Defendemos, no atacamos

Yo no sé si con esos juicios tan condenatorios sólo estén haciendo una autodefensa de su propia vida, pues algunos rechazan cualquier norma moral y toda referencia al Evangelio, aduciendo una libertad que sólo obedece a lo que el cuerpo, los propios sentimientos y las modas culturales aceptan como valederos. ¡Cómo hacen falta católicos bien cimentados en su fe que sepan defender sus convicciones, con razones y bases humanas, también en las palestras públicas, a pesar de críticas e persecuciones!

Hemos recibido denuncias de que discriminamos a quienes prefieren vivir en convivencia marital con alguien de su propio sexo, por el hecho de defender nuestra convicción de que el verdadero matrimonio sólo es posible entre un hombre y una mujer que se aman y están abiertos a generar nuevas vidas. La Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público del país reconoce nuestro derecho a difundir lo que indican la Biblia y el Catecismo de la Iglesia Católica. Así lo aceptó la Secretaría de Gobernación cuando nos otorgó la personalidad jurídica, desde 1992. Y esta es la doctrina que debemos defender; ¿por qué, entonces, nos quieren limitar este derecho? No atentamos contra el laicismo oficial.

Defender el matrimonio conforme a nuestra fe no es discriminar; no es atacar, ni incitar al odio. A nadie negamos que pueda cohabitar con quien quiera. Siempre lo han podido hacer, con leyes y sin ellas. Sólo luchamos por que no se califique como matrimonio a una unión entre personas del mismo sexo, pues la raíz etimológica de esa palabra tiene que ver con la maternidad, que es imposible, biológicamente, en esas uniones. Y no es cuestión sólo de palabras, sino de toda la cultura que hay atrás de las mismas. Y así como defendemos nuestra fe, tratamos de servir a los excluidos.

PENSAR

El Papa Francisco recuerda la palabra de Jesús: “He venido a traer un fuego sobre la tierra. Y cuánto desearía que ya estuviera encendida” (Lc 12,49). Y comenta: “El fuego del cual habla Jesús es el fuego del Espíritu Santo, fuerza creadora que purifica y renueva, quema toda miseria humana, todo egoísmo, todo pecado, nos transforma desde dentro. Si nos abrimos completamente a este fuego que es el Espíritu Santo, él nos donará la audacia y el fervor para anunciar a todos a Jesús y su confortante mensaje de misericordia y salvación, navegando en alta mar, sin miedos. La Iglesia necesita la ayuda del Espíritu Santo para no ser paralizada por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarse a caminar dentro de confines seguros. La valentía apostólica que el Espíritu Santo enciende en nosotros como un fuego, nos ayuda a superar los muros y las barreras, nos hace creativos y nos impulsa a ponernos en marcha para caminar incluso por vías inexploradas o incómodas, dando esperanzas a cuantos encontramos. Con este fuego del Espíritu Santo, estamos llamados a convertirnos en personas llenas de comprensión, con el corazón abierto y el rostro alegre. Hoy más que nunca se necesitan sacerdotes, consagrados y fieles laicos, con la atenta mirada del apóstol, para conmoverse y detenerse antes las minusvalías y la pobreza material y espiritual, caracterizando así el camino de la evangelización y de la misión con el ritmo sanador de la proximidad. Es precisamente el fuego del Espíritu Santo que nos lleva a hacernos prójimos de los demás, de los necesitados, de tantas miserias humanas, de tantos problemas, de aquellos que sufren” (14-VIII-2016).

ACTUAR

Seamos valientes y creativos para que nuestras familias conozcan y sigan el camino que Dios les ha establecido, y al mismo tiempo respetemos a quienes piensan y viven en forma diferente. Ofrezcamos la luz de nuestra fe a quien la quiera recibir, sin imponer a nadie lo que a nosotros nos hace felices.

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