Francisco convierte los sínodos en ‘miniconcilios’ a su servicio

La recién proclamada constitución apostólica Episcopalis communio es probablemente el acto más genuinamente ‘revolucionario’ de Francisco hasta la fecha: con ella, los sínodos pasan de ser consultivos a deliberativos, convirtiéndose en magisterio ordinario sus conclusiones si las acepta el Papa y podrán formar parte de la preparación de los mismos personas sin la dignidad episcopal elegidas a dedo por el Pontífice.

Hasta ahora, los sínodos -una fórmula antiquísima en la Iglesia pero ‘normalizada’ por Pablo VI-, eran reuniones de obispos convocadas por el Papa sobre asuntos concretos cuyas conclusiones tenían carácter meramente consultivo. Pero con la nueva constitución apostólica Episcopalis communio recién aprobada por el Papa Francisco pasan a ser algo sustancialmente distinto.

Con el nuevo sistema, las conclusiones del sínodo, una vez aprobadas por el Papa, pasan a ser magisterio ordinario, es decir, materia de fe para el fiel católico. El Artículo, 18, 2 especifica: “Si es aprobado expresamente por el Romano Pontífice, el documento final participa del Magisterio ordinario del Sucesor de Pedro”.

Esto convierte a cada sínodo en un ‘miniconcilio’, en concilios cuasi permanentes, porque precisamente la diferencia esencial entre un concilio y un sínodo era el carácter magisterial del primero y meramente consultivo del segundo.

La medida es transcendental, revolucionaria… Y, para muchos, alarmante. Francisco ha insistido desde el inicio de su pontificado en la importancia de la ‘colegialidad’, ha hablado a menudo de la conversión hacia una ‘Iglesia sinodal’, ha convocado ya varios sínodos y proyecta varios más.

Ahora, una de las discusiones más acaloradas entre partidarios y detractores de la ‘renovación’ eclesial que pretende introducir Su Santidad ha sido, precisamente, sobre la tipificación magisterial de tanto pronunciamiento dudoso o innovador, así como de su posible revocación por un pontífice posterior. Con la nueva constitución ya no queda duda, porque cita expresamente el carácter de magisterio ordinario de lo que salga de cada sínodo y apruebe el Papa.

Pero la ‘colegialidad’ en la que tanto insiste Francisco también tiene ‘truco’; de hecho, tiene varios.

En primer lugar, un sínodo no es necesariamente la reunión de todos los obispos del mundo. Es una reunión de aquellos obispos que elige el Papa, y no creo que sea innecesariamente poco respetuoso presumir que Su Santidad no va a elegir a prelados que se opongan a sus proyectos.

En segundo lugar, el sínodo, organizado y dirigido por la Santa Sede, es fácilmente manipulable, como se comprobó sobradamente en los dos sínodos de la familia. Como recuerda el vaticanista Marco Tossati en una columna en La Nuova Bussola Quotidiana, “hemos visto que en realidad estos megaeventos están coordinados para seguir una agenda precisa, elaborada y dirigida desde arriba.

En última instancia, sirven meramente para crear un contexto para documentos -Amoris Laetitia es el ejemplo más obvio- que vienen en gran medida precocinados, y a los cuales las contribuciones de los padres sinodales aportan añadidos puramente cosméticos.

¿Cómo no recordar la candorosa confesión del arzobispo Forte sobre la conversación confidencial que mantuvo con el Papa? “Si hablamos de dar la comunión a los divorciados vueltos a casar”, señalaba Monseñor Forte, en referencia a un comentario del Papa Francisco, “no se dan cuenta del lío en que nos metemos con eso. Así que no hablaremos de ello de forma directa, lo haremos de un modo en que queden claras las premisas, y de ellas sacaremos las conclusiones”.

En tercer lugar, la participación de los laicos e incluso de los no católicos. No, no es que en el Sínodo vayan a participar como miembros del mismo quienes no pertenezcan al episcopado.

Pero la constitución prevé formalizar nuevos métodos para consultar al Pueblo de Dios -a laicos e incluso a gente de otras religiones-; el establecimiento de una “comisión para la aplicación” constituida por expertos supervisados por el secretario general del sínodo; y “consejos del secretariado general” constituidos por miembros nombrados directamente por el Papa que se ocuparán de preparar encuentros sinodales y mantendrán sus cargos hasta cinco años después de finalizado el sínodo.

Tenemos a la vuelta de la esquina dos sínodos, el de los jóvenes y el de la Amazonía, y es de prever que, si Dios da salud al Santo Padre, nos aguarden muchos más. Pese a los epígrafes de ambos sínodos citados, los documentos previos y las declaraciones que les han rodeado hacen pensar a una mayoría de observadores que con ellos se pretende modificar partes relevantes de la práctica eclesial o incluso de la concepción antropológica tradicional: en el primer caso, sobre la moral sexual de la Iglesia; en el segundo, la abolición del celibato sacerdotal obligatorio.

Hasta ahora, los críticos más visibles del Pontificado de Francisco, como el cardenal americano Raymond Leo Burke, firmante de los Dubia, han evitado la confrontación directa alegando que las declaraciones más cuestionables de Francisco carecen de cualificación magisterial y son solo “las opiniones privadas del Papa”.

Después de la proclamación de Episcopalis communio, este pretexto desaparece. ¿Cuál será su respuesta si de los citados sínodos salen conclusiones difícilmente conciliables con la Tradición de la Iglesia y el Papa las refrenda?

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