Fe es gratitud a la vida desde el fondo de mi herida

Creo que ciertas verdades pueden relativizarse pero cuando verificamos verdades de nuestra historia (errores, pérdidas, relaciones afectivas y de amor…) es opción de nuestra voluntad relativizarlas o no. Ahora bien, si cada uno crea lo que cree todo es fuerza mental y toda la reflexión de fe seria una prótesis teológica que sirve a algunos sólo hasta el momento más real y rotundo que es morir. Entonces la pregunta es ¿tiene sentido que haya sentido o que seamos incansables buscadores de sentido?

Muchas veces observo mi vida y la de los demás y me cuestiono si al final todo se tratará simplemente de cálculo de probabilidades o de sentido común, que nos verifica que generalmente vamos cosechando lo que hemos sembrado. Pero cuando llego muy en serio a esa conclusión, Dios me ha dado bofetadas de su Gratuidad, y de la nada, sin merecerlo ni esperarlo, y cuando era muy poco probable que lo que sucedió sucediera… vuelvo a la fe y puedo verificar la verdad de que Alguien nos cuida. Sólo hay dos alternativas: o todo es azar y meras casualidades o todo es una señal y todo esconde un sentido. El secreto está en dejarse llevar por la vida misma, sin forzar tanto todo ni someter todo siempre a nuestra conveniencia, pues, ahí arruinamos el esfuerzo de la vida misma por orientar nuestra vida. Ello supone un amor y confianza en la vida y disfrutarla cada día agradecidamente, con humildad sin creerse siempre en lo correcto. Ahí descubrimos el sentido y lo verificamos en nuestra propia experiencia de vivir así. La correcta humildad es no creerse siempre en lo correcto.

Creo que la cuestión no es que no haya Dios o que el tener fe con resultados, sea producto de nuestra fuerza mental o de energías confabuladas por quien sabe qué, sino que, justamente la realidad nuestra debe ser así como es (a veces estamos seguros del sentido y varias otras no) a fin de que la fe auténtica sea una entrega gratuita, es decir, a cambio de ninguna conveniencia. Buscamos siempre seguridad en todo y a Dios lo tenemos de mero refugio. Creo que el secreto de la fe está en dejarse llevar por la vida misma como un niñito que no cuestiona, pero que sabe que su papá lo está protegiendo.

La condición en suma, es que la fe sea sin condiciones. Y eso lo prueba el abandono real de Cristo y su entrega final en la Cruz, pues, aunque todo y todos le decían que no, él ejerció fe y se entregó gratuitamente al Padre en quien confiaba a pesar de todo y de todos.

Acontece fe donde hay gratuidad con la vida misma. Muchos en todos los idiomas dicen: “así es la vida” en referencia a que la vida puede cambiar de repente. Pero la vida es un don y nosotros somos seres con vida, conscientes de ello y de que la vida nos ha sido dada, en el sentido de que ninguno de nosotros pidió vivir. El caso, es que preferimos la religión, las iglesias, las creencias de todo tipo, pero no la fe desligada, gratuita, libre, simple, agradecida. Le echamos la culpa al don mismo (la vida) de los productos de nuestras acciones y decisiones de conveniencia. Salimos así de la gratuidad de la vida y de la verdadera fe, nos perdemos en nuestras conveniencias y en el dolor de nuestras pérdidas por no haber querido perder. El abandono tiene algo positivo, algo con sentido: la experiencia vital del abandono de nuestras conveniencias. Decimos “así es la vida” cuando la vida se aleja de lo que considerábamos conveniente para nosotros. Mas, nunca reconocemos o lo hacemos muy tarde, que la vida tiene en sí misma su propia finalidad y plenitud, y que debíamos habernos rendido y dejado llevar como niñitos en aquel momento en que a la vida le achacábamos todas nuestras desgracias. Somos libres y responsables sin excusas. Perdemos demasiado tiempo en preguntarnos por qué y para qué, y no invertimos tiempo en unos “¿y por qué no?” Hay tiempo, pero lo perdemos mucho, decía sabiamente Séneca hace casi dos mil años. Muchas veces las palabras que debíamos haber dicho a algunas personas, se presentan a nuestro espíritu tardíamente o cuando ya hemos perdido a los que amamos.

La Biblia en su original hebreo expresa la fe como “ométz” que implica valentía. Dar un salto en la fe no sólo supone convicción, sino también valentía. Cada uno de nosotros lleva en sí mismo la herida de una insatisfacción infinita. La Vida Misma se toca al poner el dedo en la llaga (Jesús lo pide así a sus discípulos; cfr.Lc 24,39b; Jn 20,27, siendo Él camino, verdad y Vida). Tenemos que poner el dedo en nuestra herida, pues, es ahí donde fluye la vida al desnudo de mi vida, privada ya de conveniencias. Es como el alambre de cobre que conduce la energía o la corriente eléctrica, y el plástico aislante que la cubre son nuestras conveniencias. La diferencia está en el grosor de ese aislante. Pero la vida se abre camino para conducirnos, para que vivamos en verdad el don de nuestra vida. Al sentir el don mismo de nuestra propia vida en nosotros, a través de “tocar” el fondo de nuestra herida, descubrimos que podemos rendirnos y dejar así que esa vida nos conduzca hacia la salida que en el mismo tiempo de estar heridos no vemos. Nuestras expectativas, nuestros destinos, pueden hundirse, pero la esperanza que lleva el don de vivir en sí mismo no. Al ejercer fe en esa situación, acontece nuestra sintonía con Dios, pues, somos gratuitos o agradecidos a la vida a pesar de la herida abierta. Esa es nuestra dignidad en el dolor y no seguir pareciendo fuertes cuando ya no lo somos. Se trata de tener la voluntad de abandonar nuestras conveniencias en medio de la nada del abandono. No tocar el fondo de la herida es un desprecio a la vida, es una ofensa al don. Me conviene no vivir el duelo de la pérdida, para seguir viviendo según la construcción civilizada de estructuras de conveniencias que elaboramos y en las que estamos insertos desde que nacemos. Pero la devastación, el abandono, el huracán, el tornado se hace necesario para que descorra y erosione con rapidez las capas de nuestras conveniencias antes de que sea tarde. Puedo ocultar la luz, el don de la vida en mí, puedo herméticamente lograr que no se filtre la luz, pero la luz del don sigue ahí y no se va de mí. El Dador (el Padre) el Donado (el Hijo) y el Don (el Espíritu Santo), me están haciendo vivir mi vida como lo que es: don; pues, lo que Dios Es, es Gratuidad, o sea, donación de Sí Mismo en cuanto Dios. Luego, ejercer fe cuando sangra la herida, cuando quise no ser y aún soy, cuando presiento que mi vida se ha hecho nada…me hace alcanzar gratuidad, porque me mantengo agradecido al don de mi propia vida, y sólo ahí puedo dejarme conducir por dicho don en mí, sin cuestionamientos y gratuitamente. Así salgo de la cárcel de nuestras enormes hipocresías, creencias, religiones, tradiciones, prótesis teológicas y filosóficas o de la actual moda de la “autoayuda” y ley de a atracción…parches y más parches a la herida.

Creo que desde esa experiencia realmente vital de tocar el fondo de nuestra herida, sin complacencia en el dolor, sino, asumiéndolo, podemos ser gratuitos, y por añadidura llegar a amar al enemigo o causante de nuestras heridas, perdonar, ser más seguros, maduros y humanos, y adoptar incluso tradiciones eclesiales o creencias, siendo parte activa de comunidades, movimientos, instituciones de toda índole, etc., pero con una honesta libertad interior frente a ellas. Se trata también, de asumir todo el dolor de amar sin amar el dolor. Tener Fe en Dios y ejercerla en la vida, pasa por tocar el fondo de la herida rescatando el don de vivir, hasta cuando la muerte lo deje volver al Dador, y caigamos en la cuenta de nuestro error de no haber sido muchas veces don para sí mismo y para los demás, y a la vez, sí haberlo sido otras tantas veces cuando vencimos nuestra tendencia a buscar la conveniencia propia. La fe es entonces, inversamente proporcional a la propia conveniencia, y directamente proporcional a la gratitud a la vida desde el fondo de la herida.

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