La alarmante xenofilia vaticana

Carlos Esteban/ InfoVaticana

 

El Vaticano reconoce no haber movido un dedo por la cristiana pakistaní Asia Bibi, mientras el Papa conmina a los Estados para que abran sus fronteras conforme al Pacto Global de la ONU y el padre Spadaro elogia al tirano chino Xi Jinping en La Civiltà Cattolica.

 

La xenofilia de Su Santidad, cuando cumple 82 años y avanza ya hacia su sexto año de mandato, es tal que bien podríamos llamarla ‘xenomanía’, entendiendo el prefijo no solo en el sentido de ‘extranjero’ sino en el más amplio de ‘extraño’, ‘ajeno’.

 

Sus abundantísimos y cálidos gestos de simpatía y admiración por musulmanes, judíos, protestantes y ateos han ido casi al mismo ritmo que sus insultos hacia los católicos practicantes amantes de la Tradición, los ‘pepinillos en vinagre’, los ‘neopelagianos prometeicos’, las ‘conejas’ y un tan largo etcétera que ha dado para la publicación de un libro.

 

Ayer en el Angelus volvió a reiterar su entusiasmo hacia el Pacto Global de la ONU que, al declarar la migración como un derecho personal anula de un plumazo el control de los Estados sobre sus fronteras y sobre su población. Es decir, dejan de ser, a todos los efectos, un Estado y arriesgan a vivir un caos impredecible si se tiene en cuenta que según el gigante americano de la demoscopia Gallup, hay en el Tercer Mundo 758 millones de personas dispuestas a emigrar al primero.

 

Para ello, el Papa ha hecho un llamamiento a ese ente ficticio llamado ‘comunidad internacional’ para que “opere con responsabilidad, solidaridad y compasión con respecto a quien, por diversos motivos, ha dejado su propio país”.

 

La xenofilia vaticana también es marcadamente visible hacia China, un enorme país donde gobierna con mano de hierro un partido comunista oficialmente ateo. Esta misma semana pasada nos enterábamos de otro obispo fiel de la iglesia clandestina al que se le ordenaba que dejara su puesto a un obispo hasta hace muy poco cismático nombrado por el Partido Comunista y bajo su control, solo semanas después de conocerse que las autoridades habían detenido a varios sacerdotes de la iglesia de las catacumbas, la que ha arriesgado persecución y marginación por ser fieles a Roma.

 

Uno de los hombres de confianza de Su Santidad, el padre Antonio Spadaro, director del órgano jesuita La Civiltà Cattolica, informaba recientemente del Foro de China para el Diálogo de Civilizaciones, en un artículo del que no me resisto a transcribir un párrafo inestimable:

 

“Quiero recordar una imagen que puede guiarnos en un encuentro que engloba compromisos y armonías. El presidente Xi Jinping usó la imagen de muchos colores en un discurso ante la UNESCO en 2014 para describir “el magnífico mapa genético de la senda de las civilizaciones humanas” sobre la tierra. Y añadió que la paleta de colores de las diversas civilizaciones se enriquece por “un aumento de los intercambios y el aprendizaje recíproco”, ofreciendo perspectivas para el futuro. Esa charla fue diametralmente opuesta al llamado ‘choque de civilizaciones”.

 

¿Por dónde empezar? ¿Recordando, quizá, al buen padre que China se ha negado a firmar el Pacto Global, tan elogiado por Roma? ¿Sabe Spadaro que el sistema chino para evitar ese ‘choque de civilizaciones’ consiste en que no haya otra civilización en China que la china? ¿Sabe Spadaro cuántos colores hay en la ‘paleta china’? Por decirlo parafraseando a Herny Ford, todos mientras sean Han étnicos. Exageramos: están los uigures de Xing Jian, acosados y detenidos por el Gobierno cuando tratan de seguir su religión o simplemente se hacen sospechosos de seguirla en un número inigualado por cualquier otro país.

 

¿Conoce Spadaro el tratamiento que se da en China a los extranjeros? ¿Sabe que pueden pasarse la vida entera en China, destacar en sus contribuciones al país, sin llegar jamás a ser ciudadano chino? Sobre todo, ¿sabe de quién está hablando cuando habla tan elogiosamente de Xi Jiping? ¿Sabe que habla de un tirano que sigue persiguiendo cualquier pensamiento disidente, muy especialmente cualquier manifestación religiosa, incluida la que profesamos el padre Spadaro y yo mismo?

 

Por lo demás, llama poderosamente la atención el contraste entre ese entusiasmo por acoger -por que otros acojan, más bien- a cualquiera que escape de su país por cualquier razón que expresa el Vaticano con su gélida respuesta a las desesperadas peticiones de asilo de una cristiana, Asia Bibi. Asia ha pasado diez durísimos años de cárcel en su país, Pakistán, acusada falsamente de blasfemia, condenada a muerte y finalmente absuelta. La familia, paupérrima, ha pedido ayuda internacional para salir del país, donde corre peligro de muerte, con continuas manifestaciones públicas pidiendo su cabeza.

 

Y, sin embargo, preguntado el número dos de la Iglesia, el secretario de Estado, Cardenal Parolin, ha reconocido que la Santa Sede no está haciendo negociación diplomática alguna para salvar a esta víctima cristiana, e incluso ha tenido la vileza inefable de añadir que es “una cuestión interna de Pakistán”.

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