Hacia un nuevo redescubrimiento de la realidad de Dios

Es fundamental puntualizar en este aspecto, que la pretensión de exclusividad no es inherente a la totalidad de la religión bíblica, sino solamente a algunas formulaciones que se hicieron en las fijaciones del movimiento histórico de esa religión. La pretensión de exclusividad es obra del hombre, no está fundada en Dios, que abrió al hombre muchos caminos para llegar a Él. Tampoco la fe y la santidad es exclusividad de un tipo de compromiso eclesial (cfr. Am 5,21-22; Os 6,5-6; Jr 8,8-9;31,33; Mc 10,18). Dios pone su Ley en nuestro interior y sobre nuestros corazones la escribe, y así Él es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo, incluso aunque nuestra opción creyente no sea eclesial (cfr.Jer.31,33). Si nos fijamos en el conjunto del dato bíblico, todo aparece en polaridad. Las fuerzas que se contradicen forman un todo polar mediante el cual actúa lo verdadero. Una fe inteligente es capaz de encontrar la justa medida en relación a estas polarizaciones. La inspiración bíblica radica en la interpretación de fe que hace un pueblo histórico (Israel) de su propia historia. Por ello, todo lo narrado y escrito durante siglos, contiene todo lo que podemos vivir en la vida, lo cual, involucra muchas polaridades o contradicciones. Quizá Dios quiere que así sea, para que en todo lo que nos ocurra en la vida podamos interpretarlo desde la fe. Y tal interpretación no resiste exclusividad alguna, porque dicha interpretación de fe siempre es in-culturada, es decir, está inserta en una cultura determinada con todo lo que ello implica. En tal sentido, si esa ha sido la Voluntad de Dios, podemos decir que la Biblia es Palabra de Dios y no sólo la contiene. La fe me hace experimentar el sentido o la Gracia como un regalo en mi propia existencia y sin pretensiones de exclusividad, en medio de diversas vivencias eclesiales cristianas. Me libero de mi tradición y verifico que la Verdad sólo está en Dios constatando verdades de la fe en las diversas iglesias. Me quedo con lo que más sentido me entregue cada una de ellas, en virtud del criterio de Gratuidad, que constituye el Ser de Dios Mismo. Es pertinente aquí, citar una respuesta del Dalai Lama a una interrogante de Leonardo Boff, acerca de cuál es la mejor religión: “La mejor religión es la que te aproxima más a Dios. Es aquella que te hace mejor. Aquella que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético. La religión (o iglesia…) que consiga hacer eso de ti es la mejor religión. No hay religión más elevada que la Verdad”.

La condición en suma, es que la fe cristiana sea gratuita, sin condiciones. Una fe libre y liberadora, y que es igualmente válida aunque parta de nuestra insatisfacción. Pues, la verdad nuestra es esa: una herida de insatisfacción humana existencial. El signo seguro de la presencia oculta de Dios en esta oscuridad es la sed de Dios. No podemos anhelar algo que no esté íntimamente cercano a nosotros. La sed es algo más que ausencia de agua. No la experimentan las piedras, sino sólo los seres vivos que dependen del agua[2].

Cada día experimento que la satisfacción del deseo no erradica el deseo, lo intensifica y engendra más insatisfacción. ¿Qué tengo, qué hago, qué soy? Lo que tengo: mi herida de eterna insatisfacción. Lo que hago: evadir la herida de muchas maneras o verificarla en mi constante afán por querer conquistar esto y lo otro, por satisfacerme aprovechándome del entorno natural o mi propio hábitat; manipulando a los demás y la naturaleza al dejarme dominar por la insatisfacción. Lo que soy: naturaleza-espiritual, vida humana buscando sentido al tocar la herida. Concluyo que no debo negar mi insatisfacción, pues, ella existe donde quiera que yo la oculte, continuará existiendo y yo continuaré sintiendo que existe. A veces salgo a dar una vuelta y tengo ganas de encontrarme con el mundo y en el mundo, y eso me solicita incesantemente mi atención, pero al reparar en ello se desvanece tal sentimiento. Son destellos de armonía que al final ensombrecen la eterna insatisfacción.

Una pregunta incómoda para el espíritu científico es: ¿De dónde vienen el vigor y la fuerza de saber conquistar y dominar? El hombre se sorprende asaltado por el instinto de dominación de control. Responder que viene de la naturaleza es dar una respuesta científica, pero que no satisface la pregunta. Porque podemos preguntar en seguida. ¿Y dónde lo tiene la naturaleza? Podremos llevar hasta el infinito las respuestas evasivas, pero al final, nos rendiremos a la insatisfacción, que sumada a la contingencia, nos pone en jaque muchas veces en la vida. La insatisfacción se agudiza cuando no compartimos con la naturaleza, porque todo lo que hacemos es artificial y para nosotros es natural ser artificial y ello aumenta la insatisfacción humana. Así consumimos y contaminamos la naturaleza. (En Chile cada ciudadano produce casi dos toneladas al año de anhídrido carbónico). Nunca hay respuesta para el hombre existencialmente insatisfecho. El saber científico tiende a la dominación y al señorío desmedido de la creación por parte del ser humano. Pero la historia nos ha enseñado que toda soberbia precede a la caída o al derrumbe de nacionalismos, imperios, ideologías, sistemas o estructuras; y la misma autosuficiencia a la larga, no es más que un disfraz de una gran insatisfacción existencial.

No nos aceptamos, no somos naturales. Ya para nosotros es natural ser artificial. Andamos regateando sentidos artificiales para nuestra vida, Nos creemos profundos y filósofos por buscar el ser, y no caemos en la cuenta de que quien tiene más Ser (Dios) no lo tiene, porque está en eterna donación de Sí Mismo. Finalmente el único sentido es donarnos, para que la vida que no pedimos, sea lo que siempre será: un don

La gente cree que Dios es como se ve o como lo han representado, más bien que como no se ve. Dios no posee un aspecto que podamos comprender. Dios también es lo que no es; puede ser la nada y la insatisfacción misma. Incluso es más que Amor; es de Gratuidad (se da de manera Gratuita en cuanto lo que Es y también a través de lo que pensamos no es; por ello es todopoderoso). Decimos que Dios es omnisciente, todopoderoso, infinito, que es Todo, etc., porque quizá queremos que Él sea eso. Efectivamente, racionalmente eso debe ser Él, pero quizá es lo que nuestra razón quiere que sea, para así darnos seguridad y hacer eternas estructuras racionales al respecto. Quizá su realidad sea más Simple, y Él esté más simplemente presente de lo que pensamos y creemos.

La soledad y la insatisfacción pueden sernos útiles para dar con lo que somos, con lo que estamos hechos, y así no sólo vincularnos a alguien, sino entrar en conexión existencial con esa otra persona, para así aportarle a su vida, fe-significado y placer; y ver juntos las estrellas, correr por una larga playa, subir la montaña o simplemente contemplar en comunión lo natural, simple y bello de la vida o lo que la naturaleza me aporta gratuitamente, haciéndome participar de los trascendentales del ser: unidad, belleza, verdad, bondad.

La insatisfacción de cada uno gestiona la apertura de cada uno hacia la Trascendencia y cuando cada uno decide creer que esa trascendencia es un Ser Personal, se abre al Eterno que es lo que Es porque es de Gratuidad. El ser humano (cuerpo-espiritual, espíritu-corporal) no capta tan solo lo real, sino también lo posible y lo que aún no experimenta. Su capacidad de fantasear, de añadir siempre algo a la realidad hace que se niegue a aceptar cualquier estructura determinada como si fuese el término de su búsqueda. Está siempre orientado más allá de sí mismo. La infinita sed, la infinita pobreza, su eterna insatisfacción descubre la verdadera presencia del Misterio de Dios dentro de cada ser humano. Nuestro grito o clamor por una plenitud que llene nuestro pozo eterno es en verdad la voz de Dios dentro de nuestra realidad verificable de cada día. Nuestra pobreza infinita es la forma que Dios adopta para hacerse presente en el ser humano. Dicho pozo eterno es al final no sólo lo divino en el hombre, sino lo divino de cada uno. Si cada uno se experimenta a sí mismo como un pozo de eterna profundidad, como un saco roto…es porque hay Alguien que cumple con la condición que el pozo impone. Ese Alguien sólo puede ser el Eterno, Dios Creador Uno y Trino.

Nuestra insatisfacción constata de que estamos hechos para la eternidad, porque sólo en la eternidad podremos a cada “instante” adentrarnos en el Eterno. Esa herida, ese hueco, esa pobreza, esa apertura, ese pozo eterno, que tanto nos complica la existencia, nos hace calzar para el Eterno ahora en la contingencia y después en la eternidad. Lo que me importa entonces es ser pozo y a Dios llenar el pozo. En ser un pozo de eterna insatisfacción hallo mi ser y mi nada, o el ser de mi no-ser. Mi insatisfacción que era ausencia de Dios es ahora su Presencia; tengo la seguridad de su presencia en mi ausencia. Él es la presencia de mi ausencia.

“Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”, exclamaba San Agustín. Sin Dios, todo lo que nos queda insatisfecho es como un sufrimiento fofo, una existencia de poca consistencia, nauseabunda. Por eso, el amor a algo, a una causa o a alguien, puede ser una dolorosa experiencia, ya que la familia, un ser amado, una pareja, una profesión, un amigo, un hijo… no es la última instancia; ellos no satisfacen la exigencia del corazón por un Tú absoluto. La experiencia última del ser humano no es el humano o una realidad extraterrestre. Es la experiencia de aquello que trasciende al hombre; es la experiencia del Misterio. Cada hombre por más pecador y miserable que sea, no puede apagar la trascendencia que se revela en la intimidad de su ser. Comprender existencialmente que Dios se da a Sí Mismo puede ser respuesta. Nuestra insatisfacción existencial está allí para que Él se dé. El que es inconmensurable o no tiene medida se da sin medida, pues, se da en cuanto a lo que Él Es: Dios. Luego, sólo nuestra insatisfacción eterna puede dar cabida o “espacio” a tal donación. Dios se ha hecho carne, se ha hecho insatisfacción, jugándosela así por entero para no perdernos. Así, Dios es más real para mí que mi propia realidad, porque Él me concierne definitivamente. Si Dios no fuera así de Humilde no nos salvaríamos. El sentir a Dios puede ser confuso. Hay paradójicamente más claridad cuando hay oscuridad de Dios, cuando las nubes no nos permiten ver el sol, pero es ahí donde verificamos la convicción de que el sol está tras las nubes, de lo contrario, no podríamos vivir. Dios se encarga que no lo sintamos, pero no para aplastarnos y hacernos sentir que somos nada, sino para estar ante su Nada, su Ausencia, pues, sólo ahí puede efectivamente llenarnos consigo Mismo.

La realidad está en encontrar a Dios en la realidad de la insatisfacción total…el creyente corre el peligro de utilizar a Dios en su oración para pedirle que organice el universo en su provecho de la misma forma que el niño pide al adulto que organice el mundo a su favor…Toda pedagogía de la fe cristiana debe pasar, pues, por el abandono del egocentrismo religioso, que convierte a Dios en un mero aliado del propio deseo e interés. Dios no nos resuelve tantas cosas, sino que prefiere estimularnos a buscar la solución por nosotros mismos y acompañarnos cuando esa solución no la encontramos o, sencillamente, no existe. La única respuesta satisfactoria es nuestra propia insatisfacción, y a su vez, se impone como última respuesta para dejarnos nuevamente insatisfechos. No se trata de un absurdo, se trata de aceptar que la realidad de nuestra apertura insatisfecha es la presencia de Dios en nosotros, que sólo se conquista al vivir de verdad nuestra libertad. Una libertad que no es mera independencia, sino que es el no haber dependido ni siquiera de Dios, a fin de volver a ser libres, pero esta vez, serlo CON Él.

Al tocar el fondo de la herida de la insatisfacción descubrimos existencialmente y “experiencialmente” que somos Vida. Al desvivirnos, realmente vivimos, pues, somos don para alguien o una causa. Y es en la muerte donde nuestra voluntad puede dar totalmente la vida, es decir, dejamos que sea totalmente lo que la vida es: don; por lo tanto, es más probable que la vida siga y permanezca después de eso, ya que en la muerte la podemos dar por completo, y con ello conservamos la vida misma, porque hacemos que sea totalmente Don. Y es eso mismo lo que la teología ha descubierto: que el don de Dios, el Espíritu Santo, in-habita en la Creación y sobre todo en la creación con consciencia de sí mismo, es decir, en nosotros. Si nuestro ser se enfocara en ello, seguramente el Don que inhabita en la materia entraría en una tal complicidad con nuestro don, que quizá podríamos ser de aquellos seres que la gente dice que tienen “dones”: mover cosas, levitar, desdoblarse, sanar y sanarse, etc. De alguna manera, todo ello debe tener una estructura física de cómo funciona o podría funcionar. Tal vez el problema ha sido siempre apuntar en la misma dirección y aceptar verdades sin verificarlas. Y la verdad más verificable es que somos vida y de que podemos darla; de que podemos ser un don y así descubrir dones a desarrollar, a condición de que al tocar el fondo de la herida toquemos la Vida misma en nosotros y al Don que inhabita en nosotros para hacernos vivir. Debe ser tarea de la ciencia apuntar ahora en otra dirección de la mano del misterio de la Fe. Cuando Jesucristo sanaba a alguien milagrosamente, rompiendo toda lógica positivista, no decía: es porque haz creído en Mí o porque eres buen religioso o una buena persona, sino que decía: “tu fe te ha salvado”. Profundizar en nuestra propia Fe , esto es: tocar el fondo de la herida y simultáneamente permanecer agradecidos de la vida, nos conducirá inevitablemente al sentido y a conocer nuestra salvación.

Dios es Insatisfecho. Nunca deja de ser Gratuidad, de estar extravertido. La Gratuidad no se satisface. El pecado es todo aquello que nos haga anhelar el poder, el placer y la riqueza como fin o finalidad para creernos satisfechos, haciendo verificable el Mal. Pero nuestra insatisfacción se impondrá siempre para caer en la cuenta que lo que anhelamos realmente es a Él. El pecado convierte nuestra insatisfacción en vacuidad, en vacío existencial y en constituirnos seres erráticos, en la estupidez humana, en el dominium terrae ante la naturaleza. Liberados del pecado por la Gratuidad y al tomar consciencia de ello, nuestra insatisfacción se convierte en vida eterna.

Reinterpretando junto con Chestov a Kierkegaard podemos afirmar finalmente que, mantener la fe ante la crisis de la relación del hombre con la naturaleza y con Dios, es también la experiencia de una constante lucha en la vida; es la loca lucha por la posibilidad. Pues, no se cree sino cuando no se descubre otra posibilidad. Dios significa que todo es posible, y que todo es posible significa Dios.

[1] Sartre Jean Paul, “Verdad y existencia”, Ed. Paidós I.C.E. de la Universidad Autónoma de Barcelona; 1° edición, Barcelona, 1996; pág. 90.

[2] Cfr. J. Neuner, “Mother Teresa’s Charism”: review for Religious 60,5 (septiembre-octubre de 2001), pág.484

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *