Historias de héroes para jóvenes. El león de Judá

Conociendo la fuerza del arquetipo, comenzamos a publicar aquí una serie de posts titulados “Historia de héroes para jóvenes”, escritos por Tomás Marini, un joven amigo que sabe que “la juventud no está hecha para el placer, sino para el heroísmo”, como decía Claudel.

Que no te la cuenten…

P. Javier Olivera Ravasi, SE


El león de Judá

Por Tomás Marini

[1] “Bendito el Señor, mi Roca,

que adiestra mis manos para el combate

mis dedos para la pelea”

Salmo 143 compuesto por el rey David

Arranquemos por una de las viejas conocidas. ¿Quién de nosotros no escuchó alguna vez la historia de ese joven pastor israelita llamado David que se enfrentó a un gigante filisteo armado solo con una honda? Probablemente se la contaron en las clases de catecismo, preparándose para la primera comunión o confirmación, o se acuerden de haberla escuchado alguna vez en misa.

 

Tal vez, si alguno viajó a Italia o reviso un libro de arte se acuerde de una de las esculturas de este héroe, una de las más famosas de la historia, el David de Miguel Ángel[2]. ¿No? ¿En serio? ¡Mucho mejor! Vamos entonces con esta historia, porque no puede faltar este héroe en nuestra lista. Empecemos…

 

             Muchos, muchos siglos antes del nacimiento de Jesús, en los tiempos que conocemos como los “del Antiguo Testamento”, el pueblo de Israel, que en ese entonces era el pueblo de Dios, con su ayuda escapó de Egipto donde durante mucho tiempo habían sido esclavos. El ángel exterminador, el paso del mar Rojo, los Diez Mandamientos, el becerro de oro… ¿Se acuerdan? Bueno, después de eso y de cuarenta largos años caminando por el desierto, llegaron y se instalaron en la tierra que Dios les había prometido. Pero esta tierra ya estaba ocupada por una gran cantidad de pueblos paganos contra los que Israel tuvo que guerrear. Muchas batallas tuvieron que librar los israelitas, pero Dios combatía con ellos y consiguieron la victoria en cada una de ellas. Una vez derrotados estos pueblos, los judíos pidieron un rey como tenían los otros pueblos y, aunque Dios les advirtió que esto podía traer problemas, los judíos, que como dice la Biblia eran bastante cabeza duras, insistieron, y Dios les concedió uno, eligiendo a un hombre llamado Saúl que se convirtió así en el primer rey de Israel.

Saúl tenía un nuevo escudero, un muchacho rubio y de buen aspecto, que además era músico y un gran poeta, su nombre era David, de la tribu de Judá. El joven David desde niño había sido pastor y nunca había empuñado una espada ni sostenido un pesado escudo en batalla, pero varias veces había enfrentado valientemente a los lobos, leones y hasta osos que atacaban los rebaños de su padre cuando él los cuidaba. David, no lo sabía, pero había sido elegido por Dios[3] para realizar grandes cosas.

En esos días los filisteos, un pueblo extranjero contra el que los judíos ya habían combatido antes, volvieron a reunir sus tropas para la guerra e invadieron las tierras de Israel. Miles y miles de hombres, con caballos, carros y maquinaria de guerra, marcharon contra el pueblo de Dios. El rey Saúl rápidamente reunió a su ejército y salió a hacerles frente. Los ejércitos se formaron para la batalla uno frente al otro separados por un valle.

De entre las filas de los filisteos solo se adelantó un hombre, un soldado de las tropas de choque. Los israelitas enmudecieron y sus rostros quedaron blancos de miedo, las espadas y lanzas se sacudieron en sus manos temblorosas. ¡Es que el filisteo que se había adelantado era enorme! Un verdadero gigante, estaba armado de pies a cabeza, con un yelmo de bronce en su cabeza del que salía un penacho de cola de caballo teñido de rojo.[4] Vestía una armadura de escamas que protegía todo su descomunal cuerpo, llevando únicamente descubiertos unos poderosos brazos que parecían troncos de roble, y en sus manos empuñaba un venablo con punta de hierro y una gigantesca lanza. De su cintura colgaba en su vaina, la espada más grande que los israelitas hubieran visto. Sus pasos eran como golpes de tambor en la tierra que los israelitas sentían temblar bajos sus pies, o así les parecía de tanto miedo que tenían. Detrás de él, insignificante, apenas llegándole a la cintura y tambaleando de un lado a otro por peso del el enorme escudo que cargaba, apareció también su escudero. El nombre del filisteo era Goliat.

Goliat se plantó con las piernas abiertas frente a los israelitas, levanto su lanza y  señalándolos con la punta afilada los desafió con una voz de trueno que hizo retroceder a los hombres de Saúl:

—¡Que un hombre baje a pelear contra mí! ¡Si es capaz de matarme, los filisteos seremos sus esclavos, pero si yo venzo y lo mato, después de dar su carne a las fieras y aves del cielo, ustedes nos servirán como esclavos! ¡Desafío a las filas de Israel; que venga uno de sus hombres y lucharemos mano a mano!

Ningún israelita se atrevió a moverse, estaban paralizados de terror. El gigante estalló en carcajadas a las que se unió su escudero y todo el ejército enemigo. Pero nadie se atrevió a combatir con Goliat ese día.

David, el joven escudero, no estaba con el rey en el campo de batalla; había vuelto a Belén[5] por un tiempo a cuidar el rebaño de su padre. En el ejército de Israel habían quedado sus tres hermanos mayores: Eliab, Abinadab y Sammá.

Durante cuarenta días el enorme filisteo se presentó, mañana y tarde, repitiendo su desafío a las filas de Israel, sin encontrar a nadie que saliera a combatirlo. Ni los más experimentados capitanes de Saúl, ni los veteranos curtidos en cientos de batallas, ni siquiera los jóvenes más sedientos de gloria, salieron a luchar contra el gigante. Ni siquiera después de que el rey prometiera grandes riquezas y casar a su hermosísima hija con que que venciera al filisteo. Parecía que el coraje había abandonado a los hijos de Israel.

David llegó una mañana al campamento con comida para sus hermanos, justo cuando salían los israelitas para colocarse en orden de batalla. David vio a lo lejos a sus hermanos y corrió hacia ellos, abrazándolos, alegrándose de encontrarlos sanos y salvos.

Mientras compartían la comida que había llevado, del ejército enemigo se adelantó una vez más Goliat presentando el mismo desafío que los días anteriores. David, que no se intimidó por las dimensiones del pagano, se indignó al ver que nadie respondía el desafío y que los israelitas retrocedían de miedo y preguntó:

— ¿Quién es este filisteo incircunciso que viene a insultar al ejército del Dios vivo? ¿Qué ha ofrecido el rey para el que lo mate?

Eliab le contó sobre la recompensa que Saúl había prometido. Sus hermanos adivinaron que David estaba pensando combatir él mismo contra el filisteo y se burlaron de su hermano pequeño:

— ¡Tú no puedes sostener ni siquiera una de nuestras espadas! ¡Vuelve a casa a cuidar las ovejas!

Dejando a sus hermanos, que pensaron que David, ofendido, se alejaba de sus burlas, se presentó a la guardia del rey y pidió hablar con Saúl. Los hombres, que lo conocían del palacio, lo dejaron pasar.

– Mi Señor, tu siervo irá a combatir contra ese filisteo— dijo David hincando una rodilla en tierra.

El rey se admiró enormemente de su valor, pero con una sonrisa condescendiente le respondió:

– Tú no puedes combatir contra él, porque eres solo un niño y él un guerrero desde su juventud.

– Mi Señor, cuidando el rebaño de mi padre he enfrentado y matado a leones y a osos, y si una fiera había arrebatado una oveja y huido, la perseguía, la arrebataba de su boca y luego la mataba. Dios me ha protegido de las garras del león y del oso. Con ese filisteo no será diferente, porque es un enemigo del ejército de Yahvé.

David tenía una gran fe. El rey dudaba que eso fuera posible, pero se preguntaba si ese joven pastor no sería en verdad un elegido de Dios para liberar a Israel de sus enemigos. Tan decidido lo vio a David que mandó a traer su propia armadura para el joven. Le puso en su cabeza un pesado yelmo de bronce, y lo vistió con una enorme coraza, colgando de un cinturón de oro su propia espada. Pero David no podía casi moverse con esa pesada armadura y no sabía cómo manejar la espada. Dejándola a un lado, se quitó el yelmo y la coraza, y vestido como había llegado y armado solo con su cayado de pastor y su honda, se despidió de Saúl. El rey ya no sabía qué más hacer por el joven y lo despidió dándole su bendición:

– Ve pues, y que Dios sea contigo.

David salió de la tienda del rey, eligió cuidadosamente cinco piedras lisas del lecho seco de un arroyo y las puso en su zurrón de pastor. Se despidió de sus hermanos, que ahora lloraban por su hermano menor que se enfrentaba a la muerte y por su padre que quedaría destrozado por la muerte de su hijo menor, y se adelantó a las filas de Israel dirigiéndose hacia donde esperaba el filisteo.

Goliat lo vio acercarse y no podía creer lo que veían sus ojos.

– ¡Enano insolente! ¡¿Acaso soy un perro para que vengas contra mí con un palo?! ¡Ven hacia mí y daré tu carne a las aves del cielo y a las fieras del campo!

David siguió avanzando contra el filisteo, que se erguía como una torre de bronce ante el israelita, y respondió:

—Vienes contra mí con espada, lanza y escudo, pero yo voy contra ti en nombre del Dios de los ejércitos de Israel a quien has desafiado. Dios te entrega en mis manos y por eso te mataré, te cortaré la cabeza y entregaré hoy mismo los cadáveres del ejército filisteo a las aves del cielo y las fieras del campo, y sabrá toda la Tierra que Dios lucha con nosotros.

El gigante, enfurecido por esas palabras, se abalanzó sobre el joven pastor y lanzando su venablo con fuerza bruta trató de atravesarlo, pero David fue más rápido, saltó a un lado y lo evitó, el arma se clavó y quedó oscilando en la tierra. Goliat empuñó entonces la lanza y avanzó contra el pastor, pero David, esquivando el primer golpe de la punta mortífera se escurrió por detrás del filisteo. Muchas veces intentó Goliat herirlo con el hierro y otras tantas David esquivó los golpes. El gigante por fin se fatigó, sus movimientos comenzaron a ser lentos y torpes. David sacó, entonces, una piedra de su bolsa y la puso en su honda haciéndola girar rápidamente sobre su cabeza. Cuando Goliat embistió una vez más con su lanza, el pastor lanzó la piedra con tal precisión que lo hirió en la frente, justo donde el yelmo no lo protegía, atravesándole el cráneo y haciéndolo caer de bruces en tierra.

David, entonces, corrió sin perder tiempo hasta el gigante y desenvainando la espada del filisteo lo remató cortándole la cabeza de un solo golpe. Después, tomando la enorme cabeza, le sacó del yelmo y la levantó por los cabellos para que pudieran verla bien los dos ejércitos.

Los filisteos, horrorizados, al ver que habían matado a su campeón, huyeron en masa. Pero los israelitas inspirados por el valor de David los persiguieron y los aniquilaron.

Desde ese día Saúl nombró a David capitán de sus soldados y, bajo su mando, el ejército israelita consiguió vencer en todas las misiones que el rey le encomendaba. Más tarde, incluso él mismo llegaría a ser rey de Israel,[6] pero esa es otra historia.

VOCABULARIO:

Antiguo Testamento: Antigua Alianza. Conjunto de libros que contienen la palabra revelada de Dios a los hombres desde la creación del mundo hasta la venida de Jesucristo.

Becerro: ternero, cría de vaca.

Pagano: dicho de una persona que adora a muchos dioses y no al único Dios verdadero.

Escudero: sirviente que llevaba el escudo y las armas del caballero.

Tribu de Judá: una de las doce tribus de Israel y de la que nacería Cristo.

Yelmo: pieza de la armadura antigua que resguardaba la cabeza y el rostro.

Venablo: dardo o lanza arrojadiza.

Incircunciso: no circuncidado. La circuncisión era un rito judío mandado por Dios a Abraham como signo exterior de su alianza con el pueblo de Israel.

Yahvé: es uno de los nombres con que se designa Dios en la Biblia.

Coraza: armadura de hierro o acero, compuesta de peto y espaldar.

Cayado: palo o bastón corvo en la parte de arriba, que usan especialmente los pastores para prender y retener a los animales.

Honda: tira de cuero o trenza de lana u otros materiales, que se usa para tirar piedras con violencia. Utilizado por muchos ejércitos de la antigüedad y por los pastores para proteger a sus rebaños de las fieras.

Zurrón: bolsa de cuero.

[1] Imagen de título: honda de cuero y piedra.

[2] El David es una escultura de mármol blanco de 5,17 metros de altura ​ realizada por Miguel Ángel Buonarroti entre 1501 y 1504. La escultura representa al rey David bíblico en el momento previo a enfrentarse con Goliat.

[3] Eso significa el nombre David: “el elegido de Dios”.

[4] Históricamente se conocen hombres que han medido más de 2 metros y medio de altura. Goliat seguramente llegaría a esa medida o quizás más. En excavaciones recientes se encontraron esqueletos de semejante estatura.

[5] Belén significa “casa de pan”. Es allí mismo donde nacería de la Santísima Virgen el Redentor del mundo, Jesucristo, descendiente de nuestro joven héroe.

[6] Su reinado duró alrededor de 47 años y murió en el 965 a.C. aproximadamente.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *