El cardenal Cupich ‘suena’ para la Archidiócesis de Washington

Carlos Esteban / InfoVaticana

 

 

El Vaticano calla ante la noticia de que el administrador apostólico de Washington y ex arzobispo, cardenal Donald Wuerl, mintió sobre lo que sabía de Theodore McCarrick, pero aumenta la presión sobre Roma para que se nombre pronto a un nuevo arzobispo. ¿Podría ser Cupich, para mantener la tendencia?

 

Es llamativo que de un Papa tan inconteniblemente locuaz, uno de los rasgos más notorios y que más peso está teniendo en su gobierno de la Iglesia sea el silencio. El silencio selectivo, meditado, deliberado; el silencio cuando el mundo entero -la Iglesia, al menos- espera una respuesta, alguna reacción. Es el silencio ante las Dudas de cuatro cardenales sobre puntos alarmantemente confusos de su exhortación Amoris Laetitia, el silencio anunciado ante las graves acusaciones vertidas por el arzobispo Carlo Maria Viganò en su célebre testimonio.

 

Y, ahora, el silencio ante la evidencia de que el cardenal Donald Wuerl, a quien dejó como administrador apostólico de la primera archidiócesis de Estados Unidos, Washington, después de demorarse cuanto pudo en aceptar su renuncia por edad con tres años de retraso, mintió al decir que no había oído rumor alguno sobre los abusos homosexuales del ex cardenal McCarrick.

 

El asunto es gravísimo, entre otras cosas porque lleva a la lógica conclusión de que si Wuerl sabía -como se ha demostrado- y dijo no haber oído nada y se mostró sorprendidísimo, hay más razones aún para pensar que los pupilos de McCarrick, Kevin Farrell, Joseph Tobin y Blaise Cupich conocían el asunto y mintieron igualmente. Después de todo, la prensa dio por hecho en su día que los nombramientos de estos dos últimos se debían exclusivamente a la ‘longa manus’ del todopoderoso arzobispo emérito.

 

Pero de Roma no ha llegado una palabra, ni siquiera de los adláteres del Papa: silencio. Y eso que, incluso en las mejores condiciones, la archidiócesis de la capital no es una sede que pueda quedarse vacante mucho tiempo, y las quinielas que se hacen ya no resultan especialmente.

 

Según Rocco Palmo, cronista que conoce los recovecos eclesiales como la palma de su mano, suena Cupich. Sí, parece bastante absurdo. El Papa se sintió obligado a aceptar la renuncia de Wuerl en medio de una fortísima campaña mediática, después de que el cardenal apareciese citado 68 veces en el informe del gran jurado de Pensilvania, y una campaña similar se ha montado ya para echar a Cupich de Chicago.

 

Cupich tiene un historial preocupante en el asunto que más se debate, el del encubrimiento de abusos sexuales clericales, llegando a reconocer que supo de algunos casos y que no hizo nada por denunciarlos, por no hablar de sus penosos intentos por quitar hierro a todo el escándalo alegando que el Papa tenía otras cosas más urgentes e importantes de qué ocuparse como… el medio ambiente.

 

De hecho, Palmo no cree probable que el Papa ‘se atreva’ a llevar a Cupich a Washington. Y, sin embargo, cuadra a la perfección con lo que sabemos de la política de nombramientos (y ceses) de Francisco. Para empezar, ya le ha nombrado coordinador y organizador del encuentro episcopal del mes que viene para tratar el asunto de los abusos, un espaldarazo que ha sorprendido a muchos e indignado a otros tantos.

 

Si la experiencia de estos casi seis años es una indicación, sabemos ya que Francisco aborrece que la presión pública condicione sus nombramientos. Rechazó hasta tres veces la renuncia que le presentó el obispo chileno Juan Barros, negándose a creer lo que voceaban todas las víctimas del pederasta padre Karadima en el sentido de que el obispo emérito de Osorno había sido cómplice pasivo del acusado.

 

En el caso más reciente, Zanchetta, lo nombró obispo de Orán, en Argentina, apenas llegado al solio pontificio, aceptó su renuncia “por enfermedad” cuando las acusaciones de abusos amenazaban con hacerse públicas, y a pesar de estar acusado, entre otras cosas, de ser un pésimo administrador creó para él luego un cargo administrando las extensas propiedades vaticanas en la APSA.

 

Tampoco es exactamente un secreto que el Papa premia con nombramientos clave más la lealtad que la competencia, como puede verse en los casos del propio Zanchetta y de su confidente y compatriota Víctor Manuel ‘Tucho’ Fernández, a quien ha premiado con la Archidiócesis de la Plata pese a su exiguo y cuestionado historial eclesiástico.

 

Por último, y esto parece ya una verdadera maldición, el Papa parece tener especial querencia por prelados de oscuro pasado, conocidos por sus debilidades o de ortodoxia cuestionada: una vez más, Zanchetta, pero también su ‘hombre’ en Latinoamérica, el cardenal hondureño Óscar Rodríguez Maradiaga, monseñor Battista Ricca, el cardenal Reinhard Marx, el propio cardenal McCarrick -a quien sacó del retiro para encomendarle delicadas negociaciones diplomáticas-, el cardenal Errazuriz y, en fin, otros tantos.

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