El infierno : el doloroso fracaso de Dios

Si recuperamos el sentido genuino de la intuición antropológica (presente en todas las religiones), de la experiencia histórico-bíblica y de la experiencia cristiana desde la revelación de un Dios a quien Jesús nos lo descubre como “Abba” (“Papito mío”, “querido Papá”) y como Amor (cfr.1 Jn.4,8.16)…,si recuperamos todo ello, en la condenación – sea lo que sea – de cualquier hombre o mujer, sólo cabe ver algo que Dios no desea, que no quiere, que no impone, sino algo que Él padece, algo que Él sufre, algo que Él no puede evitar. ¿ Cómo podría ser de otro modo, si Dios crea únicamente por Gratuidad eterna, por Amor, por Gracia, dirigiendo su amor a nosotros y para nosotros, para comunicarnos su Ser, prometiéndose a Sí Mismo, rescatándonos o salvándonos, dándonos el Sentido último de todo, buscando nuestra realización, nuestra madurez humana y cósmica, y nuestra felicidad eterna ?

El infierno, es una situación trágica no sólo para el hombre, sino para Dios mismo, que está obligado a tener que juzgar allí donde quería salvar. De esta manera el tener-que-ser repudiado del hombre que repudia el Amor de Dios aparece como una derrota de Dios, que fracasa en su propia obra de salvación o rescate.

Es cierto que Dios es Todopoderoso, pero en el sentido de total Gratuidad, pues, Él es de Amor Gratuito. Por ello, Dios no puede pecar o hacer el mal, puesto que lo haría de manera absoluta y cabría la sospecha de que sería un ser ambiguo, imperfecto, dualista y arbitrario, de igual manera, no puede “castigar” en sentido estricto. Él no puede tampoco crear otro Dios, puesto que Él es Eterno y por lo mismo, evidentemente Único. Del mismo modo, Dios no puede imponer su Amor sin respetar la decisión libre de las creaturas hechas a su imagen y semejanza, pues, si Él no hace libre lo que crea se engañaría a sí mismo, y si eliminara de la existencia a quien lo ha negado con su vida, se negaría a sí mismo, ya que Él es el único que da la existencia. La libertad (en creaturas hechas a “su imagen y semejanza”, esto es: con “conciencia-voluntad-libertad-capacidad de amar”, ya sean terrestres o extraterrestres) es algo serio que Dios tomará siempre en serio. De hecho, una galaxia, una estrella, un cometa, un animal, etc., no pueden decidir orientar su vida y existencia hacia Dios o negar a Dios, pero nosotros sí contamos con tal dignidad y en tal sentido, “hacemos camino al andar”. Nosotros decidimos la orientación fundamental que le damos a nuestras vidas y a nuestro destino eterno.

Dios se ha prometido a Sí Mismo y no se desdice de sus promesas. El original bíblico, más que hablar de “salvación”, habla de “rescate”, indicando la urgencia de sentido, y que Dios está ahí contigo y aquí conmigo, haciendo todo lo que nuestra libertad le permita para cumplir su promesa concreta de rescate. La mayoría de los creyentes concibe su salvación para el momento de su vejez o como alguien que evita que caigamos a un pozo profundo y oscuro, sin embargo, la Biblia se refiere más que nada al hecho de que Dios mismo baja a las profundidades de ese pozo y nos rescata, pero nosotros hemos de decidirnos por echarnos o no en sus brazos. Dios no nos tira una cuerda para sacarnos del pozo, sino que Él mismo baja al pozo. Por ello la segunda Persona divina de la Trinidad (el Hijo) se encarna, sufre y muere para rescatarnos en concreto, no desde un Cielo inaccesible e insondable. Dios no nos pide “karmas” ni nos deja en la existencia reencarnándonos. Nos toma en serio, al punto de respetar nuestra libertad (sea o no sea a su favor) y al punto de sufrir y morir con nosotros, por amor a nosotros y para rescatarnos del sin-sentido que la existencia tendría si Dios no existiera o si principalmente no fuera, lo que por revelación sabemos que Él Es: Gracia o Gratuidad.

Quienes sostienen, por tanto, la tesis de la reencarnación, sólo les interesa, a mi juicio, perfeccionarse a ellos mismos, no les interesa entregar su identidad a quien siempre los toma en serio y está siempre dispuesto a rescatarlos: Dios-Trinidad (Padre e Hijo y Espíritu Santo). Eso no es tener fe. Es tener creencias y, más aún, ¡vanas creencias! que nos hacen perder nuestro sentido fundamental de dirección, convirtiéndonos en irresponsables con nosotros y esclavos de nuestras conveniencias.

Al recordar algunas frases de la película “Contacto”, podemos afirmar que la fe es una experiencia con Dios. Es una experiencia con su ser de Gratuidad. Dicha experiencia auténtica no se puede probar, ni siquiera explicar, pero todo lo que uno sabe como ser humano, todo lo que uno es, nos dice que fue real. Se trata de recibir algo maravilloso inmerecido e inmerecible, algo que nos cambia para siempre. Una visión del universo que nos dice innegablemente cuan pequeño e insignificantes somos y, a la vez, cuan únicos y valiosos somos todos y cada uno de nosotros. Una visión que nos dice que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos, que nos trasciende, nos llama y atrae con su Amor Gratuito y que nadie está solo. Quien tiene alguna vez esa experiencia real y auténtica con Dios en su vida, inevitablemente querrá compartirla; querrá que todos, aunque fuera durante un solo momento, pudieran sentir esa reverencia, esa humildad de Dios, esa esperanza sólida para sus vidas y en sus vidas.

Lo terriblemente duro del infierno es la plena conciencia de que Dios nos visitó en nuestras vidas una y otra vez, y una y otra vez lo ignoramos, nos pusimos la venda en los ojos, lo utilizamos para nuestras conveniencias (incluso las de tinte moral y espiritual) y lo negamos con nuestra vida entregada al egocentrismo y a la injusticia o a la maldad gratuita. En efecto, lo terriblemente duro del infierno, lo verdaderamente trágico está en la pérdida que supone; pérdida que se mide por la grandeza de lo perdido: la salvación o la felicidad eterna, la derrota del sin-sentido. Si Dios da la existencia, para que el infierno exista como tal, Él debe también estar en el infierno. Y está presente en aquellos que lo han negado con su vida, a los cuales, Dios no borra de la existencia, pues, se negaría a sí mismo y al hacerlo lo haría en su categoría correspondiente, es decir, absolutamente. No podemos darle sombra a un foco que emite luz, pero sí podemos ocultar la luz que emite poniendo objetos que no dejen ver tal luz. Los autocondenados ocultan dicha luz al fosilizar su egocentrismo, pero la luz sigue allí permitiéndoles existir para siempre, con la conciencia de que en conciencia negaron a Dios con su vida al no optar por el amor, la justicia y la gratuidad, principalmente demostrada y comprobada en el servicio y solidaridad con los más pobres y abandonados o con los carentes de polos de atracción o con aquellos por los cuales no convenía egocéntricamente decidirse.

Pecado en el sentido bíblico original hebreo significa “errar el blanco”. Es no estar en sintonía con el Ser de Dios que es de Gratuidad, es decir, que se da a Sí Mismo en cuanto Dios a cambio de nada. Por lo tanto, el “deber ser” es a partir de lo que Dios Es. Luego, “erramos el blanco” o pecamos cuando no amamos ni hacemos actos de gratuidad sobretodo con aquellos que no pueden retribuirnos, por ello, el examen final para el Evangelio tiene que ver con lo que hicimos o no hicimos a los más abandonados (leer Mt. 25, 31ss).

No es Dios quien condena, sino que es el pecador el que se condena a sí mismo. En consecuencia, el infierno procede siempre de nuestro lado, de la limitación o malicia de la propia libertad: sea lo que sea, significa algo que, de llegar a realizarse, es porque nosotros lo escogemos; por eso, ya ahora, se puede anticipar en una existencia torcida, entregada a la búsqueda del poder, el placer y la riqueza, como sentido último; entregada a la frustración y al vacío, como anticipo parcial de lo que un día puede ser su manifestación plena.

El infierno es entonces una posibilidad real, aunque el Evangelio es una Buena Noticia de salvación o esencialmente de rescate (redención), (Sb.1,13 ; 11,24 ; 1Tm.2,4 ; Lc.4,16ss ; Lc.15 ; 18,9-14 ; 2 Cor.1,18-19…”no he venido para condenar al mundo, sino para rescatarlo” Jn.3,17 ; 12,47). Sin embargo, el mismo Jesús alude al infierno sin necesidad de fundamentarlo, puesto que desde el Antiguo Testamento ya se admitía tal posibilidad de condenación { “sheol”= morada de los impíos (cfr.Salmos 16; 49 y 73) ; “Gehenna”= “el gusano que los devora no morirá, el fuego que los quema no se apagará” (Is.66) ; “oprobio” y “horror eterno” (Dn.12,2 ; Sap.5) }. En el Nuevo testamento, prevalece la imagen del “fuego eterno”. Al respecto, afirmamos que es un simbolismo, ya que se usaba el fuego como destino de lo ya inservible. Luego, el fuego designa la vaciedad de una vida sin la comunión con Dios. Es inútil, es una vida frustrada. Es la frustración del propio destino, que se dirigía a la Gloria o a la comunión cara a cara con Dios-Trinidad. Hay que decir además que, en escritos de otras religiones como la budista (en los Malamuli) ya se decía acertadamente: “cuando el hombre hace el mal, enciende el fuego del infierno y arde en su propio fuego”. El N.T. , muestra las imágenes del infierno como “fuego”, “tinieblas” y “gusanos” que como elementos incompatibles,

declaran por sí mismos, su calidad de sentido metafórico-psicológico, aunque evidencian la posibilidad de condenación (1 Cor.6,9ss ; 15,50 ; Ga.5,21 ; Ef. 5,5 ; Mt.25 ; Jn.3,19 ; 12,48 ; 15,22). Si las Sagradas Escrituras nos hablan del infierno es para que lo descartemos, y para que bajo ningún precio nos tenga que suceder…para que no elijamos condenarnos; para que tomemos consciencia de la seriedad del Reino de Dios, de la seriedad inmensa de esta vida (y no de otra pasada o de otras futuras), pues, es en esta vida (la tuya ; la mía) donde ha de realizarse una opción de consecuencias definitivas. La Biblia no habla de la “inmortalidad del alma”, sino de la resurrección de la carne o de los muertos, y principalmente de la resurrección de Jesucristo, con la cual, nuestro futuro está abierto hacia una vida que supera infinitamente la que estamos viviendo; es el encuentro cara a cara de la naturaleza, el hombre y Dios-Trinidad. La Resurrección de la esperanza contra toda expectativa. La vida en adelante es dramática, pero no trágica. No somos tristes viajeros al infierno y al sin-sentido de todo. El mito de Sísifo ya no es verdad. Un hombre consiguió transportar rodando la piedra hasta la cumbre de la montaña. Prometeo fue liberado. Ahora podemos exclamar: “Oh muerte ¿dónde está tu victoria?” (1Cor.15,55). Ahora podemos vivir sin miedo a morir y morir sin perder la vida, porque en Cristo Resucitado se han convertido en realidad todas las utopías, las ansias de todas las antropologías y religiones y de todos los mitos ancestrales.

El infierno no procede de la voluntad de Dios. No es creación de Dios. Dios no puede crear o querer el pecado; luego, tampoco puede crear o querer el infierno. Juan señala que el juicio condenatorio procede del condenado mismo, en cuanto que no cree, no acoge la Palabra de Salvación: “Y si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no lo condeno, pues, no vine para condenar al mundo sino para salvar al mundo. El que me desprecia y no acepta mis palabras, tiene quien lo condene: la doctrina que expuse, esa lo condenará el último día” (Jn.12,47-48).

Y la doctrina de Jesucristo es pura gratuidad. Quien diga conocer y amar a Dios ha de conocer y amar al pobre (a quien no puede retribuirnos; ante quien hemos de ser gratuitos). El cristiano no ama a los otros solamente “por amor a Dios”, sino que los ama “con el amor de Dios”…con gratuidad. Negarse a tal realidad y coherencia, es acercarse a la posibilidad de condenación. El juicio de condenación es siempre un autojuicio. De modo que no es preciso que Cristo condene a nadie. El hombre se basta por sí solo para perderse, cuando se substrae voluntariamente a la oferta de redención o rescate. Ahora bien, la objeción tan extendida: “Dios es demasiado Bueno para que el infierno exista”, es tremendamente superficial, pues, olvida que para que el infierno exista no es preciso que Dios lo haya creado o querido. Basta que exista el hombre, que opta consciente y voluntariamente por una vida sin Dios.

El hombre puede negar a Dios y construir una historia para sí, centrada en su propio yo, volviendo a Dios las espaldas. Sobre todo puede negar a ese Dios que le llama a través del prójimo, puede negar a Dios negando al hombre “imagen de Dios”. Y esto sucede de hecho. ¡ Cuántos hay que construyen su vida a expensas del prójimo, oprimiendo al prójimo, explotando al prójimo, violando sus derechos, torturándolo, haciéndolo desaparecer, etc. ¡ Dios se presenta de incógnito en la persona de los pobres y abandonados; pero ellos lo rechazan una y otra vez. Esos hombres que respiran y engendran odio, que prefieren ser siempre soberbios, que fríamente dominan, explotan, torturan, y asesinan, ya llevan el infierno dentro.(Ver: Eclesiástico 4, 1-6). Si se consolida esa actitud, se convierte en lo que la Biblia llama “muerte eterna”…, así como la gracia es comienzo real de “vida eterna”.

Es el hombre el que ha producido el infierno y su eternidad, aunque lo ha producido en el mundo creado por Dios y con los medios dados por Él. En la decisión final de nuestras vidas ante Dios, “nuestros pasos nos siguen” (Pascal). El hombre jamás ha creado un átomo de la nada, sino que ha transformado, combinado, o recreado la materia. Lo único que ha creado es al mismo tiempo lo peor que existe: el infierno…tal parece que no somos buenos para crear y hacemos muy mal el papel de dioses.

Dios estima la libertad humana a costa de todo riesgo, toma absolutamente en serio al hombre, como serios son el amor y la libre decisión. Por eso, junto a la vida que nos ofrece en Cristo, podemos siempre elegir la muerte, encerrándonos en nosotros mismos. Todo lo dicho aquí es irrefutable, a no ser que hablemos de un proceso “mecánico” de divinización de la creatura, en el que Dios es el único autor y actor responsable. Pero entonces no tenemos una persona, sino un robot programado y teledirigido. Dios quiere ser amado libremente. A nadie le interesa el amor de un robot. Tampoco a Dios. El amor de Dios es un don que no suplanta, no aniquila, sino que consagra la grandeza de la libertad. En este Plan de Salvación, Cristo se muestra impotente frente a una libertad que se cierra en sí misma y se obstina en el rechazo del amor ofrecido. Y notemos que Dios no está obligado a ofrecer eternamente su amistad, incluso rechazado una y otra vez…

¿Qué es entonces el infierno? Dejemos de imaginarlo como un “lugar” donde se está. Trazar un mapa del más allá es un intento pueril. ¡No hay geografía del más allá! Tampoco pensemos en diablos de cola y cuernos, en parrillas y tridentes…,engendros de imaginación morbosa. El infierno es una situación de vida. Es el hombre que, orientado por Dios a la participación de su misma vida, se percibirá a sí mismo con esta orientación, pero ya con la imposibilidad absoluta de poder realizarla

causa de su opción por el pecado, de su actitud libremente adoptada durante la vida. Habiendo vislumbrado lo que significa Dios para él, se sentirá atraído como por un imán potente, pero frenado al mismo tiempo por la locura de su opción nunca retractada. Muy figurativamente es como si uno fuera corriendo dentro de un tren hacia el lado donde esta Dios, pero el tren va exactamente a toda velocidad en el sentido contrario al cual yo corro. Es la experiencia de la frustración eterna.

El infierno es el endurecimiento de una persona en el mal; es el estado de un hombre que se instaló en su situación egoísta o de maldad gratuita y quedó petrificado, fosilizado en ella. El hombre cerrado en su propia existencia se frustra. Como decía Dostoievski “el infierno es el sufrimiento de quienes no aman”. En la vida sí o sí sufriremos pero ese sufrimiento puede no tener sentido. Lo único que duele al morir es que no sea por amor.

El infierno es el eterno repliegue sobre sí. Aquí también Dios respeta escrupulosamente la opción humana. El que se había elegido a sí mismo, tiene a la postre lo que quería: se tiene sólo a sí mismo, en el egocentrismo perfecto de una inviolable clausura. Soledad glacial. Silencio absoluto. Nadie habla con nadie. Nadie conoce a nadie. Se acabó todo diálogo, todo tipo de coexistencia. Tinieblas exteriores: noche existencial indescriptible fuera de la sala en que se sirve el único “festín de la vida”. El infierno es la vivencia de la pérdida y de la muerte, en plenitud.

El infierno es frustración existencial absoluta, de cuantos mueren sin estar vinculados al amor. Es el equivalente trans-temporal del egoísmo. No pueden realizarse a nivel personal ni siquiera en este mundo. Podrán conseguir éxitos, honores, dinero o placer, violar los derechos humanos y quedar impunes; pero en su condición de “imágenes de Dios” (que es de Amor Gratuito) quedan necesariamente frustrados ya, ahora, en esta vida. ¿Y tras la muerte? Continuarán la misma trayectoria: al entrar en un mundo donde sólo se cotiza el amor, ellos que han vivido de espaldas al amor se sentirán marginados y comenzarán a llevar una existencia absurda, sin salida, sin futuro…El infierno es la frustración atormentada de nuestra realización personal.

Pues bien, lo que llamamos “pena de sentido” es la consecuencia de la “cerrazón egoísta” del condenado, cuando se proyecta a sí mismo sobre el universo que le rodea. El condenado no experimentará el mundo como patria y hogar, sino como medio inhóspito que lo oprime sin tregua, del que no puede ni podrá jamás zafarse, porque es un ser-en-el-mundo, y no hay hombre sin mundo. C. Journet habla de “pena cósmica”. El hombre estaba hecho para dominar el mundo, la materia. Aquí la materia esclaviza al hombre.

La revelación bíblica acerca del infierno nos habla de su existencia real, no hipotética, es decir, no es una serie de paternas amenazas que nunca se realizarán. Pero el sentido de los textos del N.T. no es éste: “He aquí lo que les va a suceder”, sino este otro: “He aquí lo que a ningún precio les tiene que suceder”. Si el N.T. habla del infierno es para que no lo elijamos. Los textos no tienen como fin la “información del más-allá”. Tenemos que entenderlos como una seria admonición, como una urgente exhortación a entrar en el Plan Universal de salvación, con o sin iglesia!! Si estamos siempre dispuestos a aceptar a los demás, si no abandonamos, si estamos siempre a la expectativa de abrirnos a un tú, sea quien sea, entonces nos encaminamos hacia la salvación y la muerte no nos causará ningún mal; y el infierno será solo una posibilidad real, alejada de nuestra vida. Cristo quiere mantenernos en el amor, mostrándonos todo el peso de seriedad que el amor tiene. Quiere que realicemos nuestra salvación “con temor y temblor” (Flp.2,12), pero también con inmensa confianza en Él, porque Él camina al paso que podamos andar!!. Porque Él mismo nos ofrece el rescate cada día. Porque nos toma absolutamente en serio, al punto de respetar nuestra libre decisión ante tal oferta de sentido y de rescate o redención. En Él confiamos porque es el Mesías de la esperanza, porque es la razón de nuestra esperanza y la esperanza para nuestra razón también necesitada de rescate o de sentido. Él nos muestra cada día que todas nuestras esperanzas de resurrección y de sentido son en el fondo la resurrección de nuestros más íntimos y nobles anhelos como individuos y como comunidad humana, es decir, es la resurrección de la Esperanza, que consiste en hacer la experiencia de Dios: del amor gratuito; experiencia que cuando es auténtica llega a la contemplación de Dios-Trinidad que está ahí prometiéndose a Sí Mismo.

Concluyendo, es necesario afirmar nuevamente, que la libertad es para Dios algo serio que Él toma en serio. Dios salva todo cuanto puede, todo cuanto nuestra libertad finita le permite. Es decir, Dios salva aquel resto de bondad que parece no poder quedar anulado por ninguna acción mala… Todo ello resucitará con nosotros en el último día. La seguridad está sólo en lo fundamental, en lo que verdaderamente importa: que Dios es de Amor Gratuito y que sólo quiere y busca por todos los medios nuestra salvación, redención o rescate; que lo hace en el respeto, exquisito y absoluto, a nuestra libertad, la cual, puede resistirse, que sólo de esa resistencia procede la posibilidad de no-salvación que es el infierno; que sea lo que éste sea, tiene siempre algo de terrible y de irreparable para nosotros, pero que no es nunca un castigo de Dios, sino ante todo un gran dolor y una tragedia para Él, que en cada instante se la está jugando por cada uno de nosotros._

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