Iglesia en Venezuela, un ejemplo

Hoy quiero poner como ejemplo a los obispos venezolanos. La Conferencia Episcopal de ese país acaba de publicar un documento en el que, entre otras cosas, dicen: “El discurso belicista y agresivo de la dirigencia oficial hace cada día más difícil la vida. La prédica constante de odio, la criminalización y castigo a toda disidencia afectan a la familia y a las relaciones sociales. Frente a esta situación, el acrecentamiento del poder militar es una amenaza a la tranquilidad y a la paz”. “Vivimos prácticamente al arbitrio de las autoridades y de los funcionarios públicos, quienes tienden a convertirse en los censores de la vida, del pensamiento y de la actuación de los ciudadanos. Tales actitudes y procedimientos son inaceptables”. “La democracia en Venezuela está resquebrajada, y el Gobierno y los otros poderes, que tienen la responsabilidad de oír y concertar con todos los sectores, no están haciendo lo suficiente para reconstruirla”. “La raíz de los problemas está en la implantación de un proyecto político totalitario, empobrecedor, rentista y centralizador que el Gobierno se empeña en mantener”.

Es un enfrentamiento total con el régimen dictatorial de Maduro. Quizá la gota que ha colmado el vaso ha sido el apaleamiento y humillación de un grupo de seminaristas, que fueron obligados a ir desnudos por la calle. Los obispos venezolanos han decidido hablar claro y no ser cómplices con su silencio de la tragedia que se está viviendo en ese país. Por mucho que se valore la paz, por mucho que se crea que la diplomacia puede arreglarlo todo y que si se molesta a los que mandan va a ser peor, hay momentos en los que el silencio sólo significa complicidad. La Iglesia no podía callar sin traicionar gravísimamente a Cristo y a su pueblo. Es del Señor esta frase: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división” (Lc 12, 51).

No podemos callar, ni ante lo que pasa en Venezuela ni ante la dictadura del relativismo. Los que dicen que es mejor no molestar a los tiranos, son como aquellos cristianos que ofrendaban incienso en el altar de los dioses paganos. Los colaboracionistas terminan siempre por llevar la leña a la hoguera donde arden los mártires. En la persecución lo que hay que tener, como decía San Ignacio de Antioquía, es grandeza de ánimo, a fin de poder decir como él: “Soy trigo de Dios y debo ser molido por los dientes de las fieras”.

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