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El poyo

El poyo

Los curas de pueblo tenemos la suerte del poyo. En la capital hay bancos de madera y piedra para los viandantes. En el pueblo somos más de poyo de piedra. Los pórticos de los templos fueron lugar de reunión de vecinos que ahí se congregaban a toque de campana para tratar de las cosas del pueblo. Quizá como recuerdo de aquellos tiempos se sigue encontrando el poyo a la puerta.

Tiempos difíciles por lo civil y por lo eclesiástico. Por lo civil me preocupan menos. Por lo eclesiástico, algo más me afecta, aunque en la distancia de la capital todo se diluye y se ve con otra perspectiva.

Tiempo de poyo. Lo aprovecho mucho, sobre todo en Braojos, que además me permite gozar de una vista excepcional. Cuántas veces, el Señor me perdone, he preferido al aire libre para hacer mis oraciones. Se dilata la vista y Dios se hace presente en una naturaleza del todo exuberante.

No son tiempos de proyectos. La vida de la Iglesia, universal y diocesana, se ve desde aquí con otra perspectiva. Quizá, y tampoco tanto, hubo algo de ilusión primaveral en años pasados. Hoy la ansiada primavera solo existe en los cada vez menos convencidos, aunque algunos la sigan defendiendo por imperativo de cargos reales o ansiados.

No hay forma de tapar el sol con el dedo. Después de nueve años las radicales reformas romanas no llegan. El mismo consejo de cardenales va perdiendo fuelle y miembros, sin que a nadie importe realmente. La reforma de la curia dicen que ya. Llevamos nueve años de espera. Tampoco es que a nadie importe excesivamente cuando lo que vemos es una plaza de san Pedro en la desolación. La edad del santo padre, ochenta y cinco años, no es que facilite grandes proyectos o cambios. Dicen que Roma huele a cónclave. Las órdenes y congregaciones religiosas, salvo excepciones puntuales están en proceso de derribo y todos notamos la desidia del pueblo de Dios, que se aprecia incluso en estos rincones serranos. La pandemia y nuestra forma de posicionarnos en ella tampoco ha facilitado las cosas. Los sacerdotes, cada vez menos y más viejos.

Las fechas de caducidad próximas ralentizan el movimiento. Para el que caduca y para los que esperan el relevo. Lo que pasa en la Iglesia universal ocurre en las diócesis, donde se observan movimientos interesantes. Por ejemplo, que los grandes entusiastas de ayer se van convirtiendo en feroces críticos hoy, quizá por la cosa de ir marcando distancias con lo que se va como una forma de preparar el camino a lo que venga. Tampoco se hace sencillo embarcarse en proyectos especiales cuando los cambios pudieran parecer próximos. Normal. Hoy empiezas algo y quizá mañana otro quiera lo contrario. Además de esa gente experta en nadar, guardar la ropa y buscar la posición exacta en el momento adecuado.

En mis pueblos aprovecho el solecito incluso de días de invierno para sentarme, rezar y contemplar el rostro de Dios en la naturaleza. Las circunstancias y los años que uno va cumpliendo hacen que todo se mire desde la distancia, la serenidad y la vista puesta en lo alto. Lo que tenga que ser, será. Lo que es, permanece para siempre: Dios, la Iglesia, la gracia, el amor, la fe, la esperanza, la caridad. Al final, los proyectos y las intrigas de los hombres son nada y vacío. Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta.

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