‘Corazón de León’ y sus enemigos

Carlos Esteban / InfoVaticana

23 mayo, 2022
El arzobispo de San Francisco, Salvatore Cordileone, demostró que hace honor a su apellido (“Corazón de León”), porque si en tiempos no lejanos su decisión parecería obvia para evitar el sacrilegio y el escándalo de los pequeños, hoy supone enfrentarse con todos los poderes del mundo y muchos de la propia Iglesia.

La rigidez y el clericalismo, bestias negras de los mensajes del Santo Padre, son sin duda males que se deben evitar, aunque se alejan de la misión central de Pedro, que no es otra que la de custodiar el Depósito de la Fe y confirmar en ella a sus hermanos.

Por otra parte, y echando un vistazo objetivo al panorama de la Iglesia de hoy, resulta difícil detectar como principales o incluso significativos problemas estos dos, especialmente el primero: si algo parece sobreabundar es mucho más la relajación que la rigidez, y mi fe me pide que crea lo que no veo, no que crea lo contrario de lo que aparece evidente a mis ojos.

Por el contrario, lo más destacado, lo más estridente en el panorama católico hoy es la confusión. La palabra ‘cisma’ sobrevuela continuamente los comentarios de la prensa católica, y en parte no se refiere a una separación formal que pueda declarar, digamos, el episcopado alemán con su malhadado ‘camino sinodal’ sino, más sencillamente, esa sensación de que existen dos doctrinas distintas en la misma Iglesia que asalta al fiel corriente con solo pasar de una parroquia a otra.

Lo que ha hecho Cordileone ha sido dar una nota de claridad. Ha sido evitar un sacrilegio continuado, el de la comunión de una persona que lucha denodadamente por consagrar y ampliar en lo posible un ‘derecho’ que, a los ojos de la fe, es una terrible masacre contra los seres más inocentes. Ha sido, asimismo, paliar el escándalo de los fieles corrientes, que ven en la aceptación tácita de la jerarquía a la comunión de estos responsables políticos un ‘guiño’ hacia la imposible posición de los católicos proaborto. Esta postura, absolutamente incompatible con lo que cree la Iglesia, es, sin embargo, relativamente común, un error que la ausencia de condenas eclesiásticas anima a creer.

Hay, por eso, agentes de la confusión que se han vuelto a desenmascarar en su reacción a la medida adoptada por el arzobispo -que no es, como he visto escrito, una excomunión y que ni siquiera tiene efecto fuera de la jurisdicción de Cordileone-, como el autodenominado apóstol de los LGTBI y editor de la revista América, el jesuita James Martin, que escribía ayer en Twitter: “Soy provida. Y admiro a @ArchCordileone como pastor. Pero creo que negar la Comunión a los políticos es el modo erróneo de enfocarlo pastoralmente. No negamos la Comunión por otras amenazas contra las vidas ajenas que son, como ha dicho el Papa Francisco en Gaudete and Exsultate, «igualmente sagradas.…».

¿Se han dado cuenta de que, de un tiempo a esta parte, “pastoral” se ha convertido casi en un antónimo de “doctrinal”, como si los clérigos debieran mantener una ‘doble verdad’? Pero el aborto no es “una amenaza” contra la vida ajena; una guerra, digamos, es una amenaza contra la vida, que puede o no cumplirse. El aborto es acabar consciente y deliberadamente con una vida, no “amenazarla”.

Pero lo que se dirime en este debate no es solo la maldad intrínseca, siempre injustificable, del aborto provocado, sino también el Misterio de la Eucaristía. Quienes sostienen que negar la comunión a quien públicamente colabora con el aborto es “politizar” la Comunión parecen ignorar lo que es la Eucaristía y la Presencia Real, algo que confirman las estadísticas al revelar que una mayoría de católicos norteamericanos creen que es más un símbolo que el Cuerpo, el Alma, la Sangre y la Divinidad de Cristo oculto bajo las formas de pan y vino.

Politizar la Eucaristía, mundanizarla, por el contrario, es creer que hay un “derecho” a recibirla, cuando es un don inmerecido que debería sobrecogernos.

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