EE.UU.: la ‘túnica inconsútil’ y la rebelión del votante católico

Los americanos se encuentran con las urnas tras la pasada victoria a Donald Trump

Este martes se celebran elecciones legislativas en Estados Unidos, el primer encuentro con las urnas de los americanos tras las pasadas presidenciales que dieron la victoria a Donald Trump y aunque, naturalmente, el votante sopesará el valor particular de cada candidato, la prensa las considera en buena medida como un referéndum sobre el polémico presidente. Pero desde la perspectiva del votante católico tienen una importancia adicional: comprobar hasta qué punto el consejo de la jerarquía y la tradición (con minúscula) siguen teniendo peso en su voto.

En este caso, por ‘tradición’ no nos referimos a la Tradición de la Iglesia en absoluto, sino al hecho de que, tradicionalmente, el voto católico es voto demócrata, es decir, centro-izquierda. Siendo el catolicismo una denominación originalmente minoritaria y denostada, asociada a los estamentos de población obrera y emigrante -irlandeses, polacos e italianos-, votar demócrata suponía para los católicos votar contra el ‘establishment WASP’ (blanco anglosajón y protestante).

De hecho, los demócratas fueron los primeros en llevar a un católico -John Fitzgerald Kennedy- a la Casa Blanca, un suceso que conmocionó tanto a los intereses tradicionales del país que el propio JFK tuvo que proclamar públicamente que su fe no interferiría en sus decisiones políticas, ya que los alarmistas pintaban a los políticos católicos como marionetas de “una potencia extranjera”, el Vaticano.

Que Kennedy no se dejó llevar por sus creencias -de tenerlas realmente- es algo que quedó meridianamente claro. Pero el voto católico se mantuvo, con altibajos, demócrata, y aun hoy es común encontrar numerosos católicos nominales entre las primeras filas demócratas, como el ex vicepresidente Joe Biden o la líder demócrata en el senado, Nancy Pelosi.

La jerarquía eclesiástica no solo ha sido también tradicionalmente demócrata, sino que ha llegado a situarse sustancialmente a la izquierda de los fieles. Y el primer obstáculo con el que tropezaron para mantener su línea ideológica no habría de llegar hasta que, en la cuestión central del aborto, el Partido Republicano fue posicionándose más y más hacia posturas provida, mientras que los candidatos demócratas se decantaban por el ‘absolutismo abortista’.

Ese era el dilema. La Iglesia no podía, en ningún caso, defender o siquiera disculpar o infravalorar el aborto. ¿Cómo, entonces, se podía seguir apoyando a políticos abortistas, en ocasiones frente a candidatos provida republicanos? El dilema parecía insoluble hasta que el arzobispo de Chicago, Cardenal Joseph Bernardin, desarrolló a principios de los ochenta una ‘doctrina’ que denominó “la túnica inconsutil” (seamless garment), tomando la imagen del relato evangélico.

Bernardin, uno de los prelados más influyentes y progresistas de la iglesia americana entonces, explicó que la actitud del católico ante las cuestiones políticas relativas a la vida tenía que ser ‘integral’, no centrada en un solo aspecto como podía ser el aborto, sino considerando todas las demás cuestiones, tales como políticas sociales o inmigración. Es decir, según la teoría de Bernardin, un católico podía votar por un político abortista -es decir, demócrata cada vez más a menudo- en buena conciencia si sus propuestas políticas, entendidas globalmente, iban a hacer previsiblemente más bien que mal o podían evitar un mal mayor.

Imaginen el suspiro de alivio agradecido con que sus colegas en el episcopado, cada vez más comprometidos con las políticas de izquierdas, recibieron esta coartada intelectual. Por lo demás, no es algo que se limite a la política americana, aunque se haya desarrollado especialmente en ese país: mezclar protección de la vida del no nacido con el destino de los inmigrantes, la sanidad pública o las mejoras en política social es algo común en toda la jerarquía católica de Occidente.

Especialmente importante para los obispos católicos es el asunto de la inmigración en el que, como Su Santidad, defienden la llegada irrestricta de inmigrantes, sin distinguir entre legales e ilegales. En su caso, por lo demás, se cruzan cuestiones de interés evidente: la apostasía católica crece en Estados Unidos como en cualquier otro país occidental, y para cubrir las ‘bajas’, la entrada de millones de inmigrantes procedentes de países católicos es una bendición. Eso, sin contar con que un 40% de los fondos públicos que recibe la iglesia americana están destinados a programas de integración de inmigrantes.

Pero los vientos están cambiando, y no solo en Norteamérica. El votante católico parece haberse divorciado de su jerarquía, y cada día hace menos caso a sus consejos políticos; mayoritariamente, quedan a la derecha de sus obispos. Lo hemos visto en la propia Italia, cuya conferencia episcopal ha apoyado con pocos o ningún disimulo al Partido Democrático, gran perdedor en las últimas elecciones, y no desaprovecha ocasión para denostar a la Liga de Matteo Salvini, pese a ser el partido más votado por los fieles.

También en relación con lo que ha sucedido en las elecciones presidenciales brasileñas,  la primera potencia demográfica del catolicismo… por ahora. Allí los católicos han llevado su rebelión al punto de elegir a un pentecostal, Jair Bolsanaro. “Los católicos -escribe Montesinos- no han escuchado a sus obispos. Y es que, aunque ellos piensen que sí, ni el Partido Laborista ni la Conferencia Episcopal representan al pueblo brasileño”.

Y Trump, naturalmente. En realidad, el alineamiento de la jerarquía eclesiástica con la izquierda política en general desde las postrimerías del Concilio Vaticano II ha sido una deriva que se ha mantenido durante décadas, pero que ahora podría pasarle factura, porque el electorado que se mantiene fiel a la Iglesia empieza a dar la espalda a una tendencia cada vez más claramente incompatible con los valores morales del cristianismo. La ‘túnica inconsutil’ de Monseñor Bernardin se ha estirado tanto que empieza a dar signos de rasgarse.

 

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