El nuevo arzobispo de Lima: más política y menos sentido sobrenatural

Carlos Esteban / Infovaticana

 

El recién nombrado arzobispo de Lima, Carlos Castillo, es el epítome de los nuevos prelados: de izquierdas y más centrados en la acción política que en el mensaje sobrenatural.

Imagine que tiene usted un amigo que, a la vuelta de un país extranjero, le cuenta que ha conocido allí a la mujer de su vida, con la que ha iniciado una relación, por el momento a distancia, y que no ve el momento de casarse con ella porque no puede pensar en otra cosa.

Usted se alegra mucho por su amigo pero, en días posteriores, nota que ni una sola vez habla de ella. Habla regularmente con usted de un montón de cosas del día, de todo lo divino y de lo humano, pero prácticamente nunca de la chica de la que supuestamente está locamente enamorado.

Sin embargo, cuando le interroga directamente, pensando que se le habrá pasado el entusiasmo de los primeros momentos, responde invariablemente con vehemencia que está cada día más enamorado y que solo piensa en ella. ¿Qué pensaría usted?

Con seguridad, que su amigo le miente o se miente a sí mismo. “De la abundancia del corazón habla la boca” es uno de esos dichos bíblicos que podrían pasar por sabiduría popular, y todos tenemos la experiencia personal de que aquello a lo que más importancia da alguien acaba viéndose en su vida y repitiéndose en su discurso. No basta ni vale una declaración, y para saber qué tiene especial peso en alguien, en qué cree realmente, es más seguro observarle que citarle.

Pensaba en todo esto leyendo la entrevista que le hace el semanario Caretas al sucesor de Cipriani al frente de la Archidiócesis de Lima, monseñor Carlos Castillo. El Vaticano no podría encontrar, ni buscándolo con años de minucioso estudio, un personaje más opuesto a su predecesor. Incluso en la propia entrevista no duda en señalar como ‘los malos’ en la Iglesia, entre otros, al Opus Dei, al que pertenece Cipriani.

No llevamos unos meses de pontificado de Francisco, sino que va para seis años, y si el nombramiento de Castillo puede parecernos deplorable -nos lo parece-, ya no nos asombra. Va en la línea de muchos otros nombramientos, especialmente en diócesis clave, especialmente en Latinoamérica, lo esperable en un Papa que empezó definiéndose de izquierdas -no de derechas, como insiste mi corrector- y no ha hecho otra cosa que demostrar su deseo de ‘izquierdizar’ la Iglesia.

Pero el problema de la izquierda eclesial no es, como pretenden los perros guardianes de la ‘renovación’, un énfasis desmesurado en los pobres y los marginados, en absoluto; el problema, y es especialmente visible en esta entrevista, es la visión horizontal, plana, donde el elemento sobrenatural, la transcendencia, nuestro destino eterno, desaparece o, en el mejor de los casos, se supedita a la visión política.

Por ejemplo, estas palabras: “No puedo decirle a una persona que sufre de hambre, “Ya, hijita, reza”. También hay que rezar, pero hay que ir al origen del problema”. Tomada literalmente, es casi correcta; comprensible, al menos. Pero, como casi todas las frases que incluyen un “pero”, revela en realidad un cierto desprecio a la oración. Lo que hay que hacer es “ir al origen del problema” que, en el caso que cita, es comer. Pero Castillo no piensa tanto en darle de comer como en cambiar las estructuras políticas con un signo socialista, ese mismo que tiene a los venezolanos ahítos de tanto comer.

Ironías aparte, Dios es el Señor del Tiempo y de la Historia, y todo lo que no es nuestra libertad -incluso mucho de lo que creemos parte de nuestra libertad- es Providencia. La oración permite esa comunicación con Dios que deviene conocimiento y, finalmente, amor, que proporciona la visión correcta del drama humano y da sentido a todo lo demás. Y es de esto, como en el caso con el que empezaba este texto, de lo que apenas hablan Castillo y los nuevos jerarcas eclesiásticos, en general; es “también” hay que rezar, como si fuera un añadido consolador y no lo que marca la verdadera diferencia.

Esa misma visión plana es la que anima la visión de una Iglesia, no que tiene razón cuando el mundo enloquece, sino que lleva “retraso de siglos” con respecto al mundo, y debe adaptar con urgencia lo que el siglo y sus modas ideológicas han “descubierto”. Es diametralmente contraria a la visión tradicional, de siempre, que veía en la Iglesia, portadora del mensaje del mismo Cristo, custodia de una verdad que por fuerza había de ponerla en colisión con el mundo secular.

En la entrevista hay mucho de cuestionable, pero el nuevo arzobispo sortea los escollos más peligrosos negando vehementemente cualquier coqueteo con la heterodoxia. Por eso he preferido, en lugar de centrarme en párrafos o declaraciones dudosas, llamar la atención sobre lo que falta, sobre el espíritu ausente de su lenguaje y, en general, de unos prelados que parecen más cómodos hablando de política que de Dios.

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