El silencio de los pastores

Los escándalos de este verano, empezando por McCarrick y siguiendo por Chile, Honduras y el demoledor informe del gran jurado de Pensilvania y terminando por el Informe Viganò, han funcionado como la gota que derrama el vaso, haciendo que por primera vez se alcen voces en el episcopado -especialmente, en el estadounidense- pidiendo al propio Papa que hable, que responda, que dé las explicaciones que correspondan y ordene las investigaciones que resulten oportunas.

No son, naturalmente, mayoría. Muchos otros, individual o colectivamente -como conferencia episcopal-, han dejado saber su adhesión y apoyo incondicionales a Su Santidad en este asunto.

La abrumadora mayoría, simplemente calla.

Pero el número de los que interpelan a Roma es, al fin, significativo y habla alto; no son ya cuatro gatos, algún obispo emérito sin nada que perder; ya pasan con creces de la decena. Y el número va en aumento.

Esto, que podría parecer una buena noticia -y que probablemente lo sea-, el comprobar que la Iglesia está viva y que el Papa no es un autócrata oriental  inmune a toda crítica, contradecir al cual sea el peor de los pecados, como pretende el Cardenal Rodríguez Maradiaga, o que esté por encima de la Tradición y la Escritura, como asegura el Padre Rosica, me deja personalmente algo triste. Trataré de explicarme.

El encubrimiento de los abusos a menores es un escándalo execrable. Pero lo es de una forma tan evidente incluso para el creyente de cualquier religión, el agnóstico o el ateo que al reaccionar solo a esto, solo ahora, incluso los obispos que más valentía están mostrando parecen demostrar la definitiva mundanización de la Iglesia.

Dicho de otro modo: interpelan a la Santa Sede en nombre de un crimen que escandaliza a cualquiera, que alarma al mundo, que el mundo condena con igual o mayor fuerza. Aunque no se me ocurriría dudar de sus excelentes intenciones y sé que arriesgan sus carreras al dar este paso, no deja de ser una denuncia que el mundo aplaude, y que no hace ninguna falta ser un pastor católico para plantear.

Lo que encuentro escandaloso es su silencio de cinco años, no en esto, sino en todas las ocasiones en las que ha sido nuestra fe la que ha estado en riesgo, todas las ocasiones en las que sus solicitudes de aclaraciones no obtendrían el aplauso y la admiración de todos los hombres de bien de cualquier religión o de ninguna, pero que podrían haber evitado el estado de confusión, de disensión y perplejidad entre los fieles que pone a la Esposa de Cristo al borde del cisma.

Ese es el silencio atronador. Esa es la valentía que ha faltado y he echado en falsa. Bien está pedir a Francisco explicaciones sobre los encubrimientos de abusos, pero, ¿no tenía sentido que hubieran pedido explicaciones ante la confusión generada por Amoris Laetitia, que afecta a la moralidad objetiva y a la naturaleza de tres sacramentos?  ¿Dónde estaba su voz cuando cuatro cardenales hicieron una respetuosa consulta pidiendo que se aclararan puntos esenciales de la exhortación, los célebres Dubia?

¿Dónde estaban cuando La Repubblica publicó una entrevista en la que el Papa aparecía diciendo que el infierno no existe y que las almas que rechazan en última instancia la Gracia simplemente se desvanecen? Es cierto que el servicio de prensa vaticano sacó una nota en la que decía que aquellas no eran las palabras literales de Su Santidad, pero, ¿cuáles eran? ¿Cómo es que ningún prelado católico sintió curiosidad por saber qué opina el Santo Padre de los Novísimos, cómo explicar que ni uno solo le pidiera, por misericordia con el confundido pueblo católico, que aclarase las verdades de fe a este respecto?

¿Ningún obispo tenía nada que decir cuando cambió de un plumazo y sin consultas previas la doctrina milenaria de la Iglesia católica sobre la pena de muerte? ¿A ninguno le pareció oportuno pedir aclaraciones sobre la entrevista con la víctima de abusos Juan Cruz a la que dijo que “Dios te ha hecho gay”? Es un cambio importante en la consideración católica de la homosexualidad.

O, hablando de homosexualidad, ¿cómo es que nadie entre los pastores se interesó por saber por qué no solo no se censuraba, disciplinaba o aun contradecía a quienes defendían una postura sobre la sexualidad humana contraria a la doctrina, sino que, como en el caso del jesuita James Martin, se le nombraba asesor vaticano y se le llevaba al Encuentro Mundial de las Familias como orador estrella?

¿Por qué ningún cardenal u obispo tuvo nada que decir cuando defenestraron a los Franciscanos de la Inmaculada o a la Hermandad de los Santos Apóstoles, que quizá por ortodoxos y fructíferos en vocaciones no se beneficiaron de la cacareada misericordia del Pontífice?

¿Cómo es que ningún obispo católico tuvo nada que comentar a la glorificación del heresiarca Lutero, a quien Francisco llamó “testigo del Evangelio”?

¿Ninguno de los príncipes de la Iglesia se va a solidarizar con el Cardenal Zen pidiendo, al menos, que se aclare cómo es posible que se dé a un gobierno, y un gobierno confesionalmente ateo por demás, derecho a controlar el nombramiento de obispos católicos? Suele compararse con usos de la Iglesia en el Antiguo Régimen, pero la analogía es tramposa; no es como cuando el católico emperador del Sacro Imperio nombraba obispos; es como si entonces se hubiese dejado que lo hiciera el Califa de Bagdad o en Gran Khan.

La lista podría seguir hasta hacerse interminable. Y en ningún caso pretendo que los prelados contradigan o se enfrenten al Santo Padre, igual que ahora, quiero creer, ni le contradicen ni se oponen a él al suplicarle que aclare el asunto Viganò y todo lo que la Iglesia sepa de los abusos.

No, pretendo que mis pastores tengan por el Depósito de la Revelación, como poco, el mismo respeto reverencial que ahora muestran por delitos que, estos sí, van a ganarles la admiración del mundo.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *