La huella de Chesterton en Orwell: no amó la civilización cristiana, pero sí sus frutos

ReL

¿Hasta dónde llegó la influencia de G.K. Chesterton (1874-1936) sobre George Orwell (1903-1950)? ¿Por qué el autor de Homenaje a Cataluña (1938), Rebelión en la granja (1945) o 1984 (1949) fue y es tan aborrecido en numerosos círculos de la izquierda a la que perteneció?

Algunos elementos para responder a estas preguntas pueden encontrarse en un reciente artículo de M.D. Aeschliman (n. 1948, profesor de crítica literaria en la Universidad de Boston y autor del ya clásico ensayo La restauración del hombre: C.S. Lewis contra el cientificismo) publicado en First Things. [Los ladillos son de ReL.]

Lo que Orwell aprendió de Chesterton

El gran escritor y moralista George Orwell comenzó su carrera literaria como discípulo de G. K. Chesterton. Incluso después de que Orwell se apartara explícitamente de algunos de los puntos de vista de Chesterton en la década de 1930, bajo la influencia de las ideas y esperanzas socialistas, los supuestos y las concepciones políticas y éticas de Chesterton siguieron marcándole.

La huella chestertoniana en Orwell

Los biógrafos de Orwell proporcionan unas pruebas sugerentes.

Bernard Crick nos dice que el primer ensayo publicado de Orwell apareció en la alternativa revista «distributista» de Chesterton, G.K.’s Weekly, el 29 de diciembre de 1928, y que más tarde Orwell declaró que «lo que Inglaterra necesitaba era seguir el tipo de políticas del G.K.’s Weekly de Chesterton», es decir, las políticas antiimperialistas de la «Pequeña Inglaterra».

Gordon Bowker escribe que, cuando era adolescente, Orwell le regaló a alguien la novela El hombre vivo [Manalive] de Chesterton. Añade que a Orwell le encantaban las historias de detectives del Padre Brown, personaje creado por Chesterton.

Robert Colls nos dice que, aunque los amigos de Orwell, como Malcolm Muggeridge, aceptaron la caracterización que el propio Orwell hizo de sí mismo a partir de los años 30 como una especie de socialista, esta caracterización era en varios aspectos anómala, no solo por su educación tory, su educación privada en Eton y su acento, sino también por su sensibilidad tradicionalista y «la forma en que se comportaba según un universo natural y moral». Se trata de un comentario preciso y significativo.

Leído en Occidente… y en el Este

Orwell ha llegado a tener una autoridad única entre los lectores de lengua inglesa, principalmente debido a las grandes novelas antitotalitarias Rebelión en la granja y 1984. Pero estas obras también fueron importantes en la Europa del Este dominada por el comunismo, desde su publicación hasta la caída del imperio comunista soviético a principios de la década de 1990.

En el minuto 00:40, la frase más célebre de «Rebelión en la granja [Animal Farm]»: «La granja donde todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros». Es un tráiler de la versión animada de la novela de Orwell dirigido en 1954 por Louis de Rochemont y con animación de John Halas. (Fue el primer largometraje animado británico. El primer largometraje animado europeo fue español, «Garbancito de La Mancha», en 1945.)

En La mente cautiva, el gran escritor disidente polaco Czesław Miłosz nos cuenta que 1984 circuló clandestinamente en Polonia y Europa del Este (incluida una traducción ucraniana), y que sus lectores estaban «asombrados de que un escritor que nunca vivió en Rusia tuviera una percepción tan aguda de su vida». Esperamos que las novelas antitotalitarias de Orwell hayan encontrado también lectores en China y Corea del Norte.

Dickens, según Orwell

Los críticos literarios y culturales también han argumentado que Orwell estaba en deuda con Chesterton como pensador y escritor. Tanto el sabio, aunque ahora olvidado, escritor inglés Hugh Kingsmill como el eminente crítico estadounidense Lionel Trilling veían la crítica sociocultural de Orwell como una continuación de la de William Cobbett (1763-1835), pasando por Charles Dickens (1812-1870), hasta llegar a Chesterton.

El propio interés de Orwell por Dickens, evidente en su relevante ensayo de 1939 sobre Dickens, está clara y explícitamente influenciado por Chesterton, que escribió dos importantes libros sobre Dickens y es quizá su mayor comentarista.

Quizás sea el ensayo de Orwell de 1939 sobre Dickens el que mejor explica lo que Chesterton y Orwell tenían en común en términos filosóficos, éticos y políticos y por qué estos factores comunes siguen siendo importantes hoy en día.

Orwell intenta especificar o precisar la base ética de las grandes obras de ficción de Dickens, además de sus transmutatorias dotes de abundante humor, caracterización, descripción, narrativa y simbolismo. Dice que Dickens era un cristiano creyente, que su «moral es la moral cristiana» y que, a pesar de la aversión de Dickens tanto hacia el catolicismo como hacia la ostentosa religiosidad protestante evangélica, «era esencialmente un cristiano bíblico» con un «apoyo casi instintivo al oprimido contra el opresor… del lado del desvalido, siempre y en todas partes».

A lo largo del ensayo, Orwell utiliza una palabra que ha llegado a identificarse con él como persona y escritor: decencia. Dice que el «mensaje completo» de Dickens es uno que a primera vista parece una enorme perogrullada: «Si los hombres se comportaran decentemente, el mundo sería decente». Al igual que George Bernard Shaw, Orwell se siente decepcionado por el hecho de que Dickens no se uniera al socialismo e incluso no simpatizara con el movimiento sindical: «Obviamente quiere que los trabajadores sean tratados decentemente, pero no hay ninguna señal de que quiera que tomen su destino en sus propias manos, y menos mediante la violencia abierta». Con cierta molestia, Orwell se pregunta: «¿Qué quiere [Dickens]? Como siempre, lo que parece querer es una versión moralizada de lo existente».

Charles Dickens.

La interpretación de Chesterton y de Orwell sobre la obra de Charles Dickens sirve para entender los puntos de unión entre Gilbert Keith y George.

A pesar de las críticas de Orwell a la política reformista y moralista de Dickens, sigue insistiendo en que Dickens no era ni superficial ni tonto: decir «‘Si los hombres se comportaran decentemente, el mundo sería decente’ no es una perogrullada, como parece». Y añade: «En definitiva, no hay nada que [Dickens] admire excepto la decencia común».

Escribiendo con gran elocuencia en el párrafo final del ensayo, Orwell elogia la devoción de Dickens por la hermandad humana y la idea de la igualdad ante Dios, con la que «a lo largo de las edades cristianas, y especialmente desde la Revolución francesa, el mundo occidental ha estado obsesionado».

Orwell insiste, frente al ascenso de los fascistas y los comunistas, que «la gente corriente de los países occidentales nunca ha entrado, mentalmente, en el mundo del ‘realismo’ y la política del poder». Sin embargo, admite que pueden llegar a hacerlo, «en cuyo caso Dickens estará… desfasado… Ha sido popular principalmente porque fue capaz de expresar de forma cómica, simplificada y por tanto memorable, la decencia nativa del hombre común».

Con este enfoque volvemos a Chesterton, que escribió un influyente libro sobre Dickens en 1906 y también las introducciones a cada una de sus novelas, que se publicaron en ediciones Everyman y luego se reunieron como un libro aparte en 1911. Chesterton consideraba que Dickens tenía una visión cristiana elemental, primitiva y profunda de la persona humana y la sociedad. Creía en esta visión, y trabajó contra el espíritu de su propia época -el primer tercio del siglo XX- tratando de recuperar, renovar y defender la tradición judeocristiana de la ley natural, que es la fuente última de la visión del mundo de Dickens y también de Orwell: la base misma de la propia y tenaz «decencia común» de Orwell.

Orwell y el socialismo

El propio Orwell lo vio de forma intermitente. Su alejamiento intelectual de Chesterton se produjo en parte porque este se convirtió en un cristiano serio -primero anglocatólico y luego, en 1922, católico- y trató de renovar la tradición cristiana central a través del pensamiento, la argumentación y la escritura. Orwell, vagamente anglicano pero cada vez más agnóstico, se pasó al socialismo. Se opuso con vehemencia a la Iglesia católica y, de hecho, a todo el pensamiento sistemático, especialmente al marxismo («una educación en el marxismo y credos similares consiste en gran medida en destruir tu sentido moral»).

Su propio «socialismo» nunca impresionó favorablemente a los intelectuales de izquierda, que siempre han sido sus mayores enemigos y detractores.

George Orwell en una foto de grupo en España.

George Orwell en España, durante la Guerra Civil. Es el más alto, en el centro de la foto, con su esposa Eileen sentada al lado. Integrado en el Partido Obrero de Unificación Marxista, tuvo que huir de Cataluña cuando el POUM fue aniquilado por los comunistas, en una de las muchas luchas internas que desgarraron el bando frentepopulista.

Los verdaderos comunistas o socialistas, como Raymond Williams, Isaac Deutscher, E.P. Thompson y el árabe-estadounidense Edward Said, siempre supieron que el «socialismo» de Orwell era un asunto casero, no sistemático ni marxista, un hecho que quedó especialmente claro en el libro de Orwell de 1941 El león y el unicornio y en muchos de sus mejores ensayos y críticas.

Una de las más reveladoras es su crítica de diciembre de 1940 de la película satírico-cómica de Charlie Chaplin El gran dictador, contra Hitler. En esta crítica atribuye a Chaplin la descripción de «una especie de esencia concentrada del hombre común [y] la firme creencia, difícil de erradicar, en la decencia que existe en el corazón de la gente común, al menos en Occidente. Vivimos en una época en la que la democracia está en retroceso en todas partes… la libertad justificada por brillantes profesores, el acoso a los judíos defendido por los pacifistas. Y en todas partes, bajo la superficie, el hombre común se aferra obstinadamente a las creencias que derivan de la cultura cristiana».

Al igual que Orwell iba a ser prohibido en la Rusia soviética y sus satélites, Charlie Chaplin fue prohibido en la Alemania nazi («es precisamente la idea de la igualdad humana -la idea ‘judía’ o ‘judeocristiana’ de la igualdad- la que Hitler vino a destruir en el mundo», escribió Orwell en El león y el unicornio).

Los fundamentos cristianos

Pero Chesterton comprendió algo en lo que Orwell no meditó lo suficiente: este conjunto de creencias supuestamente «normales» no es «imposible de erradicar». Orwell quería -amaba, de hecho- los frutos de siglos de civilización cristiana, incluidos los modales y las costumbres, y lo decía a menudo, temiendo su reemplazo. (En 1944 escribió lo siguiente sobre un popular y depravado novelista contemporáneo: «La emancipación es completa, Freud y Maquiavelo han llegado a los suburbios»). Pero esos frutos que Orwell amaba procedían de raíces judeocristianas.

La gran cuestión de la Verdad

Fue la larga búsqueda de Chesterton la que recuperó y restauró esas raíces, a través de obras populares e ingeniosas, pero también poderosamente filosóficas, como El hombre eterno y Santo Tomás de Aquino.

En A Knight of the Woeful Countenance, un brillante ensayo retrospectivo de 1971 sobre Orwell, Malcolm Muggeridge elogia su tenaz devoción por la verdad, pero advierte de que «una de las grandes debilidades de la mente progresista, distinta de la religiosa, es que no tiene conciencia de la verdad como tal; solo la verdad como conveniencia ilustrada».

Orwell pensaba, o al menos esperaba, que la «decencia común» (ética) y la «verdad objetiva» (epistemología) pudieran sobrevivir sin ninguna base metafísica-filosófica ni estructura confesional-eclesiástica, aunque se casó en una iglesia anglicana y pidió ser enterrado con un servicio y en una tumba anglicanos (lo que fue un poco difícil de organizar para sus amigos Muggeridge y David Astor).

Pero también estaba asustado por la erosión de esta herencia: «La gente común, en general, sigue viviendo en el mundo del bien y del mal absolutos del que los intelectuales han escapado hace tiempo… pero… la doctrina del ‘realismo’ está ganando terreno» (Raffles and Miss Blandish, 1944). El ascenso de la propaganda fascista y comunista en los años 30 y 40 «me asusta, porque a menudo me da la sensación de que el propio concepto de verdad objetiva se está desvaneciendo en el mundo» (Looking Back on the Spanish War [Evocando l guerra española], 1943). Por supuesto, esta es la pesadilla definitiva de 1984.

Orwell había obtenido sus creencias y valores fundamentales de la cultura tradicional inglesa, cuyo desarrollo capitalista-imperialista del siglo XIX y posteriores documentó, despreció y criticó con gran elocuencia en sus novelas y obras en prosa. La cultura que amaba estaba representada por escritores como Shakespeare, Swift, Dickens y Chesterton, no por Marx, Engels, Lenin, Trotsky o Stalin, ni siquiera por H.G. Wells y George Bernard Shaw.

En 1936, cuando intentó obtener una carta de recomendación de Harry Pollitt, el líder del Partido Comunista de Gran Bretaña, para luchar en España, fue rechazado. En España luchó contra los ‘fascistas’ (y fue gravemente herido), pero quedó horrorizado por las purgas comunistas de los compañeros republicanos españoles, incluido el partido anarquista en cuyas filas militaba. El relato documental de Orwell sobre su experiencia en Homenaje a Cataluña no fue inicialmente popular, pero la introducción de Trilling en 1952 a una edición estadounidense hizo mucho por la reputación moderna de Orwell, y no solo en Estados Unidos.

Orwell se comprometió peligrosamente más de una vez con la frase y la idea de que «todo arte es propaganda» (Charles Dickens, 1939). «Todo escritor, especialmente todo novelista, tiene un mensaje… Ni el propio Dickens ni la mayoría de los novelistas victorianos habrían pensado en negarlo». Quiere decir que todo el arte -todas las obras de arte- propaga alguna visión del mundo y un esquema de valores, por absurdo, idiosincrático o irracional que sea. Pero esto es reconocer que no se puede escapar de la filosofía, la visión del mundo o la «ideología»; que la razón analítica, la inferencia, la implicación y el análisis son inevitables en los seres humanos. No se puede escapar de la filosofía.

La humildad de Orwell

Chesterton murió demasiado pronto (1936) para ver las asombrosas tragedias históricas que Orwell vería antes de su prematura muerte en 1950. Pero Chesterton fue en algunos aspectos cruciales más sabio y profundo. En 1906, el mismo año en que se publicó su primer gran libro sobre Dickens, escribió una breve introducción a un volumen de selecciones del sabio victoriano Matthew Arnold. Elogió a Arnold y le atribuyó una gran perspicacia. Él «descubrió (para los ingleses modernos) la importancia puramente intelectual de la humildad», escribió Chesterton: «No tenía nada de esa ardiente humildad que fascina a los santos y los hombres buenos. Pero tenía una humildad fría que descubrió como un mero elemento esencial de la inteligencia. Para ver las cosas con claridad, decía, hay que ‘quitarse de en medio'».

Es esa «fría humildad», autodespreciativa y honesta, la que tantos amigos, admiradores y lectores de Orwell vimos o vemos en él. Sean cuales fueren sus deficiencias, tenemos razón en hacerlo.

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