La iglesia de Cándido, Luisa y Juanita

Jorge González Guadalix

Apañados estamos como nos pensemos que la Iglesia se mantiene viva gracias al colegio cardenalicio, la conferencia episcopal, el plan diocesano de evangelización, los encuentros en la catedral, la ecología integral, la alianza de civilizaciones y la comunión interreligiosa.

Apañados si nos creemos que la Iglesia en Braojos, por ejemplo, por citar el mayor de mis tres pueblos, está viva porque se llena la ermita el día de la fiesta, hay concurrencia en la procesión del Cristo, un grupo para celebrar San Isidro y llenos en los entierros. Pan para hoy y hambre para mañana.

El pasado sábado, en el encuentro de Braojos y la virtual parroquia de San José de la Sierra esto dije, entre otras cosas, en la homilía.

La Iglesia en Braojos se mantiene por otras cosas. Por Cándido, sacristán voluntario de siempre, que, con frío o calor, en invierno y verano, abre el templo, toca las campanas, prepara todo, ayuda con devoción en misa, reza y lo que se tercie. Se mantiene gracias a Luisa y Juanita, una ya incluso bisabuela, que no faltan a misa cuando tenemos, rezan el rosario, aman a la Virgen y están disponibles para Cristo y su Iglesia. Hay que ver a las dos con sus botas altas desafiando a la nieve en los días malos de invierno para acudir al rosario y la misa o poner unas flores a la Virgen. No voy a decir más nombres. Los que habéis pasado por Braojos, algunos hace apenas unos días, los conocéis.

En las parroquias medio normales (digo medio normales en número, no en otra cosa) tienen o deberían tener un consejo pastoral. Yo lo he tenido siempre. En el consejo suelen estar los que yo llamo “activistas parroquiales”, es decir, la persona experta en liturgia, el o la catequista, alguien de Cáritas, algún joven, representante del coro… eso, activistas, y demasiadas veces activistas en el peor sentido de la palabra: gente que hace muchas cosas como aquella ardilla de Iriarte “Yo soy viva, soy activa, me meneo, me paseo, yo trabajo, subo y bajo, no me estoy quieta jamás”, y a la que hay que responder desde la misma fábula: “Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas (quiero, amiga, que me diga), ¿son de alguna utilidad?”.

No es extraño que en los consejos haya gente de todo tipo excepto los Cándidos, Luisas y Juanitas de cada día que son los que de verdad sostienen la Iglesia. Cuántas veces no hemos visto a esos activistas, que digo, que pasan de hacer todo a desaparecer de la parroquia o incluso de la Iglesia porque no les va el cura nuevo, no se hacen las cosas a su estilo o el obispo es demasiado carca, demasiado progre o demasiado obispo para sus personalísimos gustos.

Cándido, Luisa, Juanita y todos los demás de su estilo siguen siempre porque han descubierto que el centro de su vida es la fe en Jesucristo vivida en la Iglesia católica, y que eso es la clave, y que a lo mejor el cura hoy tiene sus manías, pero es el sacerdote y sus misas valen, que de eso se trata.

Maruchi la del coro, Manolo de Cáritas, Ángel del catecumenado, sor Pepi de economía, Carlos el catequista y Vero, monitora perpetua, cortan el bacalao, mandan, deciden, organizan y cuidadito porque si se cabrean se largan por falta de democracia interna, que consiste en que o se hace lo que ellos dicen o se acabó la fidelidad al evangelio.

Cándido, Luisa y Juanita no se van. En su sencillez atesoran la tan elogiada sabiduría ya desde el antiguo testamento. Estos tres, en los que quiero reconocer la entrega de algunas personas de esta parroquia de Braojos, son hoy la clave y la base de la Iglesia. Podremos tener grupos, consejos, iniciativas y ocurrencias. El día que estos se vayan, será el momento de echar el cierre a nuestros templos, donde se seguirán celebrando encuentros, romerías, comuniones y funerales… pero faltarán la fe diaria que hizo y hace grande la Iglesia.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *