Francisco, un papa providencial.

The Warender

Se trata de un tema acerca del cual siempre se vuelve de una manera u otra. Y que el paso de los años está verificando la hipótesis que en este blog arriesgamos pocos meses después del 13 de marzo de 2013: Francisco es un papa providencial.

Al papa no lo elige el Espíritu Santo; al papa lo eligen los cardenales que pueden tener más o menos disposición para seguir las gracias divinas. De eso se trata la libertad; los cardenales no la dejan a las puertas de la Sixtina cuando entran a votar. La llevan consigo, y votan lo que quieren.

Esto no significa que a Dios se le escape el curso de la historia y de su iglesia. Él es el Señor de la historia y el Logos es la cabeza de la iglesia. Nada escapará de su designio y, por eso mismo, tampoco puedo escapar el pontificado de un malandra como Bergoglio.

Como nos informaba hace pocos días el imprescindible Specola comentando una investigación que acaba de publicarse, ante la inminencia de la muerte de Juan Pablo II, comenzó a moverse en firme el grupo de San Gall. “El cardenal Murphy-O’ Connor se relacionó con el cardenal Bergoglio y lo presentó al grupo como posible candidato anti-Ratzinger. Martini fue su mayor opositor por la información que recibió desde dentro de la Compañía de Jesús. Y en cónclave de 2005, el cardenal Martini anunció al cardenal Ratzinger que pondría a su disposición sus votos”. Sin embargo, en el cónclave de 2013, Martini estaba ya fuera de juego, y se enfrentaron entonces dos candidatos: un ratzingeriano, es decir, conservador, el cardenal Angelo Scola, y un progresista, delegado de la mafia de San Gall, el cardenal Bergoglio. Y aunque la mayoría de los cardenales eran conservadores, Scola era el peor candidato que podría haberse elegido para representar esa facción: era italiano, y no había ninguna posibilidad que el sacro colegio eligiera a un italiano para el pontificado. Demasiado desastre habían hechos los italianos en las últimas décadas dentro de la iglesia; basta repasar nombres como Bertone, Sodano o Silvestrini. La candidatura de Scola fue gravísimo error de Benedicto XVI, muy propio de él: nunca tuvo buen ojo para elegir a sus ayudantes, ni voluntad para echarlos cuando descubría su verdadero rostro.

Pero, en mi opinión, Scola era también el peor candidato por otros motivos. Los que recorren los pasillos de la curia ambrosiana, aseguran que poco antes de ingresar al cónclave, ya había hecho imprimir los tarjetones con su firma como romano pontífice. Había elegido llamarse Pablo VII. Todo un programa aterrador, si recordamos el siniestro pontificado de Montini, intelectual y arzobispo de Milán como Scola. Con el hipotético Pablo VII habríamos continuado con los zapatos rojos, la muceta y hasta con la piel de conejo; con encíclicas y discursos cuidados y con un artesonado teológico que seguiría ocultando el desastre real en el que se encontraba y se encuentra la iglesia luego del Vaticano II. Habrían sido varias décadas más de agonía, suturando una y otra vez la herida a fin de evitar que los propios —sobre todo los propios—, vieran el estado terminal de la infección.

Bergoglio, en cambio, en poco tiempo dejó al descubierto la situación catastrófica tal como era en realidad. Su personalidad chabacana, sus modales chuscos, su ignorancia documentada a diario y, sobre todo, su arrogancia han sido un bofetón para aquellos que lo aclamaban como el pontífice que por fin implementaría a fondo las reformas conciliares. Y habían hecho un buen cálculo: la iglesia que representa Bergoglio es la iglesia conciliar; la iglesia de las órdenes y congregaciones religiosas moribundas, de los seminarios desiertos, de la confusión doctrinal, de la corrupción enquistada en buena parte del episcopado y del clero, de la disolución y la pérdida de la fe, de la irrelevancia social, de los templos demolidos o vendidos por falta de fieles, de la desacralización litúrgica, etc.

Nadie que tenga un mínimo de sinceridad intelectual puede negar esta situación, y nadie puede hacerse el distraído y decir que el Concilio no tuvo nada que ver: estamos viendo los frutos sesenta años después de su celebración. Y hay que decir que cada vez son menos los negacionistas. Por un motivo u otro, continuamente me llegan testimonios de sacerdotes y también de obispos en este sentido. Y cuando me ha tocado participar de reuniones con asistencia de clérigos jóvenes y que de ninguna manera podrían ser adscriptos a grupos tradicionalistas o conservadores, me he quedado sorprendido por su claridad de pensamiento, su crítica clara al pontificado de Bergoglio y, sobre todo, por su fe. Son pocos, muy pocos, los que aún creen el discurso francisquista, y de esos pocos, buena parte lo hace a fin de hacer carrera y conseguir un puesto cómodo y ambiente climatizado para pasar los calores del verano, como es el caso del eco párroco del que hablamos hace poco.

Por eso mismo, Dominus conservet eum. Dios le de larga vida al papa Francisco, y lo tengamos entre nosotros un par de años más, a fin de que supure todo el pus que aún queda, que la herida pueda ser cauterizada y que la iglesia, débil y enclenque como todo convaleciente, pueda lentamente recobrarse de la zozobra en la que fue colocada por la imprudencia de los últimos cinco pontífices.

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