La mayoría de ustedes no cree en lo que dice ceer

«Si yo creyese lo que usted cree… si yo realmente, de verdad, creyera que allí esta –de verdad- Dios mismo y no un mero símbolo, yo caería al suelo, tendido sobre mi rostro y me postraría así ante Él. ¡Yo estaría tan poseído de reverencia y adoración! Y nunca he visto a ningún católico manifestar este respeto. Por ello, creo que ustedes no creen lo que dicen creer». Un mormón

De su acusación me excluyo y, saben por qué lo hago?

Porque desde hace varios años resolví hacerlo.

Desde el momento que, por atender a Benedicto XVI en Summorum pontificum, me propuse conocer y promover la misa de antes ya que estoy convencida que de ella, verdaderamente, los católicos aprenderían adoración. A partir de mi exclusion fue voluntaria.

La cosa es que la misa de antes no solo, a duras penas, se ha empezado a celebrar en muchas partes del mundo sino que, por exhortación papal, está disponible para quienes la pidan, pero, sencillamente, no les da la gana asistir ni pedirla o, lo que es peor, le hacen la guerra desde el estrado de su muy singular criterio de autoridad.

Por qué será? Respondan.

No saben qué decir? Bien, yo lo diré:

Es porque, obispos, curas y laicos, realizan celebraciones que lo que provocan es salir corriendo debido a que no están convencidos de que la Santa Misa es la mismísima Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, Redentor del mundo.

Así está la cosa, prefieren las misas feas, los disfraces, las campanadas dedicadas al futból, canciones estúpidas y mal cantadas, maracas y bongoes a todo volumen; charlar, bailotear, aplaudir y “sentir bonito”, como si esa hubiese sido la finalidad del Santo Sacrificio.

(Cristo, torturado y agonizante, sintiendo bonito! Caray! Por qué nadie me lo había dicho?)

Yo, es que, de la misa de antes aprendí que, aunque asista a una misa fea, no solo Dios me ayudará a hacerme a la idea de que es una misa digna sino a rezarla de principio a fin ya que así llego a la consagración con mayor conciencia de que Cristo mismo me entrega como ofrenda en cada palabra el sacerdote coloca sobre el altar de Dios con la finalidad de salvar sus almas.

Benditas almas! Que, si de mí dependiera!

Así que, ustedes obispos, curas, laicos que no creen en la Presencia de Cristo en la Eucaristía:

Lo que han venido haciendo con la Santa Misa está pésimamente mal por lo que sufriremos las consecuencias al punto de que no quedará de la Iglesia nada más que aquella piedra que entrañablemente conservarán los sacerdotes que como yo han elegido mantenerse alejados del espectáculo en el que han convertido la Santa Misa.

Si, la gente se aleja, y nos alejaremos quienes, verdaderamente, creemos. Y, aunque nos vayamos con la sangre hirviendo, partiremos alegres y en paz, para su mayor desconcierto.

Adónde iremos? No muy lejos. Iremos a las parroquias donde haya sacerdotes que creen.

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