Gratuidad es Perdonar lo imperdonable

Y al elegirnos ser-agradecidos, creamos la capacidad de agradecer vivir desde el peor momento de la vida, es decir, somos gratuitos con la gratuidad misma de la existencia, dotándonos así de sentido y logrando que los otros vean su dignidad humana, para unirse en la lucha vital por darnos una oportunidad, una posibilidad de vivir más plenamente.

Si hay algo que puede donarse, pero supone total gratuidad en lo que se da, es el perdón, sobretodo cuando se trata de lo imposible, lo imperdonable. A este respecto, “Jacques Derrida desarrolló su estudio sobre el don en su obra Donner le temps. Allí, Derrida insiste en la gratuidad del don. Todo lo que afecta la gratuidad del don, lo destruye. Tanto en el caso del donante y del donatario, como en el caso del don mismo. La deuda, la gratitud, la ingratitud, lo que se dona, todo afecta la posibilidad del don. Como afirma Jean Luc Marion comentando esta obra de Derrida: El don se hace imposible en la medida en que se hace efectivo. Por ello, para Derrida, la fenomenología del don es imposible. Y por ello, el perdón, en tanto que don, es para lo imperdonable, para lo imposible”. A partir de ello, podemos afirmar que es solamente posible para quien sea de Gratuidad : Dios. La Gracia es lo que Dios dona gratuitamente, pero la Gratuidad significa que Él mismo es el Don, puesto que se da a Sí Mismo en cuanto Dios. Por ello, Él puede ser Misericordia y per-don, que es justamente la capacidad de darle al otro lo que no espera ni merece. Vivir una opción creyente es entonces, la disposición para el don, tanto para darlo como para recibirlo.

Dicha gratuidad de la existencia es coherente con el dato revelado original en hebreo, donde se nos manifiesta que existe algo mayor al amor humano: “Hen” o “Hesed”: la Gracia o la Gratuidad. Tal Revelación significa que Dios se da a Si Mismo, en cuanto Dios, y es la simple realidad de, que si lo más grande en la existencia es Dios, lo más grande que Él pueda dar, es su Propio Ser, a cambio de nada. Y que nosotros no podemos darle a Él algo a la altura de su entrega, ya que no somos Él y Dios da a Dios; luego, Él siempre ha de ser gratuito. Pues bien, la opción preferencial por las víctimas de los conflictos, sin excluir al victimario, es una opción de gratuidad, es opción teológica (no sociológica, psicológica, estadística o ideológica), porque Dios se hizo Víctima por Amor Gratuito a la humanidad. Dicha opción se fundamenta y fortalece en el tiempo, por la teología de la Gratuidad, la cual, se constituye en la plataforma teológica de la Realidad, puesto que creemos que es posible extraer Gracia en medio de las desgracias humanas. Ello fundamenta nuestra esperanza y posibilidad de plenitud. Somos plenos en la medida que nos vaciamos y nos donamos, para ser tabernáculos del Eterno, quien es el único capaz de llenar ese pozo eterno de insatisfacción que cada uno es, en su ser-en-sí.

Del dato revelado original en hebreo: “Hesed”, viene la palabra “hasid”, que bíblicamente significa “justo”, “piadoso” o “espiritual”, en cuanto a que practica el Hesed, es decir, la gratuidad. En ello, se juega la posibilidad de una espiritualidad que nos plenifica como seres humanos y el sentido de nuestra existencia. La gratuidad representa todo cuanto nunca será mensurable, contable, rentable en el sentido estricto del término; y sin esa gratuidad perdemos la dirección (jatá=pecado=errar el blanco).

El hasid es embajador del perdón y la gratuidad, para anunciarla con valentía ante lo imperdonable y ante una estructura social que se establece en las conveniencias, otras en la inequidad y a veces en la iniquidad. Al ser capaces de donar gratuitamente nuestro perdón, verificamos la existencia de Dios y que lo hemos dejado ser lo que Es en nosotros, pues, sólo por su Gracia es posible lo que para nosotros es imposible. Si queremos vivir en sociedad, el per-don tiene que ser una experiencia humana sostenida en la gratuidad de Dios y políticamente posible. Decía Mark Twain que el hombre no sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta, y la capacidad de una persona de perdonar es un ejemplo. La venida de Jesús, llevando el amor gratuito y el perdón hasta sus últimas consecuencias, marcó dónde se sitúa su límite : se puede perdonar todo y a todos, como Él mismo lo verificó. Lo cual no niega que, como en tantos aspectos de nuestra vida, nuestro querer y poder sean insuficientes, y precisamos de la gracia de Dios. A la hora de entender que el ofensor es mucho más que la ofensa, de empatizar con él y de dignificarle, la caridad cristiana asume y supera la propia dinámica del perdón. Todos necesitamos más amor del que merecemos. Anhelamos gratuidad. Por lo tanto, la respuesta cristiana se podría decir que es la misma que si no se tiene fe, pero va más allá, permitiendo perdonar incluso aquellas ofensas que muchos entienden como imperdonables. Jesucristo da razón a nuestra esperanza de plenitud humana en la donación y es la esperanza de nuestra razón y del sentido de esa donación humana.

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