Dios posibilitador trascendente de todas las realidades posibles

Una fe inteligente en la Naturaleza, logra concebirla como Creación-evolutiva de Alguien que existe como Misterio porque es absolutamente Otro, que no somos nosotros, y sin embargo, está en nosotros y actúa por medio de todo lo que existe (cfr. Ef. 4, 6). Luego, el ser de Dios, no sólo hay que pensarlo como la suprema realidad para todas las posibilidades realizadas, sino también como la posibilitación trascendente de todas las realidades posibles.

Según Karl Jaspers la fe es el acto de la existencia, en que se adquiere consciencia de la trascendencia en su realidad[1]. Por ejemplo, cuando soy amado por alguien, verifico que estoy siendo, que existo en verdad, porque alguien me verifica, me reconoce realmente y hace un acto de fe en mi persona y entonces puedo adquirir consciencia de la trascendencia que tiene el hecho de ser amado, en la libertad de mi existencia. El amor es la verdad de la libertad. Conocemos en la medida que amamos, decía San Agustín. A fortiori, no basta aceptar nuestra procedencia natural, sino contemplar, amar y conocer la Naturaleza como la Madre Tierra, como Creación de Dios, darle ser en nuestro ser, no de manera romántica, sino concreta y responsable. Se trata de depositar una fe en la naturaleza, verificarla en su existencia, y aunque parezca extraño decirlo: hacerla real!!. Importa que ella nos importe; y construyamos en consciencia, nuestra propia relación profunda con ella, prodigándole nuestro cuidado y comunión. El libro bíblico del Génesis alude a una comunión original entre ser humano y naturaleza, y en virtud de ello, YaHWeH – Dios, dice al hombre que labre y cuide la tierra (Cfr. Gn. 2, 15; relato yahvista de la creación). Hemos entonces de labrar, conservar y cuidar la Naturaleza al modo de un jardinero, y no enfocarnos a un cultivo exhaustivo y a una explotación irracional, que rompe tal comunión, dañando nuestra única Casa. Creo que es ésta la visión bíblica que debe iluminar el dominium terrae de Gn. 1, 28 o el “someter la tierra”. Tal mandato concede un señorío al hombre, pero no lo autoriza a apoderarse de la naturaleza. Dicha autoridad, en cambio, lo responsabiliza frente al Creador.

Hay una interrelación dinámica entre naturaleza, libertad y fe. Efectivamente, los seres humanos somos lo que hemos heredado (naturaleza) o lo que hemos aprendido y hemos optado (libertad), y cómo nos hemos elegido ser, para asumir la propia vida como una misión (fe). Se trata de decidir hacer un acto de fe en la naturaleza de mí ser, como parte única, irrepetible e irrenunciable del Universo y en la Naturaleza. Tenemos que reconocer nuestro error: habernos alejado de la Naturaleza, olvidándonos de que somos Tierra, de que ella es el único Hogar que tenemos y que nuestra misión es cuidarla. Debemos hacerlo con la tecnología que hemos desarrollado pero asimilada dentro de un paradigma de sinergia y de benevolencia, de una fe inteligente en Dios Creador.

Salimos de la fe muchas veces y volvemos a ella. Vamos de la fe a la duda, del sentido al sin-sentido. Pero en nosotros hay como un polo magnético que termina rindiéndose al poder del imán de sentido y nos hace tomar consciencia de la trascendencia de nuestras decisiones, en nuestra existencia. La necesidad de sentido permanece aún cuando todo se torna en nada. La razón no se atreve a luchar contra tal necesidad, sino que la sostiene. En la naturaleza somos los únicos entes a quienes mediante su existencia se nos revela el ser. La existencia es posible sólo con otra Existencia. Si somos, no es por nosotros mismos. Nos descubrimos como misterio, pues, sabemos mejor todo lo que no somos nosotros mismos, que aquello que podemos llegar a ser cuando decidimos ir al encuentro del máximo Misterio. Así logramos trascendencia y nuestra búsqueda libre tiene una dirección cuyo contenido es la fe. Es como si el auto que conduzco es mi libertad, el camino es el sentido y todo el sistema de dirección del auto es la naturaleza y el manubrio es la fe. Por el hecho de existir, cuento con una inteligencia de la Fe, porque tengo el sentido común e instinto de caminar o de conducirme hacia el máximo Misterio y Existencia; cuento con la consciencia de que busco sentido, lo que me otorga certidumbre acerca de que si hay una sed, existe una Fuente, es decir, tengo una certidumbre de la trascendencia; y en mi espíritu humano (consciencia-voluntad-libertad-capacidad de amar y ser amado) tengo la convicción de llamar a dicha Fuente, no sólo Dios, sino, mi Dios y reconocerlo como mi Creador. No se trata de una divinización de la naturaleza (“naturo-teísmo”) para tener fe en ella. Pues, no todo es Dios (panteísmo), sino que Dios es Todo. Se trata de un “pan-en-teísmo”, es decir, todo en Dios. Tampoco se trata de una naturalización del hombre para relativizar su lugar en la creación. Lo que afirmamos es la necesidad de una metanoia o un cambio de mentalidad. No entendemos porque buscamos lo correcto, pero lo correcto lo consideramos aquello que estamos de acuerdo. No nos abrimos a la posibilidad de que todo lo que consideramos correcto esté equivocado. Tener fe en la naturaleza supone un cambio de mentalidad en nuestra relación con ella. Parafraseando a Einstein, podemos decir que la fe que creó el problema no puede ser la misma que lo solucionará… Jesús tenía razón: si no nos convertimos, es decir, si no cambiamos este tipo de pensamiento y de práctica hacia una línea de cooperación universal, jamás llegaremos a un consenso salvador. E iremos al encuentro de los 3° celsius de calentamiento global, con sus dramáticas consecuencias.

Hemos errado al considerar en la Historia total la primacía de la historia del ser humano. No se entiende la historia humana con la naturaleza como una parte de la historia de la naturaleza, sino que se concibe la naturaleza como una parte de la historia humana. Se nos ha educado con una concepción ahistórica de la naturaleza y una concepción de la Historia absolutamente desvinculada de la naturaleza. La educación debe asumir este desafío y sincronizar la historia de ambas; y desarrollar la ciencia y la tecnología en consonancia con la naturaleza, no en contra o a costa de ella. En síntesis el cambio de mentalidad que urge es considerar a la Tierra como un único Organismo viviente (según J. E. Lovelock lo propuso en 1979: “Hipótesis Gaia”) y superar nuestro antropocentrismo mediante un teocentrismo cosmológico, para dar dimensiones humanas y naturales a la historia. Es interesante observar en el relato bíblico de la creación que las criaturas naturales no han sido hechas a causa del hombre, sino que los hombres fueron creados para la gloria de Dios, para el Sábado, para adentrarse en la eternidad de Dios sin perder su libertad ni identidad, para hacer fiesta con su Creador. El cristianismo celebra el domingo y las fiestas mesiánicas de la historia salvífica de Cristo. No conoce la fiesta de la creación. El judaísmo celebra las fiestas de su historia salvífica, pero celebra sobretodo el sábado (Sabat) de la creación. Es necesario y oportuno que también el cristianismo recuerde y celebre el sábado de la creación. La existencia cristiana no desplaza a la existencia judía, sino que depende de ella, y comparte con ella la comunión del camino.

El indispensable cambio de mentalidad ha de tomar seriamente las palabras de A. Einstein: “ciencia sin religión es coja o manca y religión sin ciencia es ciega o tonta”. Efectivamente, si hay dos fuerzas poderosas en el mundo son la ciencia y la religión. Ambas se complementan, pues, la ciencia nos descubre cómo existimos y la Fe nos revela por qué existimos. Pero la ciencia, hasta hoy, no ha respetado la alteridad de los seres. Se colocó encima, dominándolos. Y la religión todavía no se ha librado de su fundamentalismo en la lectura de los textos sagrados. Muchos no caen en la cuenta, que manteniendo su fe, pueden reconocer la realidad como creación-evolutiva y conservar la validez de los dogmas más genuinos del cristianismo, pues, reformularlos no es desmentirlos. La arrogancia de lo absolutamente verdadero destruye la verdad en el mundo. La libertad unida a la humildad, nos permite la liberación de los dogmatismos eclesiales, espirituales, políticos e intelectuales, pero no al modo de una rebeldía adolescente (emancipación), sino de un discernimiento adulto, realista, honesto e inteligente. En conclusión, la salvación de la Tierra no caerá del cielo. Será fruto de la nueva corresponsabilidad y del renovado cuidado de toda la familia humana. La religiosidad cristiana ha de rectificar y superar en su predicación concebir “el cielo” (…“ir al cielo”) como algo para cuando uno se esté muriendo y “el infierno” como algo que está en la tierra, pues, ello aporta desmedro a nuestra única Casa. El “Cielo” debe significar la apertura trascendente de todos los sistemas de la materia. “No está Dios donde está el cielo, sino que éste se encuentra donde está Dios”.

Una fe en la naturaleza señala tres pasos en nuestra existencia: somos libres buscadores de sentido en conexión con la naturaleza (anthropos; lo específicamente humano); luego, buscadores de lo eterno o de una trascendencia en la naturaleza y el cosmos: imago mundi (representantes de todas las demás creaturas ante Dios); y finalmente, buscadores de El Eterno, asumiendo lo que somos: imago Dei (imagen de Dios ante la naturaleza). Los seres humanos estamos destinados a interceder ante Dios por la comunión de la Creación, la cual, “gime con dolores de parto” esperando el tiempo en “que Dios sea todo en todos” (cfr. Rm. 8, 19-23; 1 Cor. 15, 28). Los seres humanos somos al mismo tiempo imago mundi e imago Dei, pues, tenemos la dignidad y responsabilidad de representar a la creación ante Dios y a Dios ante la creación. Se nos ha dado la misión de preparar la fiesta de la creación (…fuimos creados cronológicamente justo antes del Sábado…). En la historia de la creación el cielo y la tierra están al principio y los hombres al final, antes del Sábado; y en la historia de la redención los hombres están al principio, y al final, la nueva creación del cielo y tierra: la Transparencia del Dios que actúa por todo y lo llena todo.

[1] Cfr. Karl Jaspers, “La fe filosófica”, (Conferencias pronunciadas en la Universidad de Basilea, Suiza, en 1947), Ed. Losada, Buenos Aires, 1953, pág.23

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