Informe Pensilvania: el horror del abuso clerical sacude la Iglesia

El informe del gran jurado de Pensilvania sobre abusos homosexuales a menores en seis diócesis de Pensilvania quita el aliento. El grado de perversidad, con trescientos perpetradores y más de un millar de víctimas, hace imposible que la jerarquía americana recupere una fracción de su credibilidad sin una purga sin precedentes, a pesar del intento de restar importancia a la monstruosidad por parte del Arzobispo Wuerl, que aparece citado en el informe más de un centenar de veces.

“Nosotros, los miembros del este gran jurado, necesitamos que oigan esto”, comienza el informe sobre abusos sexuales de sacerdotes en seis diócesis de Pensilvania. “Sabemos que algunos ya han oído algo antes. Ha habido otros informes sobre abuso sexual a niños dentro de la Iglesia Católica. Pero nunca a esta escala. Para muchos de nosotros, todas esas historias sucedían en otra parte, lejos. Ahora sabemos la verdad: sucedían en todas partes”.

El informe revuelve el estómago. La perversidad de los sacerdotes rivaliza con la de sus superiores al cubrir sus crímenes y dejar que siguieran con sus depredaciones. Donald Cardenal Wuerl, sucesor de su buen amigo Theodore ‘Tío Teddy’ MacCarrick al frente de la diócesis de Washington y presunto adalid de las ‘reformas’ para solucionar esta crisis, aparece citado 169 veces en el informe.

Como pudo verse en la entrevista que le hizo recientemente el padre Thomas Rosica, las supuestas ‘reformas’ de Wuerl son un sarcasmo cruel, un modo de contener los daños y que todo siga como hasta ahora, un subterfugio burocrático para que este horror se salde sin que caiga ninguna cabeza importante, empezando por la suya.

Pero ahora ya sí: Wuerl no puede seguir. Ni como Arzobispo de Washington ni como cardenal de la Iglesia Católica. Como muy poco. O será un fraude, uno que pocos laicos americanos van a tolerar después de leer el catálogo de horrores que es el informe del gran jurado.

Durante años, Wuerl se ha presentado como adalid de la política de ‘tolerancia cero’ predicada por Su Santidad, pero ya ha quedado meridianamente clara su complicidad con los abusos al destinar a curas acusados de abusos de menores a otras parroquias en lo que él mismo llamaba ‘Círculo de Secreto’, un verdadero sistema de encubrimiento sistemático.

Wuerl fue condenado públicamente por Josh Shapiro, Fiscal General de Pensilvania, como uno de los obispos culpables de encubrir abusos. En 1996, en el caso de un sacerdote depredador sexual especialmente activo, Wuerl dio su aprobación para que se transfiriera a California sin informar a la diócesis de llegada -la de San Diego- del largo historial de abusos del beneficiado. El sacerdote en cuestión, Ernest Paone, ha pasado 41 años abusando de niños con el conocimiento de sus superiores y nunca se le ha retirado del ministerio sacerdotal.

Wuerl engañó a la aseguradora, Wuerl se negó a informar a la oficina del fiscal del distrito, Wuerl, en fin, no tomó medida alguna para que Paone pagara por lo que había hecho o, como poco, para evitar que siguiera haciéndolo.

El informe sigue citando horrores que Wuerl tapó, una y otra vez. Demasiados para citarlos todos sin hacer interminable este artículo.

Y, pese a todo, pese a esa condena, Wuerl siguiendo siendo promocionado dentro de la jerarquía eclesial.

Es difícil ver cómo podrá recuperar la jerarquía americana una onza de prestigio después de lo que se ha sabido con este informe, que cubre solo seis diócesis de uno de los cincuenta Estados de la Unión. Pero, sin duda, la única solución posible pasa por una purga implacable de obispos y por enfrentarse sin tapujos a la homosexualización del clero que está en la raíz de esta espantosa plaga.

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