Conviviendo con mi voz

Para cuando conocí a Stella me superaba en edad en más de una década.

Fue una alegría para mí conocerla por varias razones: tenía una gran sabiduría para las cosas de Dios pese a que desde hace años se había venido formando en la fe incluso con sacerdotes heterodoxos. Ella sabía distinguir la verdad donde estuviese y, además, conservar la caridad para todos sin dejar nunca de sacar a la luz el error. Un gran don del cielo le había sido dado.

Otra razón era que tenía muchísima experiencia en un apostolado al que dedicó buena parte de su vida como fue la dirección de un centro para la atención de ancianos. Muy buena razón también fue el que la tuve de condiscípulo los años en que estuve en la Universidad Católica de lo que cosechamos una linda amistad.

Yo le decía que me recordaba a mamá en lo que a Dios dedicaba alma, vida y corazón y también porque, su voz, me recordaba a una hermana de mamá.

Cuando mi tía hablaba y Stellita también, daba la impresión de que nunca le había faltado nada, que nunca había sufrido, que todo lo esperaba de alguien que la socorriera.

Cosa que no era cierto en absoluto pero, sucede que, cuando se tiene voz de niña mimada es sin querer y/o porque, muy probablemente, uno lo sea pero no en el sentido que juzgan los que son dados a juzgar por las apariencias.

Stellita, jamás podría no haber sufrido ya que fue esposa, madre y abuela y debido a que, en su apostolado, no solo debió haber sufrido sino porque ha de haber visto muy de cerca sufrir a los ancianos y a sus familias.

En fin, la cosa es que llegué a amarla entrañablemente por estas y muchas otras razones por lo que, para cuando su hija me informó que habia muerto, sentí una gran ausencia en el mundo de personas buenas. Ahorita mismo la echo en gran falta.

El caso es que también yo, lo confieso públicamente, tengo voz de niña mimada.

No lo supe sino hasta este año en que escuché un audio que grabé en el whatsapp para alguien.

Cielo bendito! Con razón le he caído mal a tantos desde niña. Ha sido parte de mi cruz sufrir rechazo de muchos con solo verme, escucharme, la primera vez. Nunca lo entendí pero ahora lo entiendo: mi voz, la forma en que modulo los sonidos, aunque no suena así en mi cabeza, es de niña mimada. Absolutamente.

Dice mi hermano que no lo hago todo el tiempo pero con una o dos veces que se me escuche hablando así, basta para que las personas duden de mí.

Quién me creería? Por amor a Dios. Nadie o muy pocos, quizá, solo aquellos que no vivan de las apariencias, tal como yo.

Esa es la razón por la que amé a Stellita casi desde el primer momento.

No pude más que amarla dado que vi en ella sabiduría de Dios, amor al prójimo, servicio, abnegación por su familia. Tantas cosas bellas y buenas que vi en ella, ¡por favor! Cómo a nadie se le ocurriría privarse de una compañía tan llena de gracia solo porque su voz, de primera impresión, da una idea equivocada?

Ni loca me habría privado yo de Stellita. Yo no soy así, nunca lo he sido. Nunca he sido dada a juzgar a las personas sin conocerlas y mucho menos juzgarlas por su apariencia.

Claro, mientras no sea uno que con rotunda actitud y apariencia de asaltante se me pusiera por delante; aun así, como pasó el otro día que, uno con ese aspecto, pretendió acercárseme por detrás con alguna excusa mientras iba yo por una calle solitaria. Le dije en voz alta y enfadada: – “Haga el favor usted de no dar un paso más. No lo intente siquiera. Aléjese de mí. Siga su camino”

El hombre se detuvo en seco, abrió unos ojotes que daban risa, de seguido se echó una risa sarcástica y se alejó. Claro, con esa risa de malvado, me dejó claro que yo no me había equivocado.

En fin, todo esto para hacerles ver que, a sabiendas o no de nuestros defectos o lo que, para los demás parecen serlo, todos convivimos con algo que nos  hace sufrir.

Sufrir es parte de la vida y, digo yo que, si los santos pidieron a Dios sufrir, ha de ser por algo que vieron y que nosotros no; tal como vi cosas grandes en Stellita, a diferencia de la mayoría.

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