El desgarrador lamento de Rafaela

Jorge González Guadalix / De profesión cura

16.10.21
Ya ven mis amigos lectores que llevo tiempo sin escribir. Parte por unos días de vacaciones, parte, mayor en este caso, de cansancio eclesial, con mezcla de autocensura, comodidad y hartazgo. Pero Rafaela es mi debilidad, y si la encuentro, no digo cabreada, que eso significa que no pierde vitalidad ni ganas de vivir, sino abatida, me preocupa más, y lleva varios días muy tocada.

Rafaela ha pasado de las preocupaciones eclesiales a las meramente antropológicas. Para lo eclesial ha decidido agarrarse a su catecismo de Astete, la catequesis de la señorita Tina y los buenos oficios de don Manuel, su párroco allá por los años sesenta. Dice que con eso basta y sobra para asegurarse un rinconcito en el cielo. Lo que ahora le preocupa más es lo poco que se tiene en consideración a las personas, especialmente a los más débiles.

Se encocora con el aborto. A ver, cura, si es fácil: si no quien tener niños que no lo hagan, y si lo hacen hasta el más tonto sabe cómo apañárselas. El caso es que el pobrecito que se está formando no pinta nada. Se lo quitan de en medio porque no me viene bien, parece que pudiera estar enfermito o he roto con el padre. ¿Y la eutanasia? Pues lo mismo. Total, para que sufra, mejor damos la posibilidad de que termine de una vez.

Antes, me decía Rafaela, nos enseñaron que lo principal de este mundo era el ser humano, que las personas estábamos siempre en primer lugar. Y ya ves. Ahora no pintamos nada, y si somos enfermos o mayores, aún menos. Somos un desecho de la sociedad, gente que estorbamos y que encima cobramos pensión

Rafaela… ¿qué te pasa?

No te lo creerás, cura, pero llevo mucho llorado últimamente. Me ha dejado muy tocada ese proyecto de ley de bienestar animal que dicen que van a aprobar ahora.

Se supone que preocuparse del bienestar animal está bien… ¿no?

Me he leído todo el anteproyecto, ya ves. Solo dos cosas para empezar:

“Artículo 33. Obligaciones generales.

Las personas titulares o responsables de los animales de compañía deberán atenerse a las siguientes obligaciones:

1. Mantenerlos integrados en el núcleo familiar, en buen estado de limpieza e higiene.

2. Los animales que, por razones de bienestar, tamaño o características de su especie, no puedan convivir en el núcleo familiar, deberán disponer de un alojamiento adecuado, con habitáculos acordes a sus dimensiones y que los protejan de las inclemencias del tiempo, en buenas condiciones de esmero y pulcritud, de forma que se facilite un ambiente en el que puedan desarrollar las características propias de su especie y raza…

He leído también que no puedes dejar solo a un perrito más de veinticuatro horas…

Más aún, cura, mírate las sanciones, anda… Abandonar a un animal lleva multa de entre 30.001 a 100.000 euros. Alimentarlo con productos que no hayan superado los controles sanitarios, por ejemplo, de 100.001 a 600.000 euros.

¿Sabes, cura, cuántos ancianos quisieran convertirse en perritos? ¿Cuántos quisieran vivir integrados en el núcleo familiar, en buen estado de limpieza e higiene? ¿Cuántos, en caso contrario, tener acceso a un alojamiento adecuado? Así que no se puede dejar solo a un perrito 24 horas, pero un anciano se puede pasar días sin una visita o una simple llamada. Son muchos los mayores que viven en condiciones muy precarias, años llevan algunos sin salir a la calle por falta de un ascensor, pasando frío, hasta rebuscando en la basura para medio comer. Pero ya ves, no importa. Eso sí, como el perrito no coma bien te cae la del pulpo.

Esta es nuestra sociedad, cura. Una m. ¿Lo entiendes?

Lo entiendo, Rafaela. Que Dios se apiade de nosotros.

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