna de las maneras. Además, ¿va a ser aquel hombre el Mesías esperado si, ni siquiera, portaba una espada que los pudiera liberar del poder romano? No, para ellos, aquello no era posible.

 

Y Jesús les pone ejemplos. Y ejemplos que a más de uno pone nervioso porque les hace ver que ellos, los judíos, no son los únicos a los que Dios ha prestado su atención a lo largo de la historia. Y es que lo que dice acerca de la viuda de Sarepta o del leproso Naamán (que no eran judíos) les dice que, a lo mejor, ellos no han de ser los únicos beneficiados por la bondad de Dios.

 

Y ellos, que se sienten el centro del mundo espiritual, estallan de ira. Quieren despeñar a Jesús porque creen que los ha ofendido gravemente cuando, en realidad, sólo les ha dicho la verdad más exacta que ellos deciden ignorar porque, sencillamente, no les conviene.

 

Era de esperar que Jesús no se dejara zaherir. Y es que el poder de Dios también iba a servir para librarse fácilmente de las manos de aquellos que, no comprendiendo nada de nada de la voluntad del Creador, habían estado demasiado tiempo tergiversándola en beneficio propio.

 

PRECES

 

Pidamos a Dios por todos aquellos que no quieren escuchar a Dios.

Roguemos al Señor.

 

Pidamos a Dios por todos aquellos que miran para otro lado cuando Dios les habla.

Roguemos al Señor.

 

ORACIÓN

 

Padre Dios; ayúdanos a escuchar a tu Hijo a través de tu Palabra.

 

Gracias, Señor, por poder transmitir esto. 

 

El texto bíblico ha sido tomado de la Biblia de Jerusalén.

 

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