Cuidar el ecosistema natural a través de un Ecosistema de Fe

La Tierra es un momento de la evolución del cosmos, la vida es un momento de la evolución de la Tierra, y la vida humana, un momento posterior de la evolución de la vida. Por eso, con razón, podemos decir: el ser humano es aquel momento en que la Tierra comenzó a tener espíritu: consciencia-voluntad-libertad-capacidad de amar y ser amado. Somos la parte consciente de la Tierra. Decidir y querer reestablecer una relación de fe con ella de manera consciente e inteligente, con amor y comunión, constituye un Ecosistema de Fe o Espiritual, que protegerá el ecosistema natural. La concreción de ello, puede incluso dar lugar a la aparición de otros Franciscos de Asís, con otro modo de habitar el mundo, junto con las creaturas, conviviendo con ellas. En una perspectiva de fe, cada ser expresa al propio Creador. Al captar a los seres como valor intrínseco, surge en nosotros el sentimiento de cuidado y de responsabilidad hacia ellos, a fin de que puedan continuar existiendo y coevolucionando. En ese tipo de personas se almacena la fe como experiencia y nos enseñan que la fe no es una idea o creencia ni religión, sino vida. Quien ha experimentado a Dios ama la vida y su Creación.

Si las especies continúan o se extinguen, si los suelos y el aire se mantienen puros o contaminados, depende de decisiones humanas. Tierra y Humanidad están formando una única entidad global. Es fundamental un Ecosistema de Fe en Dios Creador para la conciencia de la interdependencia entre todos y de la unidad entre Tierra y humanidad.

Dios: la “luz” del Ecosistema de Fe

Todos somos hijos del sol. Sin el sol ningún ecosistema natural es posible. Simplemente no existiríamos. Desde la infancia de la humanidad siempre hemos tenido la experiencia de intuir la existencia de un ser Superior y hemos percibido que no podemos vivir sin el Sol. La palabra “Dios” en sí es prueba de ello: “Dios” viene del latín “Deus”, que a su vez viene del griego “Theós” o “Zéus”, que viene del indoeuropeo “dia”, que indica o significa: “Luz”. En conclusión, “Dios” significa “Luz” y la luz siempre la hemos relacionado con la Vida, con lo Bueno y con el Amor, por ello decimos por ejemplo: “ella dio a luz” o “los hijos de la luz” o “bendita la luz de tu mirada”, etc. Dios es la Luz, el Sol de un ecosistema de fe o espiritual. Aquellos que han tenido la experiencia de una muerte cercana o muerte clínica, no importando, raza, sexo, edad, tiempo histórico, cultura…posteriormente narran el haberse visto en un túnel oscuro dirigiéndose hacia un punto de luz al final de éste. Seguramente esa ha sido una experiencia desde tiempos remotos que ha ocurrido a algunas personas y que posteriormente compartieron con sus pares o en su tribu y que ayudaron a relacionar esa luz con la existencia de un Ser Superior y Personal que los recibe y espera, para sentirse protegidos… Dicha experiencia, se sabe actualmente, es un hecho netamente natural o biológico, ya que la falta de oxígeno en el cerebro al morir y al mismo tiempo la atrofia del nervio óptico da una visión o imagen de perspectiva hacia un punto de luz y una sensación de sentirse liviano o de salir del cuerpo y levitar; y que además, simultáneamente la glándula pituitaria, secreta muchas endorfinas y analgésicos en el momento de morir, que hace que la persona se sienta en paz o restaurada. Sin embargo, podemos afirmar desde una opción creyente, que es Dios quien ha dispuesto en la naturaleza esa situación biológica al morir para que así cada uno de nosotros tenga la ocasión de entregar su ser a la Luz en el momento de fallecer. Efectivamente, es como si atrapado al fondo de una mina, yo viera en un momento un rayo de luz del sol, innatamente me dirigiré por completo hacia esa luz. En conclusión, podemos decir que la Gratuidad de Dios ha dispuesto dicha experiencia biológica y natural en el momento de la muerte de un ser humano para facilitar nuestra entrega en el momento de morir.

Somos cuerpo-espiritual y espíritu-corporal para crear un Ecosistema de Fe

No hay un solo concepto que unifique lo que sentimos con respecto a Dios al mismo tiempo: amor-temor. La naturaleza concentra ambos sentimientos. Ante ella la simultaneidad de ambas emociones nos lleva a la contemplación, donde entramos en conexión con todo, pues, nunca la comunicación es tan profunda como cuando no se dice nada ni el silencio más elocuente como cuando nada se comunica. La religión es la contemplación del universo por quienes somos naturaleza-espíritu y, en consecuencia, “primus inter pares” (primero entre los iguales) en la creación. Lo que nos diferencia de los animales es la dimensión espiritual que hay en nosotros. Cuando decimos espíritu humano, no nos referimos a algo etéreo o místico; sino que dicho concepto encierra la experiencia simultánea y específicamente humana de la “consciencia-voluntad-libertad-capacidad de amar y ser amado”. Se trata de una realidad inmaterial o espiritual, porque no puede ubicarse en ninguna parte del cerebro o del cuerpo, y sin embargo existe. Por lo tanto, nuestra realidad espiritual no es producto de la evolución de la materia, porque si así fuese, se ubicaría en una parte material de nuestro cuerpo o cerebro, que son de materia. En consecuencia, nuestra dimensión espiritual es dada por Alguien (no algo) o por un Ser Personal Superior; no inferior, pues, de “lo menos” no puede venir “lo más” o de algo no puede originarse “Alguien”. No existe en nuestra dimensión un espíritu humano, sin su cuerpo humano y viceversa. En tal sentido, es muy interesante cuando la Biblia menciona la resurrección de la carne o de los muertos o la dimensión del cuerpo resucitado o glorioso, denominándola como: sw’ma pneumatikovn (soma-pneumaticón; 1 Cor. 15, 44), que se traduce por cuerpo-espiritual o espíritu-corporal. Nuestras experiencias como ser humano se verifican definitivamente en nuestra realidad corporal. El “soma-pneumaticón” no es una esencia, ente o energía o algo etéreo que se fusiona en una Energía universal (como lo postulan los esotéricos y reencarnacionistas), sino que se trata de alguien que sigue siendo idéntico a sí mismo y se plenifica en la medida que se adentre en la realidad eterna de Dios, su Creador. Es ésta la realidad que nos permite fundar un ecosistema espiritual o de fe en el Creador, comprendiendo todo en Dios.

El Ecosistema Espiritual o de Fe verifica que Dios actúa por todo lo que existe

Dios no puede estar solamente más allá de todo lo que existe (categoría de un ser Trascendente) que al final termine sacándolo de toda contingencia y del mundo que construimos. Ni sólo puede estar en lo que existe para que exista, ya que sólo Él da la existencia; o existir sólo atrapado por la realidad del Universo y por la del mundo (categoría de un ser Inmanente). Si Él es sólo Trascendente, entonces podemos vivir como queramos y tendrá que comprendernos de todas maneras, porque solamente sabremos quién es Él y de su eternidad cuando lleguemos a su ciudad celestial o al paraíso. Es como si Él hubiera sido nada más que el puntapié inicial del partido (deísmo) y el resto es problema nuestro. Estaríamos así, ante un Dios no comprometido con su creación. Por otro lado, si Él es sólo Inmanente, estaría atrapado en nuestra realidad espacio-temporal y el Universo sería Dios o divino (panteísmo). En suma, tenemos entonces un callejón sin salida: Dios no puede ser sólo trascendente ni sólo inmanente. ¿Cómo es entonces, su Presencia? Acudamos al texto bíblico de Efesios 4,6 en su original bíblico en koiné: ei|” qeo;” kai; path;r pavntwn, oJ ejpi; pavntwn kai; dia; pavntwn kai; ejn pa’sin: “Hay un sólo Dios y Padre de todos, el cual Es-Está por encima de todo y actúa por todo y en todos”. Si ese Dios Trinitario Único está sobre todo, trasciende todo lo que existe y al mismo tiempo está en todo lo que existe para que exista, es porque actúa por todo lo que existe, es decir, es Transparente. El texto nos revela de que hay una categoría intermedia entre la trascendencia y la inmanencia: la Transparencia de Dios, que significa la presencia de la trascendencia dentro de la inmanencia. La transparencia no excluye, sino que incluye; participa de ambas. La presencia de Dios Trinidad no es estática en su Cielo o no es un Motor Inmóvil, sino que es una Presencia dinámica que actúa por todo lo que existe. En consecuencia, significa la Presencia de Dios dentro del mundo.[1]

El Ecosistema de Fe es determinado por la pericoresis Trinitaria

El ecosistema natural es un conjunto de partes interdependientes que funcionan como una unidad, lo cual, podemos considerarlo como manifestación de la pericóresis intra-trinitaria (interdependencia subsistente de las Personas divinas), en la naturaleza. Mediante el espíritu estamos unidos con el entorno natural. Esta unión es un sistema humano-natural y exige ser llamado ecosistema espiritual. Vivimos en y de la tierra. Los hombres son, pues, componentes y subsistemas del sistema cósmico de la vida, y del Espíritu divino que habita en él. La teología cristiana durante siglos de reflexión describe la revelación de Dios Trino, justamente como la interdependencia e interrelación eterna de Tres Personas Divinas que son Unidad. El gran teólogo francés H. De Lubac, al respecto, afirma que “Dios no es soledad sino ek-tasis, salida total de sí mismo. Y esto significa que el misterio de la Trinidad nos ha abierto una perspectiva enteramente nueva: el fundamento del ser es communio”. Creer, trinitariamente significa volverse comunión con Dios, con la Creación, las creaturas y con los hermanos o prójimos.

Racionalmente podemos llegar a la conclusión que Dios es Uno e insustituible, pues, no pueden existir dos eternos; pero no podemos concluir racionalmente que Dios está formado por tres personas divinas. Tal dato es un dato revelado en la Biblia (Cfr.: Mt.28,19; Gn.1,26; Dt.6,4; 2Cor.13,13; 1Ped.1,2; Ef.4,4-6, 1Cor.12,4-6, etc), que fue entendido y definido de manera dogmática luego de tres siglos de reflexión teológica, y se concentró en el concepto de “Trinidad”. Creemos en el Dios Único pero no solitario; en el Dios Trinidad de Tres Personas Divinas en Comunidad Eterna y Feliz; donde lo que el Padre da al Hijo es Él Mismo y lo que el Hijo da al Padre es Él Mismo; y en donde dicha entrega completa, eterna y perfecta es el Espíritu Santo, que es el Amor o el “Nosotros” del Padre y del Hijo en Persona, donde si uno de ellos Tres faltase el otro no podría existir; …Dios Mismo no podría Ser. Eso es Pericóresis (cfr. Jn. 17, 21). Si Dios en su propia realidad, no tiene la experiencia de ser Persona y del darse por completo, no podría darse a Sí Mismo a cada uno de nosotros, en cuanto Dios, a cambio de nada. La revelación bíblica de que Dios es Trinidad penetra la realidad de los ecosistemas naturales y del ecosistema de fe, que nos permite entrar en comunión e interdependencia.

Padre e Hijo y Espíritu Santo, no son tres concreciones de Dios solamente para nosotros. Son también para Dios, porque Dios se manifestó así como Él mismo es. En caso contrario, Dios no se habría autocomunicado a sí mismo. Nos habría comunicado algo diferente, creado y derivado. La Trinidad es la Realidad última y absolutamente original. Hacer la experiencia real de la persona, es hacer la experiencia de aquella realidad que la Trinidad significa: del Misterio absoluto sin origen (Padre), que se autocomunica (Hijo), pero que no pierde su unidad fundamental, porque retorna completamente al misterio de su origen (Espíritu Santo)… En el principio de todo está el encuentro con Dios, no al lado, dentro o encima del mundo, sino juntamente con el mundo. Dios es Personal porque hay personas en Dios: Padre e Hijo y Espíritu Santo, en unidad intra-trinitaria de amor divino (pericóresis). Según la concepción cristiana, la creación es un acontecimiento trinitario: el Padre crea por el Hijo en el Espíritu Santo. En consecuencia, la creación ha sido realizada por Dios, conformada por medio de Dios, y existe en Dios. El Espíritu se encarga siempre de llevar a término la actuación del Padre y del Hijo. Las criaturas son creadas (bara) con el aflujo permanente del Espíritu divino (ruah), existen en el Espíritu y son renovadas (hadash) mediante el Espíritu. Esto presupone que Dios crea siempre a través, y en la fuerza, de su Espíritu; y que, por consiguiente, la presencia de su Espíritu condiciona la posibilidad y las realidades de su creación. El espíritu de Dios actúa introduciéndose en el mundo, produce la cohesión del mundo sin confundirse con éste. El espíritu cósmico continúa siendo espíritu de Dios, y se convierte en nuestro espíritu en la medida en que actúa en nosotros como fuerza que da vida.

La teología trinitaria utiliza el término “pericóresis” para formular las inhabitaciones recíprocas y la eterna comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo que se manifiesta a través de ellas. En Dios se da una comunión eterna de las diversas personas en virtud de su recíproca inhabitación y de su mutua compenetración, como dice el Jesús juánico: “yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn. 14,11); “El Padre y yo somos una misma cosa” (Jn. 10, 30). La pericóresis trinitaria manifiesta aquella suprema intensidad de la vida que llamamos vida divina, amor eterno. Se trata de una recíproca relación de comunión en un amor eterno tricéntrico. No debemos concebir la pericóresis trinitaria como un esquema inmóvil, sino como la activación suprema, y, simultáneamente, como la calma absoluta de aquel amor que es la fuente de todo lo viviente, el tono de todas las resonancias y el origen de todos los mundos que danzan y se agitan rítmicamente.[2] Hay pericóresis entre la madre y su hijo, cuando al final del periodo de gestación y sin atención médica, peligra la vida de la madre, con lo cual, se pone en riesgo inminente la vida de su hijo. También cuando muere uno de los “periquitos inseparables”, muere el otro. Justamente por el concepto de pericóresis se ha denominado a esa especie de loros como periquitos…También entre el aire y nosotros existe pericóresis. Significa entonces la interrelación eterna entre las Personas divinas, haciendo que Dios sea Uno y Trino. Por la pericóresis cada Persona in-existe en la otra; hay una compenetración subsistente, por lo que cada una interdepende de la otra o sin la otra no puede ser: no hay Padre si no hay Hijo (al mismo nivel divino) y no hay Hijo si no hay Padre; ni hay Espíritu Santo sin ambos. Si uno falta, Dios no Es. Asimismo ocurre en los ecosistemas de la Tierra donde cada uno es un todo integrado y un conjunto de partes interdependientes que funcionan como unidad. ¿Casualidad o realidad? Todo lo que vive, vive en una forma específicamente suya en los otros, con los otros, de los otros y para los otros: un parentesco interno y eterno alcanza a todo. El “Nosotros” del Padre y del Hijo, el Espíritu, inhabita en la Creación y se derrama sobre toda materia (cfr. Jn. 3, 1).

Quizá el contorno del universo es la pericóresis o el Dios que actúa por todo. El Padre y el Hijo se dan eternamente a sí mismos sin perder la identidad y el fruto se tal entrega es el Espíritu. Para lograrlo Dios entra en sí para salir de sí. Con ese automovimiento deja el espacio primigenio para la creación. La Trinidad se repliega tridimensionalmente y tripersonalmente para darse. “Cuando Dios se retira de sí mismo a sí mismo, puede producir algo que no es esencia ni ser divinos” (afirmaba G. Sholem). Así surge el espacio para la creación en su propio Ser y todo está en Dios. “En la autolimitación de la esencia divina que, en lugar de actuar hacia fuera en su primer acto, se vuelve más bien sobre sí misma emerge la nada” (Sholem). Y esa es quizá la nada primigenia a la que sin querer se refería el nobel de Física, Arno Penzias al afirmar que antes del Big-Bang no había nada de lo que ahora existe. Quizá ese vacío cuántico es su modo de estar Presente en su Ausencia, actuando por todo para ser plenamente Todo en todo, puesto que el principio carece de requisitos previos. Podríamos decir que, antes del Big-Bang está la autolimitación de Dios, y que luego del Big-Bang, en la expansión infinita del universo se contiene la autodesdelimitación posterior de Dios, presente en la Gratuidad divina (actividad ininterrumpida en el universo) que implica que Dios se da a Sí Mismo, actuando por todo como presencia de su trascendencia en su inmanencia, desde el corazón de la materia. En esa actividad e inhabitación del Espíritu llega a su meta la creación del Padre por el Hijo y la reconciliación del mundo con Dios mediante Cristo. La creación existe en el Espíritu, es impregnada mediante el Hijo y es creada por el Padre, es de Dios, mediante Dios y en Dios. “Dios gobierna todo no como alma del mundo, sino como dueño del universo” (Isaac Newton). Pero Dueño en cuanto a que todo está en Él por la inhabitación de su Espíritu divino (ruah), quien a su vez crea influencias o pericóresis recíprocas en los sistemas abiertos de materia y vida._

[1] Sobre la problemática filosófica de las categorías inmanencia, trascendencia y transparencia, véase Boff L. Das sakramentale Denken: ligitimitat und Grenzen einer Sakralen Denkweise en Die Kirche als Sakrament im Horizont der Welterfahrung, Poderborn 1972, pp.123-181.

[2] Cfr. Jürgen Moltmann, “Dios en la Creación”, Ed. Sígueme, Salamanca, 1987, pág. 30.

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